Sorpresa e indignación ante la asonada de la Ciudad Vieja, la tardanza policial y el ataque maligno a la independencia del magistrado Fernández Lechini.
Horror por la destrucción de la Estación Haedo, seguida por los desmanes mayúsculos de Mar del Plata.
Miedo europeo a que se contagien los incendios y atentados sediciosos de París y Francia entera, tal como otrora se expandió el ideario de libertad a partir de la virtualidad admirativa que promovía el entonces "carrefour" de la civilización universal.
Unos cuantos contemplan estas desgracias en términos asépticos: relatando sin compromiso, aceptan pasivamente lo que ocurre en nuestras cuadras y sacan conclusiones de los "fenómenos paralelos" de otras latitudes. Esa indiferencia descriptiva con que proceden, a unos les paraliza la conciencia y a otros les hace sentir que la violencia es tan solo "una opción" —y como tal, la creen indemne ante todo juzgamiento. Y a todos les hace olvidar que las patotas y las masas son lo contrario de la personalidad; por lo cual la furia depredadora de unos desorientados no es la libertad, la turba callejera no es la democracia y la irracionalidad no es "progresista".
A nosotros nos parece claro que estos brotes anarcos se asemejan a los tirabombas de Chesterton, cuya conspiración en The man who was Thursday (El Hombre que fue Jueves) era manejada desde un secreto poder policial regido por un indescifrable Domingo, cuyo verdadero proyecto no se terminó de revelar nunca: ¿acaso los ataques de grupos ultras no eran precisamente defendidos por quienes hoy gobiernan en nuestro país?
También nos parece que estamos ante un ensayo de totalitarismo sin Estado. El nazismo, el fascismo y el comunismo justificaban lo bruto y férreo de sus aparatos estatales invocando el pretexto de que estaban sirviendo a su respectivo mito: raza, nación o clase. Hoy, masas embotadas de cien maneras, y además socialmente marginadas e ideológicamente subyugadas, asumen una rebeldía destructiva de todo; y en su combatir in totum, ya sin molestarse en montar un aparato de gobierno, instalan los miedos y cucos mentales propios del totalitarismo.
Las verdaderas revoluciones han sido siempre otra cosa. La primera fue contestarle al odio con el amor y responderle al mal con el bien. Viene del judeo-cristianismo, pero no es de otra época, puesto que hace un rato renovó esas respuestas el hálito actualísimo de Wilson Ferreira, Seregni y muchos más. La segunda fue convertir a la libertad en principio y método, exigiendo al pensamiento ajeno y propio; viene de la retórica aristotélica pero se vivifica en la Ilustración. Con ambas en el cuerpo, no podemos llamarle progreso al culto de lo irracional sino a la racionalidad desde el amor.
Y desde estas heridas abiertas ¿qué? ¿Y cómo?
¿Qué? Pues la libertad, sentida no sólo como hecho político sino como cultivo del albedrío. La libertad desde la educación, desde el mensaje mediático, desde los huesos. La libertad como fundamento de toda la construcción de los derechos humanos y como obligación interpersonal de discurrir.
¿Y cómo? Desde la persona. No hay receta, no hay plan publicitario, no hay campaña electoral que pueda más que el valor afirmativo del ser humano fuerte, independiente, que se identifica con certezas valorativas allí donde otros se reducen a describir.
Como Rosa Parks, la costurera que, en un ómnibus de Alabama, en 1955 se rebeló contra la obligación de cederle el asiento a un blanco. Ese gesto de la conciencia desembocó en una transformación del Derecho, que dejó de ser la previsión de lo que podían decir los Jueces como enseña un realismo miope: la Suprema Corte de Justicia declaró inconstitucional la discriminación.
Es que en la afirmación de principios se evidencian y diseminan los infinitos que el hombre lleva adentro.
Y eso —de lo que el Uruguay supo y sabrá siempre— asegura mucho más porvenir que las pedreas, las asonadas y los fanatismos.