RECORDAMOS que en 1963, con motivo de una enérgica protesta del embajador de España, motivada por una ácida declaración de la Junta Departamental montevideana contra la tiranía franquista, varios diarios capitalinos señalaron la improcedencia de tal planteo. Afirmaron los mismos, con razón, que dicha Junta —órgano comunal— no integraba el gobierno nacional, cuya opinión era la única válida en asuntos de política internacional y se expresaba por intermedio del Ministerio de Relaciones Exteriores o directamente por el Poder Ejecutivo.
El recuerdo viene a cuento del reciente encontronazo diplomático con el gobierno argentino, debido al último exabrupto de ese gobernador entrerriano de apellido corto y grosería larga. Es que, en rigor, lo dicho por ese funcionario no es imputable al gobierno de su país y, en circunstancias normales, no debió dar mérito a que se llamara en consulta al embajador uruguayo en Buenos Aires, Francisco Bustillo.
En circunstancias normales, decimos, porque las que precedían al incidente no lo eran. No desde antigua data, pero sí desde un tiempo de cierta duración, el gobierno argentino venía inmiscuyéndose con creciente desubicación en cuestiones domésticas de nuestro país. Particularmente en el asunto de las empresas papeleras a instalarse en las cercanías de Fray Bentos, pero también con motivo de otros problemas de jurisdicción exclusivamente uruguaya. La copa estaba colmada y, por ello, la agresión verbal de Busti fue la gota que la desbordó. Y la paciencia del presidente Vázquez se agotó, sin que a ninguno de sus compatriotas le pareciera mal su reacción, a pesar del detalle formal ya señalado. En algún momento, por el propio decoro del país, había que decir "no va más" Y ese momento llegó.
EN la Cámara de Diputados varios representantes dijeron que el Virreinato del Río de la Plata había dejado de existir hace casi dos siglos. Y que el Uruguay no es una provincia argentina, como si hechos tan conocidos y elementales fueran erróneamente percibidos por las autoridades argentinas y determinaran su altanería reiterada en el trato con nuestro país. Algo de ello también se dijo en el último editorial de Búsqueda.
Pero no nos hagamos trampas al solitario, pues es obvio que no existe tan grueso error de apreciación. Los gobernantes argentinos, con no ser lumbreras, no son tan zotes como para no saber hasta dónde llega su territorio y cuáles son los límites que lo separan de otro país soberano, llamado desde 1830 República Oriental del Uruguay. Aun en la era ignara en que vivimos, eso lo saben hasta los escolares de ambas naciones. El origen del problema, entonces, no se ese.
Trátase de que los actuales gobernantes argentinos, con su presidente haciendo entusiastamente la punta, aspiran al Oscar de la descortesía, la altanería y la prepotencia. Practican, desde que llegaron al poder, todas esas cualidades negativas e impropias de gobernantes centrados y experientes, con desparpajo. Casi con entusiasmo federal. Y no es únicamente con el gobierno uruguayo que han hecho gala de su falta absoluta de tino y de tacto.
O alguien ha olvidado cuando, en su visita a Bolivia, el ocupante interino de la Casa Rosada se olvidó de saludar al dueño de casa —"u séase", el Presidente de la República—, pero no dejó de visitar al líder "cocalero" de la oposición? ¿O estamos tan desmemoriados que ya no recordamos cuando llegó tres horas tarde a un evento internacional celebrado en su propio país, siendo que lo estaban esperando el rey de España, nada menos, y otros altos dignatarios extranjeros? Y en lo de dejar plantado a encumbrados anfitriones, a nivel internacional ya ha ganado justa fama de ser lo que en la jerga deportiva se le llama un plusmarquista.
Con nuestro país y sus legítimas autoridades sus desplantes —y los de algunos de sus ministros— no principiaron con el aspaviento ecologista por la instalación de las papeleras ni se circunscriben al gobierno actual. Ya el ex presidente Batlle tuvo que soportar desaires groseros en ocasión de oficiar de anfitrión en una reunión del Mercosur, oportunidad en que el mandatario argentino no vaciló en participar de un acto politiquero, en la puerta de la Intendencia.
Vino luego su ayuda manifiesta al Frente Amplio para que ganara las elecciones, reconocida sin ruborizarse por Busti, días atrás. Quizás ello engañó a Vázquez y a su equipo, quienes, creyendo en la pamplina de las afinidades ideológicas, supusieron que iban a seguir de picos pardos con Kirchner, Bielsa y su séquito. ¡Aviados estaban!
BIEN dicen que el estilo es el hombre. Con la diferencia de que, en el caso de dicho presidente vecino, su estilo es la falta de estilo. Es sacar pecho y atropellar. Sea contra quien sea. Contra los acreedores extranjeros, defraudados por su país, los inversores españoles en cercana situación, los jerarcas del Fondo Monetario Internacional, ciertos órganos de nuestra prensa —entre los que tuvimos el honor de contarnos— o, por boca de su ministro Duhalde, nuestra Justicia y una uruguayísima ley "ilegal" (sic).
No respeta pelo ni marca. Y, como el saltearse las formas y las prácticas diplomáticas le ha dado ciertos réditos, en el asunto de las papeleras ha querido corrernos con el poncho. Pero el pan le saldrá torta. Pues, en materia de defender los legítimos intereses nacionales, los uruguayos del presente somos tan firmes como los orientales del glorioso ayer. Quienes ya un 21 de setiembre de 1808 salieron a la plaza pública y le dijeron que no, estentóreamente, a los gobernantes bonaerenses de la época.
No estábamos aun constituidos en cuerpo de nación, pero ya entonces, como ahora, sabíamos hacernos respetar.