La devastación que dejó en su estela el huracán Katrina, y la alarma causada por el reciente huracán Rita, alimentan la discusión sobre las causas de estos fenómenos meteorológicos y su tremendo impacto.
Es cierto que Rita no alcanzó las dimensiones de su predecesor. Generó vientos que alcanzaron los 150 kilómetros por hora, pero finalmente tuvo la gentileza de desviar su derrotero y, en lugar de impactar las áreas densamente pobladas de Houston y Galveston, donde, además, está situada buena parte de las refinerías petroleras de los Estados Unidos, se internó en el continente por regiones relativamente deshabitadas del litoral sobre el Golfo de Méjico. Las medidas de precaución adoptadas en esta oportunidad por las autoridades, todavía sentidas por las severas críticas recibidas por su mala gestión durante y después del huracán anterior, condujeron a la evacuación de unos 2,8 millones de habitantes de las zonas más amenazadas.
Ahora se teme que esa medida haya causado más muertes que Rita. De cualquier forma, existen indicaciones de que esta temporada de huracanes en los Estados Unidos será una de las más intensas desde 1851, cuando comenzaron a llevarse registros sistemáticos.
Si un huracán puede llegar a causar tanto daño en un país como los Estados Unidos, con sus servicios meteorológicos y de asistencia, carreteras y vehículos que facilitan la evacuación de las áreas amenazadas, cuánto mayor será la destrucción generada por ciclones tropicales en regiones de nuestro planeta menos desarrolladas y no tan preparadas para recibir el impacto de este tipo de desastres naturales.
Aunque una gran incógnita es cuán naturales son las actuales tormentas tropicales (una familia que incluye a los huracanes y los tifones).
Algunos científicos, señaló recientemente la revista especializada Science Magazine, entienden que existe un vínculo significativo entre la intensificación de los ciclones tropicales y el aumento de la temperatura de superficie en los océanos, causado por el aumento de las emisiones de gases de invernadero a la atmósfera. Otros, más cautelosos, consideran que se necesita más investigación antes de llegar a una conclusión firme. La dinámica de los ciclones tropicales está determinada por un conjunto de factores. Incluyendo las oscilaciones de corto plazo de El Niño, en el océano Pacífico, y ciclos más prolongados en la atmósfera. Al mismo tiempo, en el curso de los últimos 35 años se ha producido un aumento considerable, a escala mundial, no tanto en el número de ciclones tropicales, sino en su intensidad.
La interrogante clave, entonces, es determinar cómo influirá el cambio del clima causado por las emisiones de gases de invernadero sobre las tormentas tropicales, en el largo plazo. Responder esa pregunta también aumentará nuestro conocimiento sobre el impacto del cambio climático en las demás regiones de nuestro planeta. Esos estudios demostrarán que ese cambio influido por el ser humano no es una abstracción distante, sino una circunstancia que afectará directamente a cada sociedad. También debería motivarnos a preguntarnos por qué nuestros países deben asumir el costo ambiental del despilfarro de los recursos naturales que se produce en otras regiones de nuestro planeta.