Definiciones primaverales

Comienza setiembre, y con él la primavera austral. Comienza setiembre, y con él, el tratamiento parlamentario del proyecto de presupuesto nacional que envía el Ejecutivo. Epoca de renaceres y renovaciones vitales que todo lo transforma, incluso a nivel psicológico y social. ¿Será posible —este año— también tener una primavera política, que lidere o se integre a la necesaria acción en pos de los cambios que nos conduzcan al desarrollo y el progreso nacional?

Sabemos que primavera es época de germinación y nacimiento, cuando se inicia un largo proceso que tardará meses o años en dar sus frutos. Pero inicio las cosas quieren.

El presupuesto nacional es la semilla a plantar, y de ella será posible tener los frutos deseados. Pero debemos saber que si plantamos olmos no obtendremos peras, y si no ordenamos dónde, en que, para qué, cuánto y cómo gastaremos o invertiremos, no lograremos —por casualidad o generación espontánea— los resultados deseables y necesarios.

Sabemos lo difícil y complejo que es la elaboración de un presupuesto nacional, conocemos los reclamos y tensiones que entre los distintos actores y sectores históricamente se generan y reconocemos la capacidad de los actuales integrantes del Ministerio de Economía y Finanzas para encauzar las mismas. Pero en esta oportunidad hay un plus que resulta casi inédito en las últimas décadas de nuestra historia nacional, que podríamos caracterizar por tres circunstancias fundamentales: 1) vocación de cambio del conjunto de la ciudadanía expresado en las urnas a través de los programas de gobierno expuestos por los distintos partidos concurrentes a la elección nacional, 2) mayorías parlamentarias propias suficientes para aprobar leyes, lo que implica una enorme posibilidad y una mayúscula responsabilidad para la coalición gobernante, y "last but not least", 3) la oportunidad de lograr, en determinadas áreas estratégicas de la vida nacional, políticas de Estado sustentadas en un amplísimo apoyo multipartidario que represente al conjunto de nuestra ciudadanía.

En política, como en el resto de las actividades humanas y sociales, hay un tiempo para todo. Es el mensaje del Eclesiastés, y es en ese sentido que sentimos, creemos, percibimos y razonamos que las actuales circunstancias nacionales implican una enorme oportunidad para el país. Es la oportunidad de establecer, entre todos, las bases fundamentales para encarar la marcha por el camino que nos puede conducir hacia un futuro venturoso.

Para ello se necesita que nuestros políticos tengan visión de estadistas, que logren traspasar los límites temporales de sus mandatos y los psicológicos de sus ambiciones personales, que piensen en grande y hacia las futuras generaciones, y que actúen en consecuencia.

Pocas veces la situación se ha presentado tan propicia para alcanzar esta realidad, que no hace mucho podríamos haber catalogado de utopía. Estamos saliendo de una crisis, lo que implica época de desafíos y oportunidades que habitualmente no se plantean, tenemos reservas humanas y anímicas, el daño es recuperable, pues las condiciones sociales, culturales, educativas y económicas son aun reversibles, y tenemos las tres circunstancias previamente expuestas: vocación de cambio del conjunto de la ciudadanía, mayorías propias del sector gobernante, posibilidad real de convocar a políticas de Estado en algunas áreas. Las áreas que imaginamos son la educativa, la de innovación basada en la investigación y el desarrollo científico-tecnológico, y la salud. El momento es ahora y difícilmente se repita. ¿Seremos capaces?

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