Aunque su patria está bien lejos de la nuestra, ellos llegaron a Montevideo sabiendo que se quedarían para siempre. Los tres entrevistados, una francesa, una italiana y un turco, vinieron a esta tierra por razones sentimentales. Sus cónyuges habían nacido en Uruguay, y tarde o temprano probarían suerte en su país.
ESTRECHO. Junto a su esposa francesa Benedicte, el uruguayo Alejandro Morinigo había residido en Estados Unidos, Irlanda, Francia e Inglaterra. "Durante mucho tiempo habíamos pensado en poner un negocio propio. Siempre habíamos trabajado en gastronomía y después de muchos años de ahorro juntamos lo suficiente como para cumplir con nuestro sueño. Sin embargo, algo como lo que nosotros queríamos era muy caro en Europa, por eso elegimos Uruguay para quedarnos", dijo Benedicte.
Ella se crió en la campaña francesa dentro de una granja en la que compartió su niñez con muchos animales domésticos. En el campo, sus padres preparaban quesos, vinos y licores, por lo que desde pequeña se fue acostumbrando a la buena mesa con productos cultivados en su propia huerta. "En el año 2000 vinimos de vacaciones a Uruguay, con el propósito de que ella conociese el país y viera si se sentía a gusto. En junio del 2003, poco después de la crisis, estábamos instalados y buscando un lugar donde poner el restaurante", contó Alejandro.
Buscaron en Pocitos y Punta Carretas, porque tenían previsto un restaurante que funcionara sobre todo en la noche. Pero los elevados precios de los locales frenaron los primeros impulsos.
En la Ciudad Vieja encontraron un local largo y estrecho en la calle Sarandí que los invitaba a quedarse. Alquilarlo les implicaba cambiar la propuesta que tenían en mente, y destinarlo a una gastronomía casual, sin mesas ni sillas, sino con taburetes colocados a pocos centímetros de una gran barra. El hecho de poder ahorrar en estos materiales, implicó disponer de un gasto mayor en los artefactos de cocina. El coqueto lugar recibió el nombre de "Estrecho", denominación que lo pinta de cuerpo entero. Siempre trabaja con todos los taburetes ocupados, desde que abre hasta que cierra. El éxito de este pequeño lugar llama la atención porque los uruguayos suelen preferir sentarse a la mesa que almorzar en la barra.
"Tuvimos que pagar un derecho de piso. Llevó su tiempo. El boca a boca nos ayudó mucho. La gente conoció la cocina de Benedicte, nuestra propuesta, y le gustó. La cocina es moderna francesa, con platos de buena calidad y productos frescos. Son platos que podrían costar mucho dinero en un hotel, pero aquí los servimos con un formato casual, lo que permite pedir por ellos un precio accesible. En cada plato hay algo crocante, algo ecológico y algo verde, siempre jugamos con esos ingredientes", contó Alejandro.
Benedicte está contenta con la experiencia realizada en Uruguay, aunque extraña la formalidad con la que se trabaja en el primer mundo, la que aquí brilla por su ausencia.
DONATELLA. ¿Quién no conoce a esta mujer de personalidad exuberante que reina en la calle Bacacay? Pues bien, Donatella, al igual que Benedicte, se casó con un uruguayo y viajó bien lejos de su patria para terminar instalándose en nuestro país. Hoy, con mucha tristeza, Donatella quiere irse de la Ciudad Vieja, porque está cansada del desorden y del caos que ha provocado la movida juvenil. "Con mi marido uruguayo teníamos un restaurante en Italia. Tuvimos un local en Cerdeña y un hotel en Sicilia. En el 82 vinimos de vacaciones y pusimos un pub en Punta del Este, con música en vivo. Mi marido tenía a sus padres muy ancianos y quiso vivir aquí. Yo me enamoré de la Ciudad Vieja. Es más, yo inventé la Ciudad Vieja. Cuando me instalé estaba El Café Bacacay, La Creperie, y Panini, pero trabajaban con la gente del mediodía y El Bacacay con el teatro. A las 5 de la tarde, era la muerte. No quedaba nadie. Yo la impuse porque abrí de lunes a lunes, mediodía y noche. Estaba muy contenta. Pero ahora estoy muy disgustada", contó Donatella.
La tristeza de Donatella tiene que ver con la proliferación de boliches en las cercanías de su negocio. "Cualquiera vende comida. Es un descaro. Más de 80 boliches... estamos todos locos", dijo Donatella.
Aclaró que muy pronto se irá del país, aunque quedará con un emprendimiento en Punta del Este, "Pero a la Ciudad Vieja la han matado. No hay ninguna protección para los comerciantes serios que pagan puntualmente sus impuestos", dijo.
Donatella aclaró que ha hecho muchas denuncias por ruidos molestos junto a otros habitantes de la Ciudad Vieja, pero jamás obtuvo respuesta. "La mayor parte de los boliches ni siquiera tienen salida de emergencia. Yo no sé cómo pueden funcionar", dijo Donatella.
MUSTAFA. Uno de los jóvenes propietarios del restaurante Los Navegantes es turco. Trabajó en restaurantes en Estambul y estuvo empleado largos años en un crucero, en el que desempeñaba tareas dentro del restaurante. Conoció a una uruguaya que también trabajaba en el mismo barco, y ella siempre quiso retornar a Uruguay. Ella y Mustafá viajaron muchas veces durante las vacaciones. Mustafá conoce bien la costa de Rocha y de Maldonado. Hoy disfruta de los paseos por la rambla, tomando mate.
"Tenemos bar y restaurante, como le gusta a los extranjeros en Europa. Es posible pedir comida o bebidas, tomar café, leer diarios y todos hablamos inglés. Pocitos en un buen lugar, porque mucha gente vive en Pocitos y hay muchos hoteles con turistas. Por suerte, tenemos más gente cada día".