Son las 18.15 horas de un nuevo domingo de clásico. En la Colombes quedan algunos muchachos juntando sus banderas tricolores, escoltados de cerca por la Policía, con quien conversan sin problemas. Los coraceros se retiran, dejando en la tribuna solamente a los funcionarios que acomodan todo en su lugar. La tranquilidad contrasta con el fuego que arde en la Tribuna Amsterdam. Todo pasó.
Pasaron los aplausos para Sebastián Abreu, el ídolo, ese que les regaló los momentos más emocionantes del partido, ese que odian los del otro lado. Pasó también ese otro momento, mezcla de conformidad y desazón por el empate que hunde a Peñarol y por el partido que se escapó cuando se repetía la historia de ganar de atrás.
Pasó la incredulidad ante el gol de Tejera, la reacción por lo que pasaba con Sebastián Viera allá a lo lejos y la emoción inexplicable (esa que invita a abrazarse con cualquiera que esté a tu lado y lo grite igual que vos) luego de los dos goles del ídolo máximo. Todo eso pocos minutos después que la hinchada entera se levantó para pedir "un poco más de h...", porque el equipo no despertaba nada en la cancha. Pasaron todos los cambios que los hinchas quisieron hacer en el entretiempo (nadie puede discutir que somos 3 millones de técnicos), cuando Nacional no rendía en la cancha y "los otros" eran los que gozaban. Como gozaron cuando Cedrés la puso en el ángulo y en el silencio de la Colombes se escuchó: "¡Todos los tiros que le patean a Viera van al ángulo!".
Pasó el recibimiento espectacular para el equipo. Pasó el gozo con la victoria de la tercera y las burlas para los "manyas". Pasó el momento en que empezaron a llegar todos.
Amigos, familiares, desconocidos, pero todos hinchas de Nacional. Pasó el partido del hincha. Porque el clásico es el partido del hincha. Son las 18.25 horas y no queda nadie.
Todo pasó.
La locomania
tecnico
"¡Sacalo a Abreu!", gritó el hincha desesperado luego de que el minuano no saltó a buscar una pelota. Iban 18 minutos del segundo tiempo y Nacional no podía empatar. La hinchada pedía a Romero hacía rato, pero hubo varios que lo miraron, aunque nadie le dijo nada. Dos minutos después se abrazaba con un amigo, gritando el empate de Nacional. 5 minutos más tarde, ya sin voz, se unía al grito de toda la Tribuna, "olé, olé, olé, olé... loco... loco...", tras el segundo gol de Abreu. Un visionario.