El otro tráfico

Una de las consecuencias más inesperadas del tsunami, el pasado diciembre, se produjo en la costa norte de Somalia, en el litoral africano sobre el océano Indico. La enorme ola, al retirarse depositó sobre la playa decenas de bidones, barriles y otros contenedores herrumbrados abiertos por la furia del mar. Un funcionario del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente le explicó a la Voice of America que los recipientes contenían todas clases de residuos, incluyendo desechos de uranio, plomo, metales pesados como el cadmio y el mercurio. Los investigadores encontraron basuras provenientes de hospitales y de la industria química. Desde entonces cientos de habitantes de la región se han enfermado y muestran síntomas propios del contacto con sustancias altamente tóxicas o, incluso, radiactivas.

La Naturaleza dejó a la vista, en la forma más dramática posible, la evidencia que confirmó las versiones de que organizaciones locales y de algunos países europeos habían utilizado las aguas adyacentes al litoral somalí como vertedero de desechos peligrosos. Desde el inicio de una cruenta guerra civil, en 1991, el país se encuentra en una situación de caos interno y carece de los medios necesarios para vigilar su mar territorial y zona económica exclusiva. Esta circunstancia, sumada al hecho de que esas aguas se encuentran próximas a una de las principales rutas marítimas, facilita las operaciones de los buques empleados para tan lucrativo negocio.

La lógica del contrabando de desechos peligrosos y de otros tipos es sencilla. Los países establecen normas cada vez más severas y exigentes para proteger su medio ambiente, incluyendo el tratamiento y disposición de los desechos generados por sus industrias y servicios. En Europa el costo de tratarlos debidamente puede llegar a U$S 250 la tonelada. Las empresas dedicadas al tráfico ilícito pueden resolverle el problema al generador de las basuras por una módica suma que oscila en torno de los U$S 2,50 la tonelada. Sería muy ingenuo pensar que, a esos precios, sea posible disponer de los materiales en forma responsable. La única solución es tirarlos en algún lugar no vigilado y discreto y olvidarse de ellos.

En el caso de Somalia, la primera voz de alarma fue dada en 1992, al comienzo de la guerra civil en aquel país. Aunque la esencia del negocio es el secreto, se ha mencionado que la mafia italiana, que controla una proporción importante de la industria de disposición de residuos en su país, se había asociado con intereses locales en Somalia para embarcar los residuos y verterlos al océano Indico desde buques de pesca. En la actualidad esas aguas son patrulladas por una fuerza marítima multinacional y es probable que esa vigilancia le haya puesto fin al negocio.

Pero los países industrializados continúan produciendo basura (incluyendo desechos no peligrosos pero que deben ser tratados de determinada forma establecida en la ley). La tentación de disponer de ella a bajo costo continuará siendo enorme.

Así lo demuestran los contenedores llenos de basura domiciliaria contaminada, provenientes del Reino Unido, interceptados hace unas semanas por autoridades de los Países Bajos. La declaración de aduana decía que el cargamento consistía en desechos de papel para reciclaje (es decir una carga lícita). En realidad se trataba de unas mil toneladas de desechos varios que incluían restos de alimentos, plásticos, baterías, vidrios y materia vegetal. Su destino era el puerto de Rotterdam, donde los contenedores habrían de ser reembarcados con destino a un país asiático. Muchos de los municipios en el Reino Unido contratan a empresas especializadas para disponer de la basura. Aparentemente algunas de las empresas dedicadas a esa actividad optan por economizar no disponiendo de los residuos de acuerdo a legislación aplicable. Les resulta más beneficioso embarcar los desechos rumbo a algún país del Tercer Mundo. Esta es apenas la punta del iceberg de un problema mundial mucho más grave y peligroso.

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