Nadie discute que vivimos un proceso de globalización económica a escala planetaria. Sí, si su definición avanza en el rumbo correcto. Hasta ahora se han priorizado los aspectos económicos, argumentando que el crecimiento trae prosperidad —sin importar las estrategias utilizadas. Hasta ahora ese enfoque ha conseguido ahondar las diferencias entre comunidades ricas y pobres pues se traduce en oportunidades para algunos y calamidades para otros. Ante una situación tan removedora, solamente se atina a ofrecer ayudas materiales y préstamos de dinero; evitando llegar al meollo del asunto.
Cada vez está más claro que no podemos respaldar y promover un modelo que resulta injusto y nada democrático. Resulta incapaz de dar soluciones reales a la marginación de miles de millones de personas, y a desplazar de las utopías a la aspiración de todos los pueblos de construir un futuro digno y próspero. Por lo tanto, el término "desarrollo" en su concepción tradicional resulta insuficiente. Ante ello le hemos añadido el concepto de sustentabilidad, como una forma de redefinir el alcance de esa meta. La idea resultante es amplia, y por ello de límites difusos. Incorpora variables de enorme significación, en igualdad de condiciones a la económica, como por ejemplo la social y la ambiental. Pero, ¿quiénes deciden las reglas de juego? Desde 1971 en la exclusiva villa turística helvética de Davos, se desarrolla el Foro Económico Mundial.
Se trata de un encuentro anual de la elite de los negocios. Allí los grandes patrones de las finanzas y de la industria se juntan para dar forma, según sus conveniencias, al futuro del mundo.
En 2001 se materializó una respuesta a esa conducción tan poco representativa de las reglas de juego económicas. Se creó el Foro Social Mundial, reuniendo en Porto Alegre a organizaciones de muchos países, especialmente del Sur, en la misma fecha que Davos. En tan solo un lustro la participación al Foro Social Mundial creció enormemente, tanto en número como en representación de países. Lo llamativo de este fenómeno es que es un espacio abierto, donde por definición el factor común de los participantes es la oposición a la globalización neoliberal y al imperialismo en todas sus formas. Su singularidad incluye la imposibilidad de adoptar resoluciones ni condicionar actividades políticas.
El foro propone que otro mundo es posible y para ello se deben seguir caminos muy diferentes a los actuales. Lo interesante de esta polarización está, en primer lugar, en que se cuestiona el modelo actual por ser inviable para la humanidad. Solamente asegura privilegios para unos pocos y desgracias para el resto. Ahora bien. El dilema está en qué reemplazará al sistema económico mundial imperante. ¿La solución podrá salir de Porto Alegre? Posiblemente no. Pero el Foro Social Mundial es una reacción que ha sacudido el ambiente. Ha ganado sus espacios en los medios de comunicación como una voz de reclamo, de críticas, de reivindicaciones de una inmensa minoría incapaz de alcanza una vida con dignidad. Porto Alegre y Davos representan una encrucijada clave para la humanidad, pues globalizan el concepto: humano. Porque colocan sobre la mesa de discusión asuntos esenciales como la lucha frontal a la pobreza, la búsqueda de la equidad, la democracia y la paz, el respeto a la diversidad cultural y cognitiva, y la protección de un ambiente esencial para lograr todas estas grandes metas.