El vicepresidente electo, Rodolfo Nin Novoa, ha dado —una y otra vez— en hacer declaraciones sobre la forma en que ha de actuar en su doble calidad de Presidente del Senado y de la Asamblea General, así como sobre las ideas que tiene para mejorar el funcionamiento parlamentario. Como es en ese ámbito en que ha de actuar durante cinco años y como son esos los cargos que efectivamente desempeñará, pues la vicepresidencia carece de atribuciones propias y no existe como órgano, es lógico que aspire a que las cosas anden mejor en las Cámaras y a que tenga planes para lograrlo.
No vamos a criticarlo por ello, entonces. Tampoco le daremos consejos al respecto, aunque alguna autoridad creemos tener en esa materia, en función de una experiencia notoria. No sea cosa que volvamos a enojar al ciudadano que, tras haberme permitido darle algunos al Dr. Vázquez, en estas columnas, me dijo en una esquina de la Ciudad Vieja, casi furioso:
—¡No precisamos consejos!
Expresó Nin Novoa que las legisladores frentistas ya tienen prontos noventa y cuatro proyectos de ley, a ser considerados por la nueva legislatura. Algunos de ellos, pendientes de tratamiento en la que finaliza el 14 de febrero. Bienvenida sea la intención de ponerse a legislar. Al fin y al cabo esa es la función principal y distintiva del Poder Legislativo, que no por casualidad se llama así. No nos gustan quienes ingresan a las Cámaras a pavonearse, como si estuvieran en una feria de vanidades. O, peor aun, a cobrar un digno sueldo sin ganarlo verdaderamente, pues resultan ser poca cosa más que bultos arriba de las bancas.
Tampoco preferimos a los parlamentarios que solo piden cancha cuando hay escaramuzas políticas. Estas, en algunas ocasiones, tienen importancia y significación. Las más de las veces, sin embargo, están destinadas a pasar de inmediato al olvido. Son una pérdida de tiempo reiterado, que posterga y desordena el trabajo legislativo, propiciadas casi siempre por quienes no van al Parlamento a actuar responsablemente sino a buscar un protagonismo vacío de contenido.
Si la intención del señor Nin Novoa es legislar o, mejor dicho, hacer que diputados y senadores legislen, bienvenida sea. Para eso, fundamentalmente, es que el pueblo los elige. Convengamos, sin embargo, en que noventa y cuatro proyectos de ley son demasiados, sobre todo si se los piensa impulsar casi simultáneamente. El Poder Legislativo no es una chacinería, donde la eficiencia puede medirse por la cantidad de la producción, como dijo cierta vez el Dr. Tarigo, con sobrada razón.
La legislación es una tarea muy delicada. Exige, en quienes la llevan adelante, conocimientos jurídicos que cada vez abundan menos en los parlamentarios electos, dicho ello con respeto por los mismos. Es un dato de la realidad, puntualmente verificado cada cinco años. Exige, además y sobre todo, laboriosidad y estudio serio de los proyectos en las comisiones. La mayoría de ellos por otra parte, cuando refieren a cuestiones de fondo, deben ser destinados necesariamente a la Comisión de Constitución y Legislación o a la de Hacienda.
Estas se transforman, así, en ineludible cuello de botella para el despacho de las iniciativas legislativas, pues obvio es que éstas no pueden ni deben ser estudiadas a la carrera. Mucho menos, simultáneamente.
Por otra parte, desde los altos cargos que ocupará Nin Novoa, que suponen abundante trabajo administrativo, no se toca pito en la Cámara Baja, siempre celosa de su independencia. De manera tal que la acción eficiente del Senado puede quedar esterilizada en Diputados. Y viceversa. Es muy difícil coordinar la tarea legislativa de ambas Cámaras. Sobre todo, porque los presidentes de la Cámara de Representantes son de mandato anual, con todos los inconvenientes que ello supone.
Ya los advertirá el nuevo vicepresidente.