Domingo 19 de diciembre de 2004 | Año 87 - Nº 29944
Internet Año 9 - Nº 3055 | Montevideo - Uruguay
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Hombres y países apurados

NUESTRO país enfrenta múltiples problemas. Algunos crónicos, como la marginalidad, el crecimiento de la pobreza, la inseguridad, la ineficiencia de su sistema de atención de la salud, similar deficiencia en el área de la enseñanza, el excesivo peso de su Estado obeso y el corporativismo sindical, entre otros. Y tiene, asimismo, problemas de menor incidencia general y permanente, pero que, de tanto en tanto, afloran y preocupan. En estos días, por ejemplo, han hecho eclosión el recrudecimiento de episodios de violencia y las reacciones ilógicas y destempladas frente a decisiones judiciales que por supuesto son opinables, pero que, en todo caso, deben respetarse y cumplirse. ¿O se pretende que asistamos a los funerales de Montesquieu, archivando la separación de poderes y desertando del Estado de Derecho?

Cualquiera de las negativas realidades ya señaladas, así como los fenómenos ocasionales referidos ofrece amplio margen al comentario y al análisis más o menos crítico. Sin embargo, ninguno de ellos tiene la trascendencia del tema que días pasados ganó la atención continental, al celebrarse en Cuzco la tercera Cumbre Presidencial Sudamericana. En ella se planteó una iniciativa que se atribuye al señor Duhalde, lanzada o propiciada desde el cargo permanente que ocupa en la estructura del Mercosur, y apoyada fuertemente, por el gobierno brasileño: la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, a imagen y semejanza de la Comunidad Europea de Naciones.

FRENTE a planteo de tal magnitud, que implica poner al subcontinente en la senda de su integración política, el gobierno uruguayo —representado en la ocasión por el señor Hierro López—, acompañado por Colombia y por el gobierno chileno, discrepó con la iniciativa y se negó a firmar una declaración favorable a la "pronta integración" del Parlamento Sudamericano, sugerida por el delegado argentino. Pero el señor Nin Novoa, vicepresidente electo, presente en Cuzco en calidad de observador, manifestó que la próxima administración uruguaya apoyará el planteo.

Parafraseando al doctor Echegoyen cuando se le instó por algunos jóvenes a conjurar ciertos problemas con medidas urgentes, quien replicó sabiamente que "no hay problemas urgentes sino hombres apurados", estimamos que no hay urgencia en crear tal Comunidad Sudamericana de Naciones. Lo que hay son hombres y países apurados por precipitarla. Es el caso de alguna nación —vecina y amiga, sí—, fundamentalmente interesada por su presencia y su gravitación en el escenario continental, a nivel político y comercial.

EL ejemplo europeo es elocuente y aleccionante. Antes de dar ningún paso en el plano político, las naciones del viejo continente crearon trabajosamente un auténtico Mercado Común, es decir una estructura funcional y de recíprocos beneficios en el plano comercial y, luego, con proyección más generalizada, en otros niveles de la economía. Ese Mercado Común no lo crearon Alemania, Francia e Italia para usufructuar de ventajas frente a las naciones más pequeñas, como Holanda, Bélgica y Luxemburgo.

El objetivo fue que el saldo fuera positivo para todos, pues así tiene que ser cuando un gran mercado supranacional se liberaliza, aun a nivel de una unión aduanera. Para los que ingresaban desde el inicio y para los que se sumarían más tarde, como Inglaterra, España y cuantos las siguieron después. Quien desembarca algunos contenedores en el puerto de Rotterdam y los sube a un gran camión, los transporta hasta Atenas, por ejemplo, sin ser detenido en ninguna aduana ni demorado por barrera no arancelaria alguna. De eso, sin duda, estamos aún bastante lejos en nuestro Mercosur y en los demás ámbitos de integración económica regional existentes en nuestra América sureña.

FACIL es alentar la concreción, aunque sea parcial, del sueño bolivariano. Y adornarlo con bellas frases, incluyendo en ellas la previsible referencia a la Patria grande, proyectada por Artigas. Pero hay, primero, que pisar la tierra y reconocer que nada será fértil, en el terreno de la integración política subcontinental, si no abonamos tal terreno con el desarrollo económico de nuestras naciones, fundado en la existencia de un verdadero mercado común desde el Pacífico al Atlántico y desde el Caribe al Cabo de Hornos. Y donde los bienes, así como las personas, puedan transitar desde Cartagena de Indias hasta Montevideo con la misma libertad y celeridad con que se movilizan entre los veinticinco países de la Comunidad Europea.

Para que ello sea posible hay que superar las gruesas asimetrías existentes entre las economías de nuestras naciones. O, por lo menos, atemperarlas. Y hay que principiar, en ese plano, por armonizar las políticas macroeconómicas y por dar un tratamiento igualitario a las inversiones extranjeras, que para todos son necesarias y hasta imprescindibles. Mientras ello no se logre, todo lo demás es lo de menos.

SE ha difundido, por estos días cuasi veraniegos, que en una entrevista publicada en un libro sobre su persona, el doctor Vázquez aboga por el Parlamento del Mercosur y por una moneda única en la región. Debiera reflexionar nuestro próximo presidente, antes de embarcar al país en aventuras riesgosas, sobre las siguientes interrogantes: ¿Parlamento mercosuriano para qué? ¿Cuáles serían sus atribuciones? ¿Podría sancionar una legislación supranacional, competencia de que carece el Parlamento europeo? ¿Cuál sería el arbitrio milagroso que impediría a Brasil, por su población, por su dimensión geográfica o por sus indicadores económicos, contar con la amplia mayoría de los integrantes de tal Parlamento?

El doctor Vázquez, antes de improvisar juicios sobre cuestiones tan delicadas y trascendentes para el futuro del país, haría bien en consultar a quienes atesoran una experiencia de que él y su entorno carecen. Así, a los ex presidentes y a los ex cancilleres. No sea cosa de que por ignorar, quizás, aquella frase de Batlle y Ordóñez en el sentido de que "en política, el que se precipita se precipita", precipite a nuestro Uruguay no a un abismo pero sí a una situación profundamente inconveniente para sus intereses históricos y permanentes.


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