NUESTRO país enfrenta múltiples problemas. Algunos
crónicos, como la marginalidad, el crecimiento de la
pobreza, la inseguridad, la ineficiencia de su sistema
de atención de la salud, similar deficiencia en el área
de la enseñanza, el excesivo peso de su Estado obeso
y el corporativismo sindical, entre otros. Y tiene,
asimismo, problemas de menor incidencia general y
permanente, pero que, de tanto en tanto, afloran y
preocupan. En estos días, por ejemplo, han hecho
eclosión el recrudecimiento de episodios de violencia y
las reacciones ilógicas y destempladas frente a
decisiones judiciales que por supuesto son opinables,
pero que, en todo caso, deben respetarse y cumplirse.
¿O se pretende que asistamos a los funerales de
Montesquieu, archivando la separación de poderes y
desertando del Estado de Derecho?
Cualquiera de las negativas realidades ya señaladas,
así como los fenómenos ocasionales referidos ofrece
amplio margen al comentario y al análisis más o
menos crítico. Sin embargo, ninguno de ellos tiene la
trascendencia del tema que días pasados ganó la
atención continental, al celebrarse en Cuzco la tercera
Cumbre Presidencial Sudamericana. En ella se
planteó una iniciativa que se atribuye al señor Duhalde,
lanzada o propiciada desde el cargo permanente que
ocupa en la estructura del Mercosur, y apoyada
fuertemente, por el gobierno brasileño: la creación de
la Comunidad Sudamericana de Naciones, a imagen y
semejanza de la Comunidad Europea de Naciones.
FRENTE a planteo de tal magnitud, que implica poner
al subcontinente en la senda de su integración política,
el gobierno uruguayo —representado en la ocasión
por el señor Hierro López—, acompañado por
Colombia y por el gobierno chileno, discrepó con la
iniciativa y se negó a firmar una declaración favorable a
la "pronta integración" del Parlamento Sudamericano,
sugerida por el delegado argentino. Pero el señor Nin
Novoa, vicepresidente electo, presente en Cuzco en
calidad de observador, manifestó que la próxima
administración uruguaya apoyará el planteo.
Parafraseando al doctor Echegoyen cuando se le instó
por algunos jóvenes a conjurar ciertos problemas con
medidas urgentes, quien replicó sabiamente que "no
hay problemas urgentes sino hombres apurados",
estimamos que no hay urgencia en crear tal
Comunidad Sudamericana de Naciones. Lo que hay
son hombres y países apurados por precipitarla. Es el
caso de alguna nación —vecina y amiga, sí—,
fundamentalmente interesada por su presencia y su
gravitación en el escenario continental, a nivel político y
comercial.
EL ejemplo europeo es elocuente y aleccionante.
Antes de dar ningún paso en el plano político, las
naciones del viejo continente crearon trabajosamente
un auténtico Mercado Común, es decir una estructura
funcional y de recíprocos beneficios en el plano
comercial y, luego, con proyección más generalizada,
en otros niveles de la economía. Ese Mercado Común
no lo crearon Alemania, Francia e Italia para
usufructuar de ventajas frente a las naciones más
pequeñas, como Holanda, Bélgica y Luxemburgo.
El objetivo fue que el saldo fuera positivo para todos,
pues así tiene que ser cuando un gran mercado
supranacional se liberaliza, aun a nivel de una unión
aduanera. Para los que ingresaban desde el inicio y
para los que se sumarían más tarde, como Inglaterra,
España y cuantos las siguieron después. Quien
desembarca algunos contenedores en el puerto de
Rotterdam y los sube a un gran camión, los transporta
hasta Atenas, por ejemplo, sin ser detenido en
ninguna aduana ni demorado por barrera no
arancelaria alguna. De eso, sin duda, estamos aún
bastante lejos en nuestro Mercosur y en los demás
ámbitos de integración económica regional existentes
en nuestra América sureña.
FACIL es alentar la concreción, aunque sea parcial, del
sueño bolivariano. Y adornarlo con bellas frases,
incluyendo en ellas la previsible referencia a la Patria
grande, proyectada por Artigas. Pero hay, primero, que
pisar la tierra y reconocer que nada será fértil, en el
terreno de la integración política subcontinental, si no
abonamos tal terreno con el desarrollo económico de
nuestras naciones, fundado en la existencia de un
verdadero mercado común desde el Pacífico al
Atlántico y desde el Caribe al Cabo de Hornos. Y donde
los bienes, así como las personas, puedan transitar
desde Cartagena de Indias hasta Montevideo con la
misma libertad y celeridad con que se movilizan entre
los veinticinco países de la Comunidad Europea.
Para que ello sea posible hay que superar las gruesas
asimetrías existentes entre las economías de nuestras
naciones. O, por lo menos, atemperarlas. Y hay que
principiar, en ese plano, por armonizar las políticas
macroeconómicas y por dar un tratamiento igualitario a
las inversiones extranjeras, que para todos son
necesarias y hasta imprescindibles. Mientras ello no
se logre, todo lo demás es lo de menos.
SE ha difundido, por estos días cuasi veraniegos, que
en una entrevista publicada en un libro sobre su
persona, el doctor Vázquez aboga por el Parlamento
del Mercosur y por una moneda única en la región.
Debiera reflexionar nuestro próximo presidente, antes
de embarcar al país en aventuras riesgosas, sobre las
siguientes interrogantes: ¿Parlamento mercosuriano
para qué? ¿Cuáles serían sus atribuciones? ¿Podría
sancionar una legislación supranacional, competencia
de que carece el Parlamento europeo? ¿Cuál sería el
arbitrio milagroso que impediría a Brasil, por su
población, por su dimensión geográfica o por sus
indicadores económicos, contar con la amplia mayoría
de los integrantes de tal Parlamento?
El doctor Vázquez, antes de improvisar juicios sobre
cuestiones tan delicadas y trascendentes para el futuro
del país, haría bien en consultar a quienes atesoran
una experiencia de que él y su entorno carecen. Así, a
los ex presidentes y a los ex cancilleres. No sea cosa
de que por ignorar, quizás, aquella frase de Batlle y
Ordóñez en el sentido de que "en política, el que se
precipita se precipita", precipite a nuestro Uruguay no a
un abismo pero sí a una situación profundamente
inconveniente para sus intereses históricos y
permanentes.