Emotiva llegada del uruguayo que navegó 19 años por todo el mundo

| En Puerto del Buceo esperaban 20 amigos y familiares. Dice que llegó para quedarse un tiempo en Uruguay

La leyenda "Bienvenido viejo lobo de mar", en letras coloridas sobre una cartulina blanca, se ubicaba en medio de sonrisas de familiares y amigos de Eduardo Rejduch de la Mancha, quien retornaba ayer a Uruguay después de 19 años recorriendo el mundo a bordo de un velero. Estaban todos. O casi todos. Su madre no pudo llegar desde Canadá pero prometió que su arribo será –seguro– en enero. Pero estaban sus primos, su tío, sus sobrinos, su madrina. Lo esperaron con pizza y con mate. El ofreció champán y vasos descartables. La alegría del reencuentro se hizo sentir. Hasta un joven fanático de sus historias, un uruguayo que reside en Madrid y que aprovechó sus vacaciones en Montevideo para ir hasta el puerto del Buceo a recibir al autor de uno de sus libros de cabecera (ver nota aparte). Hace cuestión de pocos meses, le había comentado en un mail: "Voy a ir para donde me tire el viento". Y el viento lo condujo hacia Uruguay, hacia el mismo puerto del que zarpó 19 años atrás.

Fue a las diez de la mañana del 20 de diciembre de 1985, cuando embarcado en el pequeño velero El Charrúa, Rejduch partió rumbo al Este. Para ese entonces tenía 33 años, un pan dulce y una botella de champaña. Y El Charrúa, su casa flotante.

Guiado por su espíritu indomable, el navegante solitario atravesó casi todos los grandes mares, y conoció los cinco continentes. Entre tanto, para subsistir, realizó labores en los puertos y en los muelles, haciendo reparaciones y trabajos de pintura de barcos, además de remolcar o conducir otras embarcaciones.

Al salir de El Charrúa y pisar la Marina 3 del puerto del Buceo, no se vio sorprendido pero sí emocionado. Al parecer, se lo esperaba Se cruzó en medio del Atlántico Sur con el buque Capitán Miranda, y luego lo hizo por segunda vez en Barcelona. Según Rejduch, estos encuentros funcionaron en él como señales. "Había algo, tenía que volver", dice. Y luego bromea: "Vine pensando que tenía que arreglar algo en el país, pero veo que ya está perfecto". Entonces, lo que hará de ahora en más es contar historia. Piensa publicar su libro "Hasta donde me lleve el viento" en Uruguay.

Tras pasar por Galápagos, la isla Ua Pou, una de las Marquesas en la Polinesia, o pasearse por el Mar Rojo, Rejduch tiene cosas para contar, las mismas que definen su lugar en el mundo: "Mi lugar está en mi corazón. Ojalá tuviera un lugar con un patio que fuera Tonga, que mi vecino fuera Brasil, y que la gente fuera de Indonesia".

Dice que además del viento, lo trajo la nostalgia. "Me vino empujando hacia acá. No volver sería una traición, tenía que encontrarme con mi familia, con mis amigos, tenía que volver con El Charrúa", dice. "Algunos se toman la vuelta al mundo por tres años como un récord, yo la hice más bien para disfrutarla". Y esa vuelta al mundo fue un poco más extensa que lo previsto. Para empezar, porque Rejduch no acostumbra a planificar demasiado las cosas. Ni siquiera ahora, que esta en Montevideo, la ciudad donde nació hace 53 años, sabe bien cuanto tiempo se va a quedar. "La otra vez, que estaba agrandado, dije que me iba al Africa, y fue decir eso y empezó la cuenta hacia atrás. Y me tuve que ir nomás. Así que ahora mejor no digo nada", sonríe. Mientras tanto: "Voy a esperar a que suba Rampla y después veo". Ayer Rampla ganó 1 a 0.

El reencuentro entre el aventurero y su lector

Alex Wegner tiene 28 años, es uruguayo y vive en Madrid. Ha consumido con voracidad grandes cantidades de libros de viajes, en especial aquellos sobre navegación. Fue este apetito de aventuras lo que lo condujo hacia un libro destinado a convertirse en uno de sus favoritos: "Hasta donde me lleve el viento", título en el que Rejduch relata su experiencia de casi veinte años viajando por el mundo a bordo del velero El Charrúa. Wegner lo compró en una librería de la capital española, hace menos de dos años, y la lectura lo atrapó rápidamente. Pero además, el libro provocó lo que no muchos pueden hacer: lograr que la persona ya no sea la misma tras haberlo leído. "A mí me cambió la forma de ver las cosas", dice Wegner. "Hay una parte en el libro que dice ‘El Cha- rrúa descansa donde señala Colón’ —relata el joven—, y resulta que es el Puerto Deportivo de Barcelona, donde hay un monumento a Cristóbal Colón, así que tomé un avión y fui hasta allá". Wegner llegó, se encontró con Rejduch, y juntos pasaron la tarde conversando y tomando mate. Intercambiaron direcciones de correo electrónico y desde entonces no volvieron a verse. Hasta ayer.

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