Miguel Carbajal
No hay con qué darle al sistema republicano. Y el aparato jurídico legal armado por la Revolución Francesa y el engranaje constitucional que se dan a sí mismo los norteamericanos cuando resuelven canonizar al "Mayflower" y dejar atrás sus orígenes europeos. Siempre se arman mentiras en las promesas electorales. Es parte de la filosofía democrática. Pero si el que prometió no cumple, y casi nunca cumple, sólo hay que esperar cuatro o cinco años para castigarlo. O premiarlo con el voto si pasa lo contrario. Sucede, claro, que siempre existen percepciones distintas, intereses distintos, compromisos diferentes. Y entonces el país se contrapone de opiniones. Así es el sistema. Y las mayorías son sólo eso: un algo más, un poco más, apenas más. Y aunque sean muchos más como acaece en el Partido Justicialista, no significa nada.
Las monarquías, en cambio, son otra historia. El día que desaparezcan los Windsor se funde la prensa del corazón. Quiebra. Se fundamenta con razón, el peso burocrático de los aparatos internacionales y existe la sospecha de la nula efectividad de organismos regionales que se suman unos a otros. Invento Alalc, combino con Aladi, sumo entronques laterales y un toque andino o algo caribeño y finalmente apuesto al Mercosur para competir con el euro y con el Nafta. ¿Cuántos embajadores y personal diplomático, o lo que sea, aglutina el paquete?
¿Qué sostiene a los Windsor? No es el respeto, de seguro. Elizabeth es la única que opera con seriedad. Y el príncipe Harry es el último canje del paquete accionario que trafica con el escándalo. Los ingleses le conceden espacio a la cultura del protocolo y los disfraces de la tradición. Pero siempre aceptaron que la única forma de convivir con las monarquías es respetar su vitalidad y sus reglas de juego. Creer que hacen cuando no hacen nada. Imaginar que el lujo de los oropeles viene del cielo y no del bolsillo de los contribuyentes. Y enorgullecerse con un hecho fáctico: los Windsor tienen más glamour que el propio Hollywood, aunque sus integrantes ganen menos que una estrella pop.
Siempre fueron unos adelantados. Sin ellos no hubiera prosperado la Belle Epoque. A la Bella Otero le sobraban pretendientes munidos de sangre azul. Era una mujer con kilos de más (para el canon actual), muy blanca, entalcada hasta las orejas y con esa pasión por las joyas que Liz Taylor vendió al siglo siguiente como símbolo de la femineidad. Por alguna razón equívoca se la confunde con el prototipo de belleza, y sobre todo de exhibición, que propuso más tarde Martine Carol.
Detrás de la Otero hubo nobles de diferentes regiones —siempre algún alemán y otro ruso— y al frente un Windsor. Estuvieron en todos lados. Oficialmente aparecen con ese nombre recién en 1917 cuando la casa real británica de Hannover-Sajonia-Coburgo-Gotha resuelve lucir más anglosajona. Bajo otras designaciones tuvieron casamientos famosos, asesinatos múltiples, llegaron a relacionarse con leyendas criminales y marcaron el estilo de la época. Piensen en lo victoriano, si no. Ya son Windsor cuando Eduardo tropieza con Wallis Simpson y canjea una corona por una historia de amor. Y paralelamente otros cotizan como públicos sus actos íntimos. La información era menos caudalosa que ahora, pero las prohibiciones que rodearon a Margarita de Inglaterra y la manera como la desobediente hermana de la reina las eludió, es casi material fresco. Y luego vino el aluvión de la penúltima generación con el estallido mediático de la trágica Lady Di. Ahora le tocó el turno a las travesuras de Harry.