CUANDO la voluntad soberana de la ciudadanía se pronuncia en comicios que se desarrollan libérrimamente, el gobierno resultante de los mismos tiene una carga de legitimidad que nadie debe discutir y sí, en cambio, respetar incondicionalmente.
La ciudadanía extiende al nuevo gobierno un crédito, el cual debe ser pagado en obras, en producción y comercialización, en creación de empleos, en políticas sociales, en fin, en el aumento del bienestar y de la calidad de vida de la gente, de tal manera que, al término del período señalado por la Constitución, nuevos comicios permitan que el voto recoja el sentir popular respecto a lo que se hizo o se dejó de hacer y se pronuncie sobre quienes tendrán, en el futuro inmediato, la responsabilidad de conducir al país. Y así sucesivamente. El sistema democrático expresa, de esa manera, su esencia.
ESTE mecanismo funcionó perfectamente en nuestro país y, en consecuencia, el EP-FA-NM accedió al gobierno. El hecho no es menor, desde luego, aunque ocurra que, por primera vez en la historia, la coalición de izquierda se transforme en gobernante. Y no es un hecho menor porque, además del gobierno —es decir, el P. Ejecutivo, los entes y los servicios descentralizados— la izquierda tendrá en sus manos el poder. Como si fuera un calco, pero ampliado, de lo que, desde hace quince años, muestra la Intendencia de Montevideo, ahora, el EP-FA-NM tendrá mayoría absoluta en el P. Legislativo y tendrá, técnicamente, la posibilidad real de aprobar y modificar las leyes que entienda conveniente según su ideología y propósitos. Será, entonces, plenamente responsable de sus eventuales éxitos pero, también, de sus fracasos. No tendrá excusas. Hasta ahora, la izquierda desempeñó un papel de opositor consuetudinario a los gobiernos colorados y blanco que se sucedieron durante la restauración institucional. Tuvo la ventaja de "capitalizar" en su beneficio todo cuanto de negativo ocurría en el país, sea por errores propios de los gobernantes, sea por la desestabilización emergente de conflictos gremiales politizados o por repercusiones desfavorables de crisis regionales y mundiales.
Sin comprometerse a dar soluciones o a colaborar en las soluciones propuestas por los partidos tradicionales, la izquierda se mantuvo cómodamente en su oposición de siempre ganando para sí, uno a uno, los votos de quienes se decepcionaban con la "estructura" vigente, con la política de "más de lo mismo" de sus adversarios y con el "conservadurismo" o la "resistencia al cambio" del pueblo uruguayo y de los gobernantes que no podían eliminar la indigencia ni erradicar la pobreza ni mejorar la educación pública ni impedir que cerraran fábricas y comercios y que aumentara la desocupación.
El voluntarismo fue la única base de sus propuestas instrumentales para superar todos los problemas.
AHORA, la izquierda tiene la oportunidad histórica de probar, en los hechos, que no ha estado confundiendo deseos con realidades. Dispone, para ello, de votos suficientes en ambas cámaras. ¿Pasará esa prueba de fuego?
Esperemos que sí. Según Wilson, "hay que darle al país lo que necesite y al gobierno lo que merezca". Entonces, hay que colaborar con las iniciativas tendientes a solucionar los problemas que nos aquejan, cosa que, lamentablemente, nunca hizo el EP-FA desde su bancada parlamentaria opositora. No se trata de hacer posible la gobernabilidad tal como, nuevamente, quería Wilson, porque gobernabilidad —por disponer de absoluta mayoría parlamentaria— ya la tiene el EP-FA-NM. La nueva oposición debe profundizar en la magna tarea de convencer a todos de que el país no pertenece a nadie en particular, que no es ni feudo ni rehén de nadie, de ningún sector, de ninguna "chacrita" puesto que es de todos nosotros, que su destino es el nuestro y que, por tanto, todos nosotros debemos contribuir, con nuestro esfuerzo y nuestras ideas, a su prosperidad.
A los uruguayos nos falta lo que en los antiguos romanos se distinguía como una máxima virtud: la creencia de que el Estado es la "res pública", la cosa de todos.
Así también deberíamos entender nosotros el meollo, el cerno del republicanismo.
Seamos, pues, demócratas, en los procedimientos que utilicemos para elegir a nuestros gobernantes y para salvaguardar nuestros derechos individuales.
Y seamos republicanos al sustentar la convicción de que cada uno de nosotros forma parte de un todo, que el Estado no es ajeno a nosotros, que lo integramos indisolublemente y que colaborar en la prosecución del camino correcto que emprendan quienes tengan la responsabilidad de gobernar es demostrar que nos impulsa un sano patriotismo. Dicho esto en la medida en que coincidamos en cuál es el camino correcto.
La industria local del software no se ha ganado su actual sitial de privilegio por casualidad. De manera silenciosa logran exportar una producción nacional por un monto anual de 80 millones de dólares. Es uno de los mejores ejemplos de transformación de capacidad intelectual de uruguayos en productos de exportación. Algo que deberíamos atender con mucho mayor interés, no solo por los puestos de trabajo que genera, sino también por las oportunidades de empleo que brinda a los jóvenes. Generar software ajustado a las necesidades de cada empresa u organización es una de las claves actuales del éxito, para competir con posibilidades dentro de un mercado exigente y despiadado.
En la medida que seamos menos dependientes del software extranjero la innovación tecnológica de nuestras empresas le permitirá hacer más con menos, generar nuevas capacidades y aumentar el retorno de sus inversiones. El sistema educativo uruguayo deberá aumentar los espacios en calidad y cantidad para la formación de profesionales en todo lo relativo a la informática.