De niño murguista a líder de masas

| De chico probó talento en carnaval y en fútbol, fundó el Club Arbolito, e instaló la primera policlínica del barrio

Tabaré Vázquez y José Mujica por Arotxa 400x532
Tabaré Vázquez y José Mujica por Arotxa

MAGDALENA HERRERA

Se respira un clima bien de barrio en la calle empinada Benito Riquet, pleno La Teja, donde se encuentra la casa en la que Tabaré Ramón Vázquez Rosas vivió gran parte de su niñez y adolescencia. En esa cuadra, hizo sus primeros pininos futboleros y desentonó junto a la murga Cuiti-Cuiti, en la cual era presentado como el "Cebolla" Vázquez en los platillos.

No era un talentoso natural, ni en los picaditos de campo ni sobre los precarios escenarios, pero siempre se las ingenió para ser parte del grupo. Tampoco deslumbró demasiado en la escuela Yugoslavia, y luego en el Liceo 11 del Cerro. Pero a diferencia de la gran mayoría de sus amigos de infancia, mostró tenacidad hasta el cansancio y terminó los ciclos educativos como un estudiante medio. De una barra de más de 30 jóvenes, solo dos llegaron a la Universidad. Tabaré Vázquez fue uno de ellos.

En realidad nació el 17 de enero de 1940, hijo del funcionario y sindicalista de Ancap, Héctor Vázquez, y de Elena Rosas, de profesión ama de casa. Vivió hasta los cuatro años en una vivienda muy modesta de la calle Heredia y luego sí se mudó para Riquet, a una casita que hasta el día de hoy conservan su hermana y sobrinos. "Eramos pobres, quizás comíamos un pan con café con leche y mate cocido, pero la verdad que nos divertíamos mucho todos juntos y de una forma muy sana. Me parece estar viendo al "Taba" ahora, jugando en la calle con la pelota de trapo", recuerda su amigo de medio siglo, Daniel Marsicano.

La familia de Vázquez, dicen sus allegados, era modesta pero no pobre. Como muchos vecinos de La Teja, vivieron momentos difíciles en los años 50, en una de las mayores huelgas de la historia de Ancap. Con once años, Tabaré y sus amigos de cuadra eran algo ajenos a los momentos de tensión que vivía el barrio obrero, mayoritariamente empleado en el ente público, en Bao y otras fábricas de la zona que hoy no existen.

Para la barra infantil, lo importante eran los picaditos en Plaza Lafone y los ensayos murgueros en la puerta de la carnicería. La parranda continuaba con baños en el "rompeolas", como le decían a la playita pegada a Ancap. Ningún gesto de Tabaré insinuaba los rumbos políticos que tomaría tres décadas después. Hasta entonces era un actor más del reparto.

PASIONES. Vázquez integraba el cuadro de fútbol formado por ex alumnos del colegio de los Padres Salesianos, más allá que ni él ni muchos de su barra habían asistido nunca al centro educativo. Todo marchó sobre ruedas, hasta que la institución cambió de director y comenzaron las desavenencias. Entre otras cosas, el nuevo sacerdote los obligaba a ir a misa, para luego sí jugar en el equipo. En ese momento nació el Club Arbolito, como sede deportiva y carnavalera. Deseoso de que la murga no ensayara más en su comercio, el carnicero Gó- mez fue garantía para alquilar un galpón.

En el Arbolito se reunían entre treinta y cuarenta muchachos a cantar las letras de Araca la Cana y de Los Diablos Verdes, dos pioneras del género murguero. Allí también debatían sobre la estrategia deportiva que llevarían a la cancha. Cuando lo recaudado en el baile del sábado no alcanzaba, también se juntaban para analizar cómo pagar la renta del mes. Entre las tantas anécdotas que cuenta Marsiscano, una se refiere al día en que el carnicero ahuyentó al dueño del local donde funcionaba el Arbolito, quien quería cobrar los alquileres. El hombre salió despavorido de la carnicería gritando "garantía loca, garantía loca, me corrió con un cuchillo". Vázquez y sus amigos de equipo le respondieron: "y vos también ir desarmado a molestarlo por diez meses que te debemos".

Para cuando fundó la primera policlínica de La Teja, en la sede Arbolito, Tabaré ya era un estudiante avanzado de medicina. Las camillas y los estetoscopios ingresaron el 5 de diciembre de 1965, y desde entonces atiende entre treinta y cuarenta personas diarias en medicina, odontología y psicología.

A instancias de Vázquez cuando presidió el club de La Teja, allí funciona también un comedor para alrededor de 400 chicos de familias carenciadas. Otro, que alimenta a igual cantidad de chicos, fundó en Progreso cuando fue presidente del club de sus amores entre 1979 y 1989. Algunos pacientes, que se han atendido con Vázquez en su clínica Cor, han asegurado que al momento de pagar la cuenta de la consulta médica se les ha solicitado en cambio alguna donación para los comedores.

Ni siquiera cuando aceptó la presidencia del Club Progreso, sus allegados vieron a un potencial político entre ellos. Por supuesto que desde hacía tiempo, incluso antes del gobierno de facto, en la reunión de amigos, en los campamentos o en las jornadas de pesca, se pregonaba el socialismo y también el modelo marxista, que contrariamente hoy el propio Vázquez asegura no es aplicable para el Uruguay.

Más que ambiciones políticas que podría tenerlas, sus amigos aseguran que el paso por Progreso tiene que ver con todas las frustraciones que Vázquez sufrió cuando vestía pantalón corto en la cancha. "Tabaré fue un futbolista y carnavalero frustrado, así que no me extrañó nada cuando me enteré que algunos socios lo habían convencido para ir primero de vice y luego de presidente del club. Quería desquitarse y lo logró. Durante su presidencia, Progreso pasó de la B a la A, y en el 89 fue campeón uruguayo", comenta José "Pepe Veneno" Alanís, el letrista de la legendaria murga La Soberana.

En Progreso, Vázquez pasó por las peores "calenturas" de su vida, por lo menos hasta ese momento. "Era muy apasionado, los jueces de línea nunca se salvaban. A mi me llamaba mucho la atención: era como si se transformara en otra persona", contó hace años el jugador Enrique Casado.

Resultaba curioso: ese médico de tranquila mirada y voz pausada, que lograba trasmitir una enorme paz a sus pacientes, en la cancha se convertía en un feroz adversario capaz de rezarle a los jueces el rosario completo. Quizás por eso, quizás porque se le venían los tiempos políticos, dejó de ir a la cancha poco antes de salir electo intendente de Montevideo en 1989. Solo volvió hace poco más de un año, cuando en un acto se denominó "Tabaré Vázquez" a una de las tribunas.

VOCACION. Eligió la carrera de médico por la admiración que siempre le despertó el profesional que atendía a su familia. En un reportaje de El País, de 1999, su hijo Alvaro, señaló: "a él le parecía que cuando llegaba aquel doctor, todos los problemas se solucionaban".

El día que dio el examen final para recibirse fue todo un acontecimiento en el barrio. "Cuando nos enteramos, alquilamos un camión y nos fuimos al Maciel. ’Hoy nos jugamos el campeonato’, le dijimos al guardia del Hospital y nos dejó entrar", cuenta Marsiscano.

Para cuando egresó de la Facultad de Medicina el 6 de diciembre de 1969, Vázquez ya se había casado con María Auxiliadora Delgado y habían comenzado a llegar sus hijos Ignacio, Alvaro y Javier. Recibirse no fue fácil, y en algún momento hasta pensó en abandonar estudios para dedicarse por completo a la manutención de su familia. "Se quemaba las pestañas y trabajaba en Carrau & Cía al mismo tiempo, pero nunca dejó de venir al Arbolito. Acá también experimentaba la medicina con pajaritos, bichitos, que curaba", asegura José "Pepe" Morgade, el director de la murga La Reina de la Teja.

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