LOS dados ya están echados, pero seguramente unos cuantos están todavía en su último giro, sin mostrar su definitiva cara. No nos cansaremos entonces, de reiterar hasta el último minuto previo a la veda, las razones que llaman al voto del candidato presidencial nacionalista Dr. Larrañaga en la disputa por el gobierno del país, hasta ahora renovable, por disposición de la Constitución y por la libre voluntad de sus ciudadanos.
¿Hasta ahora? No es un dislate que hoy pueda parecer un signo de interrogación en lo que es supuesto primario de nuestro funcionamiento democrático. Es bueno tomar conciencia que quizás sea esta la primera pregunta que tengamos que hacernos cuando el domingo depositemos el voto, para decidir qué es lo que hemos de hacer con él.
¿Quiero que el país pueda seguir en el goce de esa libertad política que consiste en renovar sus gobiernos por el voto libre de sus ciudadanos en el ejercicio pacífico de sus preferencias y de su voluntad? ¿Estoy dispuesto a asumir con mi voto el grave riesgo en estas elecciones, que esta conquista, arrancada al precio de la sangre y de sacrificios sin fin, que nos permitió como ejemplo casi único en el mundo derrotar a una dictadura desde las urnas, quede por largo tiempo arrumbada como tiesto inservible al borde del camino?
ESA libertad, por otra parte, sólo puede existir cuando en su torno está vigente el sistema donde están reconocidas y garantizadas en buena parte las demás libertades inherentes a la dignidad de la persona humana y al estado de Derecho. Por lo que la pregunta inicial, en el momento de colocar el voto en la urna, debe extenderla a todo ese conjunto de valores para advertirnos, por lo menos que no lo apostemos como si se tratara de una partida de monte.
Pensamos que a juzgar por la votación que le adjudican las encuesta al Frente Amplio y su candidato serían muchos los que creen que magnificamos los riesgos y que exageramos nuestra prevención. Pero convengamos que no somos nosotros quienes inventamos el riesgo, ya que no es imaginaria la cantidad de hechos que lo recuerdan un día sí y el otro también.
EL editorial de nuestro entrañable director desaparecido Washington Beltrán cuyos párrafos transcribimos y glosamos ayer es, sobre este punto, un insuperable llamado a la responsabilidad que, como ya lo dijimos, tiene plena vigencia para nuestro "conturbado presente e ilumina el escenario". Si algo ha cambiado desde aquel llamado conmovedor, es que el mal se ha acentuado, los enfrentamientos son más duros, más fracturada está la sociedad uruguaya, y más incierto tal vez el futuro que nos aguarda, precisamente en el momento en que debían sobrar los signos esperanzadores, de aliento, y de acercamiento entre todos.
En estas horas, como tantas en la historia, le corresponde al Partido Nacional con el Dr. Jorge Larrañaga a su frente volver a ser el partido de la Nación. Lo vuelve a ser por lo dimensión de su responsabilidad, porque sólo su triunfo asegura la libertad de todos; porque salva los valores del estado de derecho en la hora en que peligra su suerte; porque cuando más asoman las arremetidas de la soberbia intolerante, más decidido será su empeño por educar en la tolerancia sin la cual, es la violencia, el odio, y a veces la tiranía, quienes terminan por ocupar el lugar de la razón y de la propia dignidad humana.
SI está la libertad en juego, allí está un partido que luchó por ella a lo largo de su historia, y nadie que vote por él puede temer por su suerte, ni por la garantía de sus derechos, ni por el destino de la democracia, ni por el respeto de las minorías.
Uno de los objetivos esenciales de su gobierno será rescatar nuestra convivencia nacional, oscurecida por las confrontaciones empecinadamente alimentadas como armas política, apostando a la desesperanza y al odio de sedimento, como también al desprecio de los adversarios convertidos en enemigos. Ese ha sido procedimiento habitual del Frente y de su candidato Tabaré Vázquez. Todo lo que tuvieron de enconados contra las instituciones y el resto de las fuerzas políticas, lo tuvieron de sumisos para todos los reclamos corporativos, mientras daban tercamente la espalda a los reclamos nacionales, aun en la hora de la más grave crisis de su historia.
COMO bien lo ha señalado el Dr. Larrañaga el Partido Nacional, hoy, es el único que está en condiciones de articular un gobierno de amplio respaldo en la opinión plural del país, y devolver a nuestra comunidad la conciencia solidaria de una patria común, más allá de nuestras diferencias y de nuestras divergencias.
Quien vota por el Partido Nacional sabe lo que vota y lo que quiere.
El voto a la otra fuerza es el voto a lo que sea. Bien pocos, si los hay, saben lo que de allí saldrá. Si lo saben y no lo dicen, no será por bueno que lo callan.
Maniobra frentista
Se pasan insultando y denigrando a los partidos tradicionales, a los que acusan de todos los males que soportó y ha soportado el Uruguay. Realizan su hueca campaña electoral, carente de ideas, de programas y de sinceridad con el apoyo musical de un jingle que repite machaconamente la frase, todo un ejemplo de creatividad y talento, "Que se vayan". Los blancos, en tanto cogobierno en 1985 y gobierno en 1990, nos sentimos agredidos por esa torpe propaganda frentista. No obstante la catarata de insultos que nos dedican, a la hora que quieren darle seriedad a su prédica y ganar nuevos adeptos, no vacilan en usar los símbolos y los nombres más queridos por los que formamos en las filas del partido que fundó Oribe. Por eso hemos protestado, con razón y con energía también, denunciando ese burdo intento por confundir a la gente. Estamos en presencia de un claro delito electoral y la Corte debe reaccionar y proteger la historia nacionalista de este intento de usurpación.