Nace Kioto

El denominado cambio climático es la amenaza ambiental más global, impredecible y peligrosa que estaría gestándose en estos tiempos. Coinciden en ello la gran mayoría de los científicos, así como los organismos y organizaciones especializadas. La reacción internacional se ha materializado en el Protocolo de Kioto. Se trata de un acuerdo entre las naciones del mundo para tratar de disminuir las emisiones de gases causantes del recalentamiento de la superficie terrestre, responsable de una serie de modificaciones en el comportamiento del clima, que resultan altamente negativas para la humanidad en su conjunto. Los grandes responsables del problema son los países industrializados, y por lo tanto deben ser ellos los que realicen esfuerzos muy considerables para revertir la situación.

Aunque en los últimos años lo han ratificado más de un centenar de países, aún el protocolo no entró en vigencia pues entre los firmantes no figuran los mayores emisores de gases de invernadero. Es por ello que la ratificación del Protocolo realizada la semana pasada por el Parlamento ruso, quizás constituya el paso más grande que se ha dado en materia de política internacional ambiental. El compromiso asumido por Rusia viene a salvar —por lo menos por un tiempo— la vida del Protocolo. Y lo decimos en esos términos porque sin importar el resultado eleccionario estadounidense, los dos candidatos a la presidencia han anunciado que no ratificarán el Protocolo de Kioto. Por ser Estados Unidos el líder mundial de contaminación atmosférica (25% de todas las emisiones), el hecho de que no se comprometa con las reducciones acordadas en Kioto mantiene el acuerdo en el CTI. Es comprensible que la primera potencial económica del mundo se preocupe por el enorme costo que le supondría a su economía encarar los ajustes tecnológicos y demás medidas, conducentes a reducir las emisiones netas de sus fábricas, plantas generadoras de energía, etc.

Pero, considerando que lo que está en riesgo es la supervivencia de buena parte de la humanidad y de la mayoría de los ecosistemas, simplificar su análisis a los parámetros económicos significa un acto de irresponsabilidad extrema. Estamos hablando de la pérdida de vidas humanas, lo que indiscutiblemente debe ubicar la pérdida de dinero en un segundo plano. Desde luego no alcanza con firmar el protocolo; hay que cumplirlo. Pero, la ratificación rusa permite nada menos que hacer entrar en vigencia el acuerdo aplicable para 127 naciones. Allí no terminan los problemas.

Desde hace tiempo están aprobados los llamados mecanismos de desarrollo limpio (MDL) —que vendrían a ser caminos posibles para que la treintena de naciones industrializadas obligadas por el protocolo a encarar reducciones significativas de sus emisiones en períodos finados para el 2008 - 2012. Ofrece la posibilidad de que, más allá de los esfuerzos internos a favor de las reducciones, esos países puedan financiar proyectos que "capturen carbono de la atmósfera" en naciones en desarrollo, cuyos resultados se computen a su favor. Podría denominarse "comercio de carbono". Entre ellos figura la forestación y la reforestación.

Un número importante de organizaciones internacionales preocupadas por las sociedades marginadas y por el ambiente, aprobaron el pasado 10 de octubre la Declaración de Durban sobre el Comercio de Carbono, condenando los MDL pues aseguran que no protegerán el clima mundial, no estimulan los proyectos de desarrollo del uso masivo de energía renovable, promueven el apoderamiento de más tierras por las grandes empresas, y permiten que continúe creciendo la causa real del cambio climático: la quema de combustibles fósiles.

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