¿También, Carlos?

En Alemania explotó una bomba: ni Gardés ni Gardel; "El Mago" sería GAYDEL. ¡Pero viejo, ya no hay garantías para nada! El tipo del gacho gris y la sonrisa ganadora con las damas de la clase alta y las pibas de arrabal; el que dominaba a las multitudes (y aún las domina) con el sortilegio de su voz, habría transcurrido su vida desde "El ciruja", que era listo para el tajo, hasta la pechuguita de "Palomita blanca" sin que nadie lo advirtiera. No puede ser.

Lo malo es que la noticia no la lanzó al voleo el diarucho sensacionalista "Die Frankfurter Konmostazung", el de mayor tiraje entre los germanos consumidores de chorizos: quien dio el asunto por seguro en un estudio que presentó en Hamburgo, es una psicóloga argentina que firma Magalí Saikin. La tal Magalí sostiene que leyendo textos escritos por Gardel y su propia biografía, es posible detectar relaciones ambiguas del trovero con sus amigos más íntimos: ahí —afirma— Carlitos colgaba la guitarra, descolgaba la pandereta, y el portentoso cantor de las dos octavas y pico adoptaba el registro de las tonadilleras y le daba con todo al pasodoble "El niño de las monjas".

La duda —yo diría, la infamia— no es nueva. Los detractores de "El Zorzal" la hacen circular de tanto en tanto, intentando dejarlo en offside. Aseguran que los fracasos de Gardel con las mujeres los delata él mismo en su repertorio: las minas lo abandonan por algo. La primera que lo amuró fue la de "Mi noche triste", el primer tango que cantó: la última, la de "Tomo y obligo", el último tango que cantó. Entre ambos, se filtraron infieles de todo pelo: a la de "Mano a mano" —que "rajó" del nido atraída por los morlacos del otario— termina ofreciéndole ayuda hasta jugarse el pellejo, en una sumisión inexcusable; a la de "La cumparsita", le canta sintiendo angustias en su pecho, y sigue recordándola a pesar de que abandonó el cotorro, le afanó el sol de la mañana, e inventó el primer perro felón de la historia... ¡que también lo dejó! En "Caminito", Carlitos se pasa regando el suelo con su llanto, y a la que se fue —que nunca más volvió— le rastrea los pasos cual patrullero de infantería, y finaliza el lamento proponiéndole al "caminito" morir los dos. Otra vuelta, toma de rehén a un cliente de un viejo almacén del Paseo Colón y le descarga una lata insoportable hablándole de "la que le cortó el amor con el filo de su traición".

Esos detractores tienen otras letras, pero entienden que con ésas basta para certificar fehacientemente que Gardel agarraba pa’l lado de los tomates. Claro que, contra eso, habría que recordar ciertas declaraciones de Mona Maris y Rosita Moreno respecto de la virilidad del galán que las estrujó en sus brazos y que, según ellas, reaccionaba muy bien por el Método Pitman (esto es, al tacto) y demostraba saber de memoria el libreto de Eros.

En fin: cantores gay siempre hubo, y como antecedente probatorio está el caso de aquél que (ya lo conté una vez) presentado como "la voz macha del tango", iniciaba sus actuaciones guiñándole un ojo a la jauría de la galería alta, y alcanzaba el éxtasis interpretativo cuando, arrobado, entonaba: "... amor que fingiste, hasta que caí / con besos me hiciste llorar y reír / y desde aquel día mi lindo Julián / no tengo alegría, me muero de afán".

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