A nadie le va a importar demasiado si esta variante de la historia del Rey Arturo es más auténtica que cualquier otra que la literatura y el cine hayan proporcionado previamente. En todo caso, sostener que en la base de la leyenda están las aventuras de un soldado mitad bretón, mitad sármata que sirvió al Imperio Romano en el siglo V puede ser tan válido como rastrear ese origen en tradiciones del Este de Europa de cuatrocientos años antes (como sostiene otra de las versiones) o remitirse, sobre todo, a la mitología celta. Se sabe realmente tan poco de Arturo (empezando por el hecho mismo de su existencia) que casi cualquier invención resulta válida, y tanta gente de tantos lados aportó elementos diversos y hasta contradictorios a la tradición que todo nuevo narrador tiene derecho a elegir algunos aspectos de ella y proporcionar su propia variante. Ya se sabe que la lista es larga, y va de Geoffrey de Monmouth a Chrétien de Troyes y de Thomas Malory a John Steinbeck y (en cine) de Richard Thorpe a Robert Bresson y John Boorman. El productor Antoine Fuqua y el productor Jerry Bruckheimer tenían derecho a acercarse una vez más al tema, desde un ángulo distinto.
La primera variante es la época: la historia no transcurre esta vez en la Edad Media (esa imprecisa Edad Media en la que se inscribe habitualmente Camelot) para retroceder en cambio hasta fines del dominio romano en las Islas Británicas. Arturo no es un rey sino un oficial al servicio del Imperio, enviado más allá de la Muralla de Adriano para rescatar a un noble romano y su familia capturados por los sajones en el territorio de los guerreros Woads o pictos, cuyo líder es el hechicero Merlín. No solamente cumple su misión, sino que libera a otras mujeres y niños prisioneros, entre ellos la futura reina Ginebra. El viaje de regreso, con los sajones pisándoles los talones, desemboca en la necesidad de unir fuerzas con los enemigos pictos, y en una batalla de cuya resolución depende el poder futuro en las Islas.
El presunto "realismo" opera en todo caso en el plano de una atenuación del elemento mitológico, místico cristiano o romántico, tres vertientes que han alimentado sucesivamente la leyenda arturiana. Aquí no hay hadas que sirvan de parteras o nodrizas al hechicero Merlín, no hay un Santo Grial que solamente los caballeros de corazón puro puedan alcanzar, ni una misteriosa Dama del Lago que interfiera en las acciones de los humanos, ni siquiera un ritual de "amor cortés" que ponga en jaque los sentimientos de Arturo, Ginebra (o Guinevere) y Lancelot. Las reglas del juego son las de una lucha a vida o muerte, en un mundo primitivo descrito con algunos acentos de brutalidad. La propia estructura del relato es, primordialmente, la del cine de aventuras: una peligrosa incursión en territorio enemigo para llevar a cabo una misión arriesgada, y las dudas que se suscitan con respecto al éxito e incluso a las posibilidades de salir con vida del asunto.
El resultado no pretende ir (y no va) más allá del nivel de uno de esos vistosos pasatiempos que en el mejor de los casos dan para una salida de matinée sin demasiadas pretensiones. El elenco hace lo que puede con personajes esquemáticos, y no cabe objetarle que no pueda más: es lo que hay, a partir de un libreto de fórmula. Previsiblemente, lo mejor del trabajo del director Fuqua (Asesinos sustitutos, Día de entrenamiento) y su equipo está en algunas eficaces escenas de acción de gran despliegue, en torno de las cuales el excelente fotógrafo Slavomir Idziak levanta por momentos un cuadro de nieblas, barro y barbarie no carente de cierta sugestión.
Critica | Guillermo Zapiola
REY ARTURO
King Arthur
Director. Antoine Fuqua.
Libreto. David Franzoni.
Fotografía. Slavomir Idziak.
Montaje. Conrad Buff, Jamie Pearson.
Música. Hans Zimmer.
Productor. Jerry Bruckheimer.
Elenco. Clive Owen, Keira Knightley, Stellan Skarsgard, Stephen Dillane, Ray Winstone, Hugh Darcy, Til Schweiger, Ioan Gruffudd, Mads Mikkelsen.
Estados Unidos/Irlanda 2004.