Jorge Abbondanza
Varios meses antes de la reapertura del Solís, una recorrida por las obras en curso puede levantar el ánimo del visitante pero mostrarle además unas cuantas cosas que el futuro público de la sala no llegará a ver. De hecho, esa concurrencia compartirá la ojeada que todos sabrán echar a la restauración de techos, paredes, artefactos, aberturas, pisos, columnas y escaleras, estimando no sólo el trabajo recuperador de viejas pinturas, artesonados, ménsulas o balcones sino además el aporte de nuevos componentes (ascensores, pavimentos), pero será difícil que esos vistazos se extiendan a zonas más secretas del edificio, donde reposa empero la estructura, la maquinaria o las dependencias sin las cuales un gran teatro no podría funcionar.
Para medir adecuadamente el empeño invertido por los responsables en la recuperación del Solís, corresponde saber que debajo del hall de acceso y de la propia sala se cavó un amplio subsuelo que no existía y que en adelante albergará los baños para el público, una cafetería, un gift-shop y un espacio para exposiciones temporarias, pero asimismo cobijará los generadores de aire condicionado y calefacción, cuyos conductos de circulación son una telaraña que debió disimularse en techos de pasillos y tabiques de palcos, junto a los nuevos paneles de aislación sonora con que se protegerá a la sala de todo ruido exterior y que ya tapizan su circunferencia entera.
No todo empieza ni termina en el edificio. El Solís se abrirá dentro de pocos meses hacia un entorno que no existía cuando fue cerrado para emprender las obras, a fines de 1998. Ahora esos alrededores han capturado a un enorme público, mayormente nocturno, y han multiplicado sus sitios de esparcimiento y lugares gastronómicos hasta convertir esa red de la peatonal Sarandí, Policía Vieja, Bartolomé Mitre y Bacacay en un centro de animación que ha cambiado el semblante de la Ciudad Vieja, fenómeno al que se incorporará el Solís como bastión digno de completar un triángulo con otras dos reliquias (el Cabildo, la Catedral), todo lo cual robustecerá el espaldarazo que ciertos reciclajes (Centro Cultural de España, Hotel Colón, planta baja del Club Uruguay) ya han dado al circuito.
Ante esa estimulante cercanía, el Solís desplegará su propia oferta: no sólo la del recinto central sino también la de un escenario al aire libre que ya está plantado sobre la calle Reconquista, los cines que podrán funcionar sobre Juncal, los espacios enjardinados que bordearán esa calle y —en un futuro menos próximo, pero ya planificado—un restaurante que dispondrá del área que ocupaba El Aguila y le agregará la terraza y la sala del primer piso, sobre Buenos Aires. Pero todo eso estará a la vista del público: en cambio las entrañas del teatro funcionarán fuera del alcance de esas miradas, como el piso movible del nuevo foso de orquesta —que ascenderá para cerrar ese hueco cuando no haga falta, prolongando de paso el área de la platea o el del proscenio— como la maquinaria escénica (de última generación, sin cuerdas y con tablero electrónico) o como las enormes dimensiones de la nueva caja del escenario, que permitirá montar espectáculos de singular complejidad.
Habrá un mundo secreto por detrás y por debajo del ámbito público en que se encenderán las arañas, brillarán los dorados y resonarán las voces que deben poblar un teatro. Ese mundo oculto ha sido hasta ahora el objeto de buena parte de los desvelos de quienes trabajan en el Solís, pero como la gente no lo verá conviene hacerlo notar para satisfacción de los aliados de la cultura.