Terrorismo y una yapa

Intentamos, el lunes pasado, exponer el doble plano de enormes dificultades que enfrenta el mundo occidental para combatir y comprender el fenómeno del terrorismo islámico. En el orden militar, es prácticamente imposible someter a un enemigo invisible, que parece estar en todas partes pero no tiene sede en ninguna, cuyos combatientes —tan anónimos como fanáticos— no constituyen un ejército formal e individualizable y son, potencialmente, cientos de millones de seres humanos.

Se puede, mediante la guerra, sojuzgar a un país y derrocar a su gobierno. Pero el mero arbitrio bélico no es instrumento hábil para someter una cultura y cegar un odio intenso. Es que el empleo de las armas, por más victorioso que sea, más bien lo atiza. A la vista está en Irak.

El 2 de abril de 1819, ante la guerra civil con las provincias artiguistas del litoral argentino, escribía lúcidamente Belgrano a Pueyrredón: "Es urgente concluir esta desastrosa guerra de cualquier modo. Todo es desolación y miseria, todo, en fin, invadido de hombres que se han destinado a una guerra de las más terribles que pueden presentarse, pues para ellos todos son enemigos, con tal que no sean de su partido. Para esta guerra ni todo el ejército de Jerjes es suficiente. El ejército que mando no puede acabarla, es un imposible, podrá contenerla de algún modo, pero ponerle fin, no lo alcanzo sino por un avenimiento".

En el plano intelectual, es muy difícil entender la violencia indiscriminada, aparentemente ciega, que fluye de inmensas diferencias culturales y religiosas, alimentadas por agravios políticos y económicos de antigua data. Sin embargo, si no hay comprensión no habrá solución. Esta no llegará por la vía militar, que ni siquiera es apta para una eficaz prevención de los brutales atentados, piense lo que piense y diga lo que diga el señor Bush.

Para comprender hay que escuchar. Y para ello hay que dialogar. El avenimiento que reclamaba Belgrano es imposible entre gente incomunicada. Pero se me dirá: ¿hablar, para qué?, ¿quiénes hablarían y con qué interlocutores?

Respondo: dialogar para conocer motivaciones, propósitos y fines últimos. Hablarían, por supuesto, no Bush, Blair ni Aznar, que ya se equivocaron muy feo, sino personalidades lúcidas, respetadas y prestigiosas, de acreditados servicios a la causa de la paz mundial, que por cierto existen. Y lo harían no con los jefes del terrorismo, ubicuos e inubicables, sino con prohombres del mundo islámico, gobernantes, pensadores y religiosos, que no tiran bombas ni matan inocentes, pero que pertenecen a la misma cultura de Bin Laden y sus acólitos. Y que, por ello, pueden entenderlos. Nosotros, no.

No faltarán quienes me digan que soy un ingenuo, por cierto. A ellos les digo, ¿qué solución tienen ustedes para este espantoso problema? ¿La represión, los arsenales bélicos? ¡Por favor, no me hagan reír... o llorar!

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Y una grajea, sobre otro tema, para finalizar. Del Frente Amplio y su cúpula ha emanado la peregrina iniciativa de una economía uruguaya "autónoma", a promover desde su ansiado y eventual gobierno. O sea, una economía menos dependiente de otros países, principiando por nuestros vecinos. Casi autosuficiente. Que esto se diga en el mundo de la globalización y respecto de un país cuyo mercado interno es diminuto, carece de petróleo y tiene fuentes insuficientes de aprovisionamiento energético, podría mover a la risa. Pero no es cosa de reír cuando la idea proviene de quienes se corren una fija en las próximas elecciones.

Tal desatino nos trae a la memoria la reciente ocurrencia de una destacada profesora de historia, quien me dijo de cierto fulano:

—Es de una ignorancia vastísima...

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