LA humanidad está sentada sobre un volcán que está dando claros síntomas de empezar a entrar en actividad. Cuando ese volcán estalle en mil pedazos, nuestra especie hará otro tanto.
No se trata, esta, de una visión apocalíptica del mundo, determinista, prefijada por voces proféticas, sino de una deducción lógica que se funda en premisas actuales, objetivas, y aventura conclusiones que no son ineluctablemente necesarias, pero sí que pueden ser posibles y hasta probables.
Los últimos acontecimientos ocurridos en Nueva York, Washington y Madrid —y varios otros que los precedieron— demuestran que la tan mentada globalización no es un fenómeno solamente económico, tecnológico y cultural, sino que también abarca un espectro total, en todos los ámbitos de la actividad humana. Indica que se maneja una visión planetaria tanto por parte de quienes combaten al fenómeno terrorista como por parte de quienes se afilian a él.
No existen más las trincheras de la Primera Guerra Mundial; tampoco los bandos en pugna miden sus fuerzas por el tamaño de sus ejércitos o la potencia de su flota aérea o naval, como en la Segunda Guerra Mundial. Incluso, ha quedado atrás la era de los misiles atómicos, propia del período de la guerra fría, no porque no siga existiendo esa amenaza sino porque ha desaparecido la división tajante entre bloques adversos y, por tanto, el uso de las armas nucleares no puede ser disuadido por la seguridad de que se adoptarán represalias de igual eficacia.
ES que el moderno terrorismo —entendido como un instrumento de lucha sistemático y global— ha modificado la concepción bélica vigente hasta ahora.
Se sabe que puede atacar desde las sombras cualquier punto de la Tierra, retirarse al anonimato que lo cobija o inmolarse en la acción.
Medidas simplemente policiales pueden no ser suficientes para enfrentarlo. Porque detrás del terrorismo hay poderosas organizaciones políticas, ricas en todo tipo de recursos, inspiradas en el nacionalismo más intransigente o en principios sostenidos a rajatabla por el fundamentalismo religioso.
No nos hagamos trampas al solitario juzgando al terrorismo como poseído por una inmoralidad esencial. Seamos justos: el terrorismo es una forma de guerra y toda guerra es inmoral desde un punto de vista riguroso. Es difícil explicar qué diferencia ética hay entre el bombardeo masivo a Coventry o a Dresde —¿cuántas víctimas civiles sucumbieron?— y el cruel atentado contra las Torres Gemelas o los trenes de Madrid.
O si se quiere, entre cualquier guerra y cualquier atentado terrorista, ¿qué diferencia ética hay?
Kant recoge, en su "La paz perpetua", una máxima helénica y nos la trasmite: "La guerra es mala porque hace más hombres malos que los que mata".
Conmovedora y amarga sentencia que nos ofrece una base sólida para juzgar, con criterio humanista, lo que tantos insensatos han endiosado y glorificado. Sin embargo, hay agresores y hay agredidos. Hay guerras que se justifican porque son defensivas —lo contrario sería entronizar a la sumisión— y guerras que sólo expresan el afán de dominio y la ambición de poder del hombre. Pero, fuera de su razón de ser, la guerra, en sí misma, es mala. Alabarla por las heroicidades a que pueda dar lugar es como ensalzar a los incendios porque muestran el coraje de los bomberos... La guerra es muerte, destrucción, es exteriorización de instintos primitivos, es pérdida de valores civilizadores.
PARA empeorar estos daños inherentes a ella, la guerra contra el actual terrorismo traerá consigo el desmoronamiento de principios básicos relativos a los derechos humanos sobre los que se asienta la democracia: pierde el individuo, pierde la sociedad y pierde el porvenir.
Despertar la xenofobia selectiva, restringir la movilidad interna, intervenir las comunicaciones personales, vigilar, espiar, seguir y perseguir por cualquier sospecha, deterioran el sistema democrático y pueden llegar a afectarlo en forma irreversible. Esos daños sólo pueden ser aceptados como normas transitorias, coyunturales, que, es de esperar, sean dejadas de lado en cuanto desaparezca el peligro que las engendró.
Pero la duda permanece: ¿y si ese deterioro se incorpora definitivamente a la vida normal del occidente?
De todos modos, la nueva realidad constituye un argumento que se brinda gratuitamente a los regímenes autoritarios.
EN cuanto a los países que alimentan al terrorismo global de hoy en día, su evolución también se resentirá porque están abrigando y estimulando un tipo de mentalidad que, para conseguir sus objetivos, no se detendrá ante nada.
Hoy usa coches bomba, valijas y cinturones cargados de explosivos, aviones secuestrados; mañana puede recurrir a las armas químicas y bacteriológicas y, aun, a los artefactos nucleares portátiles. La locura no tiene límites. Sus previsibles consecuencias, tampoco.
Otro más y van…
Sin pretender que la lista sea completa, es oportuno recordar que en abril del año 2000 el Juez Letrado de Rosario condenó a seis meses de prisión a un edil del Frente Amplio en una causa promovida por el ex Intendente de Colonia.
En febrero de 2004, —en un juicio que demoró dos años, debido a la reconstrucción del expediente que una mano anónima robó del despacho del Fiscal—, el representante del Ministerio Público pidió el procesamiento del Director de Tránsito de la Intendencia Municipal de Montevideo, militante también del Frente Amplio.
En marzo del 2004, el Juez Letrado de Primera Instancia en lo Penal de 5‚ Turno condenó al representante del Frente Amplio en el Tribunal de Cuentas a una pena de cinco meses de prisión.
Y ahora se anuncia la promoción de una demanda penal en Maldonado contra un Edil frentista por conjunción de interés público y privado.
¿Cuál será la próxima perla de esa cadena de procesamientos?