EL País, desde los días previos al balotaje de los pasados comicios, ha alertado reiteradamente a la ciudadanía sobre el verdadero significado que tendría un triunfo frentista en las urnas. Significado y gravedad. Enorme gravedad. Con el entonces fresco recuerdo de las tropelías cometidas por miles y miles de militantes de esa fuerza política en la jornada electoral del 31 de octubre de 1999, triste jornada que nos retrotrajo a tiempos de incultura cívica, de prepotencia y matonismo, a manifestaciones de odio cerril que entre los uruguayos creíamos perimidas, fue el doctor Washington Beltrán, desde la hermosa montaña de sus años cargados de lucidez y patriotismo, quien alertó, clarividente, sobre el enorme riesgo que corríamos.
En otras oportunidades hemos transcripto textualmente lo medular del pensamiento luminoso de nuestro extinto director, en esa materia crucial. No lo haremos hoy, para no ser reiterativos. Tiempo habrá, de aquí al último domingo del mes de octubre del año que adviene de reproducir "in totum" esa página magistral. Advirtió el gran ciudadano, el 14 de noviembre de 1999, que el pleito no estaba planteado entre dos personalidades diferentes y hasta antagónicas.
NI siquiera entre partidos. El litigio se dirimía —y se dirimirá dentro de diez meses— entre formas y estilos de vida. Entre formas de concebir y practicar la convivencia en el seno de una sociedad que tras el fragor de décadas de guerras civiles había aprendido a atemperar los odios, domar las pasiones y comprender que los adversarios cívicos no son enemigos sino compatriotas que, en algunos órdenes de la vida, piensan distinto.
Escribió entonces el doctor Beltrán, con su pluma acerada y vibrante, que la definición no era para el mañana inmediato sino para varias décadas, como vaticinó Batlle a Domingo Arena antes de 1903. Era para nuestros hijos y para los nietos de quienes los tienen. Era para saber si ellos —y nosotros en los años que ya golpean a la puerta— vivirán en una tierra de libertad y de respeto por las ideas ajenas o si padecerán en un país donde impere la intolerancia, rija implacable el fanatismo y el no comulgar con el verbo de los vencedores sea pecado y hasta delito. Como en la Alemania de Hitler y en la Rusia de Stalin, con la que siguen soñando algunos de los apresurados que ya se sienten gobernantes.
TAN estremecedores anuncios, que hoy pueden ya considerarse casi proféticos, no eran exageraciones ni, menos aun, alucinaciones. Pues ya se le han visto las patas a la sota. Ya hemos sentido palpitar el odio en los escraches y exhibirse arrogante la violencia sindical en la huelga del gremio municipal contra la administración de sus correligionarios. Se nos dirá que sí, que tales hechos han ocurrido, pero que son expresiones minoritarias, de grupos, grupitos y grupúsculos de energúmenos, que no representan el sentir de la dirigencia frentista ni de la mayoría de sus votantes.
Fueron estos últimos sin embargo, los protagonistas de la vergonzosa jornada cívica de la última elección nacional. Y es de dicha dirigencia que parten señales inequívocas, un día sí y otro también, al sentirse antes de tiempo, en las antesalas de un gobierno que no están preparados para ejercer, de la más cerril intolerancia y del ánimo persecutorio que anida en sus espíritus y en sus mentes antidemocráticas. Tan antidemocráticas que siguen venerando al dictador cubano y que continúan albergando, en sus filas, a marxistas leninistas de toda la vida. Convictos y confesos, que ostentan muy jarifos su anacronismo ideológico junto a quienes quisieron derribar nuestras instituciones democráticas para imponernos su verdad a sangre y fuego. Una confusa verdad que, todavía hoy, sigue sin saberse bien cuál era.
ES en los cenáculos donde se conciben documentos preparatorios y orientadores del gobierno que han dado en descontar suyo, —como quien vende la piel del oso antes de cazarlo—, que se anuncian la depuración del ejército, la policía y los cuadros docentes. En estos últimos, por el pecado de haber participado en la reforma educativa del señor Rama. Y, como esto último —y lo anterior— suena demasiado a una purga staliniana, ahora resuenan voces que quieren convencernos de que no es tan así, de que, simplemente, esos señores no serán expulsados de la docencia. Tan solo, al gobernar el Frente Amplio se sentirán moralmente compelidos a abandonar sus cargos. Serán su conciencia y su piel quienes les señalarán la hora del voluntario retiro. ¡Hermoso retrato del futuro con que sueñan y con que nos amenazan al resto de los uruguayos! De esas compulsiones se nutrían, a diario, fascistas y franquistas. Hitler y Stalin eran menos sutiles.
Y fue en el recientísimo congreso frentista, donde tomó asiento la flor y nata de la dirigencia "progresista", que casi la mitad de ella, no un puñado de revoltosos e iracundos, votó por la futura derogación de la ley de Caducidad. Con esa señal inequívoca de lo que sería, bajo su gobierno, la feroz embestida donde sucumbiría lo poco que va quedando de la concordia y la solidaridad nacional, es que insistimos, convencidos de estar en la verdad, en que si triunfa en las urnas el doctor Vázquez, advendrán tiempos de violencia y desconcierto, de enconos y venganzas.
Todo ello, que la mayoría sensata y silenciosa aún está a tiempo de evitar, será lo peor. Lo verdaderamente grave y preocupante.
Y resta todo lo demás. Que no es lo de menos, con ser tan descabellado y penoso lo anterior. Resta la absurda idea, ya votada por el antedicho congreso, de suprimir las Afaps, aunque sin saberse cómo ni para qué. Resta el señor Olesker, connotado economista que se sale de la vaina por suplir los océanos de ignorancia que en esta materia exhibe su candidato, que quiere más dosis de estatismo, más empresas estatales, una en el área forestal, y hasta resucitar el SOYP.
Lo malo, lo horrible, es que en el Frente abundan los hombres de similar ideología. Además de todos los Torquemada, que en esas filas pululan.