Aplicar en nuestro país los principios del paradigma denominado desarrollo sustentable, como es de esperar, presenta numerosas dificultades; pero a la vez resulta muy esperanzador. Aún sobrevive en la mente de muchas personas, la idea de que la conservación del ambiente en la región, es una meta enfrentada con la del desarrollo socioeconómico. Y es lógico que ocurra porque no resulta nada fácil cambiar mentalidades y visiones seculares, muy arraigadas en la sociedad, las cuales valoraron a los ecosistemas a través del cristal del uso y la rentabilidad económica inmediata. En ellas no hay cabida para otras muchas consideraciones a tomar en cuenta, si lo que se quiere es lograr mejoras tangibles en la calidad de vida de todas las personas actuales, sin olvidarnos de los que vendrán a suplantarnos. Hoy sabemos mucho más y por lo tanto estamos en condiciones de minimizar los errores y maximizar los beneficios. Si algo resulta realmente prometedor del desarrollo sostenible es que a la hora de encarar actividades productivas, que sean a la vez pilares del progreso y la equidad social, propone ganar más dinero protegiendo con más celo la calidad ambiental de los ecosistemas. Para ello resulta fundamental, la vigencia de un marco normativo que ofrezca garantías en ambos sentidos. Esas reglas de juego tienen que asegurar igualdad de oportunidades al tiempo que tutelar los principios de precaución y de anticipación en materia de posibles problemas que pudieron surgir a partir de los emprendimientos. Por allí pasa el futuro más deseable y el único que nos pueden brindar garantías mínimas de crecimiento sin comprometer innecesariamente el patrimonio de biodiversidad del país. Esta orientación puede verse perturbada cuando la sociedad vive tiempos de crisis como la actual. Para algunos es razón suficiente para cambiar la ubicación de algunas prioridades. Pero en realidad las urgencias nos deben obligar a ajustarnos con más vigor que nunca al marco legal vigente. Es una garantía de gran importancia para no perder el rumbo a seguir para salir lo antes posible de la crisis. Se acaba de inaugurar en el litoral emprendimiento privado de magnitud. Nos referimos a la terminal logística M’Bopicuá. Se trata de un puerto muy moderno sobre el río Uruguay, ubicado a 12 kilómetros al norte de Fray Bentos. Está conectado con las principales redes carreteras y ferroviarias del país, lo que le permite una operatividad óptima. La terminal ocupa una superficie superior a las 40 hectáreas. Incluye un muelle construido 150 metros aguas adentro, con casi 200 metros de frente para recibir grandes buques de carga. En el predio funciona una planta procesadora de madera para la producción de chips (fragmentos de madera de determinado tamaño requeridos por un amplio mercado internacional). Todas las obras se han realizado cumpliendo al detalle las leyes nacionales. El centro de procesamiento de madera (rollizos y chips) opera con tecnología de punta, respetando los estándares exigidos para proteger el entorno de la contaminación del aire, el agua y el suelo. Esta obra favorece las exportaciones del país, promueve el trabajo, capta inversión extranjera, y demuestra al mismo tiempo que todo ello es posible sin pagar un alto precio ambiental. Nos parece un muy buen ejemplo a seguir de proyectos concretos, alineados con el desarrollo sostenible de Uruguay y de la región. Por fortuna no es el único. Pero, qué bueno sería estar frente al inicio de un nuevo tiempo de la producción nacional, donde las ventajas comparativas de nuestro país sean aprovechadas aplicando cabalmente la conservación como estrategia de desarrollo.