Los griegos llamaban aticismo al bien decir, tanto de escritores y de oradores como en el habla común. Se trataba de expresarse con respeto al idioma como el tesoro cultural de un pueblo. De allí viene el escribir con elegancia, es decir con aticismo, que era una manera de comunicarse con sencillez y concisión, buen gusto y pureza de estilo. O sea, nada de modismos vulgares, manerismos, abreviaciones groseras, o circunloquios y vicios copiados o espontáneos que empobrecen y vuelven grosera a la lengua.
También los romanos usaban la expresión del aticismo como muestra de buen gusto en la dicción y se preciaban de imitar a los griegos a quienes tomaban como sus arquetipos.
Alejandro y sus generales hablaban con elegancia y concisión y así les llamaban "los áticos" aun en las provincias remotas donde implantaban su civilización. Serían así áticos los escritores del siglo de Pericles.
Qué remoto y hasta anacrónico resulta rememorar al aticismo en tiempos en que prevalece una corriente de vulgarización del lenguaje, en que la juventud hace gala de reducir su ya escaso vocabulario y en que se destroza los idiomas con modismos, simplificaciones absurdas, barbarismos y vulgaridades que hacen casi irreconocibles a las expresiones ante la indiferencia de los educadores que parecen hacer poco para detener la avalancha o amainar el desprestigio creciente de una preciosa lengua, aquella de la que Darío dijera "que escribieron Cervantes y Calderones".
Algo grande tiene que suceder en el mundo hispanohablante para ver de restablecer la pureza del idioma o sea de su vigencia y su elevada dignidad. Es decir de su aticismo que es el término más adecuado. Porque no es dable que se deje continuar como un desangre el catastrófico proceso de destrucción de una de las lenguas más ricas y bellas de la historia del pensamiento humano. El movimiento tiene que incluir mucho más que el mundo académico extendido por las 22 academias que se encargan de limpiar, fijar y unificar la lengua protegiéndola en sus diversos frentes que son los afectados por el mentado desangre. Por una parte están los destructores por inundación de términos bárbaros y de adaptaciones no menos rechazables; por otra parte están los destrozadores por mal uso en los medios informativos, en el cine y sus pavorosos doblajes, las radios, televisión e internet... Y está el inmenso campo de la enseñanza y el preterido apostolado de los maestros que deberían ser protagonistas de la batalla por el idioma en las Américas y las Españas. Es decir, volver al aticismo para que vuelvan a resplandecer los grandes monumentos del idioma, ese legado de siglos que no debemos dejar atropellar ni en la pluma, ni en la cátedra.
Mucho y muy brillante ha sido el aporte del mundo americano al esplendor del idioma que hoy tanto se descuida. En varios siglos se pulió la poesía vernácula junto a la oratoria sagrada y la profana, la prosa parlamentaria, las arengas patrióticas y la hagiografía. Enorme fue el aporte de los misioneros y allí el de las misiones jesuíticas. La obra peninsular de Calderón, Góngora, Quevedo y Cervantes tuvo eco y seguidores en todas las Américas. Del culteranismo se pasó a las humanidades y de allí al romanticismo y al modernismo, en sucesivas oleadas. No es por tanto ilusorio que no haya de producirse en nuestra América el milagro de un retorno al aticismo.