Un auto en el que viajó, fue baleado

| Batlle le ofreció el cargo y le pidió llegara "hasta el hueso", admitió haber asumido sin saber que la corrupción "estaba tan generalizada y que los corruptos eran tan poderosos" y dijo que "algunos políticos" funcionaron como "herramientas para tratar de coartar operativos"

ALVARO J. AMORETTI

El ex director nacional de Aduanas, Víctor Lissidini, recordó que cuando el presidente Jorge Batlle le ofreció el cargo le pidió que llegara "hasta el hueso", admitió haber asumido sin saber que la corrupción "estaba tan generalizada y que los corruptos eran tan poderosos" y dijo no saber si debe seguir temiendo por su vida, aunque reveló que el auto de un amigo que hace algunos días lo trasladó a un asentamiento apareció, a la mañana siguiente, baleado con un proyectil que partió de un arma calibre 22.

En una entrevista con El País en su estudio jurídico de la calle Paraguay, un Lissidini bien vestido pero ostensiblemente demacrado y más dependiente que nunca del cigarrillo, reconoció que cuando aceptó el ofrecimiento del presidente Batlle para dirigir la lucha contra el contrabando no tenía idea de la envergadura del problema, pero aseguró que "al poco tiempo" constató "filtraciones" de información por parte de funcionarios que revelaban a las organizaciones delictivas los procedimientos antes de que estos se efectuaran.

El ex jerarca señaló asimismo que todos los días, cuando salía en su auto, era objeto de seguimientos. "Sabían todos mis movimientos. Y también sabían los movimientos de todos los integrantes de los cuerpos especiales y de élite", agregó Lissidini, para quien es "difícil imaginar desde afuera el poder que tienen" las organizaciones de funcionarios que operan dentro de la Aduana y que, en algunos casos, poseen "respaldo político".

Durante la entrevista, Lissidini indicó que "algunos dirigentes políticos" funcionaron como "herramientas para tratar de coartar operativos" anticontrabando y, aunque dijo que "no hay recibos ni pruebas documentales" que le permitan respaldar sus dichos, hay contrabandistas que le admitieron que "habían financiado tal o cual campaña" política, y que le advirtieron que en función de esa ayuda él "no los podía tocar".

—¿Quién le ofreció el cargo de director de Aduanas?

—El presidente. Me citó para hablar de la Aduana y después de una breve charla me ofreció el cargo.

—¿Y qué le pidió?

—Que llegara hasta el hueso.

—¿Con esas palabras?

—Con esas mismas palabras.

—¿Qué sabía del problema?

—Bueno, sabía de la existencia de focos de corrupción dentro de la Aduana. Lo que no sabía es que esa corrupción estaba tan generalizada y que los corruptos eran tan poderosos.

—¿Y de quiénes o de qué cosas pensó que debía cuidarse?

—De muchas cosas. Si quería hacer mi tarea y llegar a donde quería llegar, necesitaba crear una serie de controles muy eficaces. Y si los creaba, estaba claro que eso iba a afectar una serie de intereses económicos muy importantes.

—¿Usted estaba dispuesto a afectar esos intereses?

—Por supuesto.

—¿Y cuándo se dio cuenta que la tarea sería más difícil de lo que había imaginado?

—Al poco tiempo, cuando tuve que empezar a pensar en quiénes me iba a respaldar para realizar los operativos.

—¿Por qué? ¿Porque se daba cuenta que no podía confiar en los funcionarios aduaneros?

—Y... sí. Uno escuchaba un clamor que decía que no se podía confiar en los funcionarios de contralor.

—¿Porque se corría el riesgo de que esa gente filtrara información a contrabandistas o infractores de normas aduaneras?

—Si. Yo constaté filtraciones. Y no una, sino varias veces. Perdí la cuenta de la cantidad de procedimientos en los que, al momento de llegar, no encontrábamos absolutamente nada porque alguien había avisado previamente que íbamos para allí. Y eso lo sabíamos. Sucedía mucho.

—¿Y por qué cree que algunos funcionarios filtraban información a los contrabandistas? ¿Por qué la vendían?

—Algunos la vendían y otros estaban pagando favores anteriormente recibidos. Es difícil imaginar desde afuera el poder que tienen las organizaciones que operan dentro de la Aduana.

—¿Son funcionarios aduaneros con respaldo político?

—Y... respaldo político tienen, de momento que algunos de ellos ocupaban cargos muy importantes y lo que hacían, lejos de ayudar, era entorpecer continuamente la gestión.

—¿Pero había dirigentes políticos entorpeciendo su gestión?

—No puedo hablar de sectores políticos, porque no tengo pruebas. Sin embargo, está claro que algunos dirigentes funcionaron como herramientas para coartar operativos y abortar todo el trabajo que se estaba haciendo.

—¿Deliberadamente?

—O lo hicieron por desconocimiento absoluto de lo que es la tarea represiva o... No sé.

—¿Habla del diputado Julio Lara?

—Estoy hablando de Lara. Y yo no digo que haya actuado de mala fe, pero sí que lo único que le faltó fue decir el domicilio de nuestros informantes. Con eso, muchos procedimientos quedaron en la nada.

—¿Qué le llevó, en medio de una gestión que enfrentaba tantas dificultades, a adoptar un perfil tan fuertemente mediático? ¿Un error de cálculo o una estrategia?

—La gestión de mi antecesor, el capitán Salvo, había tenido logros muy importantes. Pero yo tenía para mí que su bajísimo perfil había ayudado a quienes buscaban destruirlo. Y yo no quería que me pasara lo mismo. Quería adoptar ese perfil para dotar de transparencia a la gestión y para educar a la gente. Y al mismo tiempo estaba convencido de que si estaba en los medios estaba, paralelamente, salvaguardando mi vida.

—¿Hubo gente del gobierno que intentó disuadirlo de esa postura y bajarle el perfil a sus acciones?

—Los hubo. Y fueron varios.

—¿El presidente también?

—El presidente me dijo que bajara el perfil.

—¿Y usted no le hizo caso?

—Y... la verdad es que discrepé con el presidente, porque consideraba que la prioridad era que la gente tuviera conocimiento de lo que se estaba haciendo y de lo que estaba pasando.

—¿No fue un exceso haber afirmado, en aquella entrevista con El País que conocía los nombres de algunos de los grandes contrabandistas y haber admitido que se había reunido para anunciarles que estaba buscando las pruebas para detenerlos?

—No, no fue un error. Lo que hice lo volvería a hacer. Lo que creo es que desde el otro lado, desde el lado de los contrabandistas, se percibió como un "es Lissidini o nosotros".

—El mismo día en que esa entrevista fue publicada, usted le admitió en Canal 10 que había grandes contrabandistas que financiaban la campaña de algunos políticos. Y el sistema político reaccionó reclamando nombres y pruebas. ¿Qué sintió?

—Que no me habían entendido. Yo quería dar una señal de alerta para que los partidos dotaran de mayor transparencia a la financiación de las campañas. Por suerte ahora se habla del tema.

—¿Y usted tenía pruebas de que lo que estaba denunciando era cierto?

—Las tenía y las tengo.

—¿Qué tipo de pruebas?

—Bueno, no hay recibos ni pruebas documentales. Pero a mí un contrabandista me lo admitió. Y después me lo reconocieron varios más.

—¿Usted les hizo caso?

—No.

—Pero se metió con ellos y terminó relevado del cargo, procesado y preso. ¿No debe leerse que la pulseada que usted planteó la terminaron ganando ellos, los contrabandistas?

—Puede ser que sí, porque a mí me terminaron sacando del cargo y fui a parar a la cárcel. Pero creo que después de todo lo que me pasó el sistema político va a haber un quiebre y las cosas van a empezar a encararse de otra forma.

—¿Y cuándo se dio cuenta que ya no tenía escapatoria y que venían por usted?

—Cuando mis asesores comenzaron a ir presos y cuando mis informantes empezaron a ser detenidos y procesados.

—¿Y qué hizo en ese momento? ¿Pidió explicaciones al presidente o a sus superiores?

—No. No soy así.

—¿Cuando se fue, estaba cerca de llegar al hueso, como le había pedido el presidente Batlle, y de encontrar y detener a quienes manejan el gran contrabando?

—No tengo de ello la menor duda. Los teníamos identificados. Sabíamos mucho de ellos. Algunos operan acá y que otros lo hacen desde el exterior. Nosotros detectamos organizaciones que operan desde Paraguay, Brasil y Argentina.

—¿Y quiénes manejan esas organizaciones?

—Son poca gente, con mucho capital. Después hay muchos empleados.

—¿Qué le cambió su período en la cárcel?

—Todo. Principalmente, me enseñó a valorar a mi familia.

—¿Sigue temiendo por su vida?

—No sé. Honestamente, pienso que si ya no me mataron, ahora no ganan nada matándome. Si me matan me transforman en un mártir, ¿no?

—¿Pero usted cree que hay gente que todavía lo tiene en la mira?

—Le cuento una anécdota. Estoy trabajando en un proyecto privado que me llevó, hace algunos días, a visitar un asentamiento. Como no tengo auto, un amigo me llevó. Después, ese amigo me dijo que a la mañana siguiente el auto le apareció baleado.

—¿Baleado?

—Si. La bala es calibre 22.

—¿Hizo la denuncia?

—La hizo este amigo. Raro, ¿no?

Propuesta indecente de U$S 1:

-¿Alguna vez intentaron presionarlo para que mirara para otro lado y no reprimiera un delito?

-Mire, yo estaba cansado de recibir en la Aduana a gente que llegaba a hacer lobby. Eran personas que venían cuarenta o cincuenta veces y golpeaban la puerta reclamando tal o cual beneficio.

-¿Para pedir qué cosa?

-Que no le clausurara un depósito fiscal, en la mayor parte de los casos. O que trasladara a tal o cual funcionario.

-¿Y cómo llegaban a usted?

-Y... venían recomendados por dirigentes políticos, para que los atendiera, pero no para que les dijera que sí a lo que pedían.

-¿Dirigentes de qué partido?

-De todos, sin excepción.

-¿Y usted los escuchaba?

-Sí. Y a la gran mayoría le decía que no a sus planteos.

-¿Alguna vez lo llamó directamente un dirigente político o un funcionario para pedirle que revisara un procedimiento o que tuviera contemplación con algún contrabandista o evasor?

-No, nunca. Si no me hubiera tenido que ir de la Aduana.

-¿Alguna vez lo coimearon?

-Una cantidad de veces. No se imagina cuántas.

-¿Con mucho dinero?

-Una vez me ofrecieron un millón de dólares para terminar con un procedimiento en la ciudad de Rivera. Y eso pasaba más a menudo de lo que la gente imagina.

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