Omisiones

Cuando el vecino de Montevideo se topa en horas de la madrugada con equipos de inspectores de tránsito dedicados a multar a los conductores que exceden los límites de velocidad autorizados, no puede menos que alegrarse. Se felicita por vivir en una ciudad donde las autoridades comunales asumen la responsabilidad de educar a los conductores y de prevenir los accidentes de tránsito que tantas desgracias acarrean.

Pero la impresión satisfactoria del primer momento se va desvaneciendo. El vecino se da cuenta de que el radar que determina la velocidad de los vehículos está estratégicamente ubicado para "capturarlo" cuando su velocidad es mayor por la inercia provocada en el descenso desde una altura. Y se va desvaneciendo más aquel primer efecto de civilización comunal cuando se reflexiona que para la normativa municipal es lo mismo conducir a 50 Kmh que hacerlo a 120, sancionándose indiferenciadamente cualquier exceso.

Y cuando es uno quien recibe la multa, se producen en el ánimo emociones contradictorias: por un lado, la rabia por haber desatendido el velocímetro y dejar desplazar el automóvil a 60 Kmh en una zona de 45 en el momento en que el vehículo está descendiendo de una cuesta; y a la vez, la satisfacción propia de todo ciudadano "ejemplar" (¿quién no lo ha experimentado acaso?) por el correcto comportamiento de los funcionarios inspectores. Ahora, lo que sí queda en la memoria, además de algunas evocaciones al árbol genealógico propio o ajeno, es la indignación de haber sido sancionado por una administración cuyas propias faltas y omisiones carecen, de hecho, de la debida punición.

Así, las vías por las que se transita están en más de un 90% en mal estado. Pozos más o menos grandes, rajaduras, tapas de alcantarillas inexistentes, falta de señalización en el pavimento (siquiera en los lugares que más lo requieren, como la Rambla), y así, todas las categorías de defectos habidos y por haber. Y los semáforos: ¿cómo es posible que algo tan elemental como su sincronización sea imposible de encontrar?

Entonces, el vecino se pregunta qué es lo que pasa con el gobierno de Montevideo, si sufrirá de alguna suerte de esquizofrenia que le hace ser diligente con algunas cosas, y con otras no. Al final concluye que no se trata de que la comuna esté afectada por alguna patología clínica. La explicación la encuentra en otro lado. Para la Intendencia del Frente Amplio, las multas indiscriminadas son una de sus fuentes de financiamiento. Un porcentaje importante del dinero que la Intendencia gasta lo consigue multando a los conductores. Y ahí está la madre del borrego. Resulta penoso que la administración comunal se financie en base a multas e impuestos, cuando la naturaleza de tales ingresos se desvirtúa en tanto su debida captación debería surgir, necesariamente, de las verdaderas transgresiones a las normas y de las reales manifestaciones de capacidad contributiva.

Se vería con mejores ojos, una multa o un impuesto (patentes, "de puerta", etc.), si el contribuyente se topase a diario con el buen mantenimiento de la red vial, con veredas en buen estado; con un contralor y ordenamiento real, racional y educativo del tránsito, y muchos otros etcéteras que la imaginación del lector podrá agregar.

Por Montevideo, en todo ello habrá que trabajar; propuestas tenemos, ganas de ejecutarlas también.

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