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EL NEGOCIO DEL DOBLAJE PARA CINE Y TELEVISION COMIENZA A CRECER EN ARGENTINA, NUCLEANDO A UN CENTENAR DE TRABAJADORES
Los que ofrecen sus voces a otros
Los trabajos no se limitan al pasaje de un idioma a otro: también sirven para neutralizar regionalismos

JORGE ABBONDANZA

El público cinematográfico montevideano se levantó en armas contra el doblaje al español. Eso ocurrió hace 58 años en la esquina de Cuareim y San José, cuando el Metro tanteó la respuesta local ante algunos títulos que llegaron doblados, como La luz que agoniza (Ingrid Bergman, Charles Boyer) o La estirpe del dragón (Katharine Hepburn, Walter Huston). Era una novedad, pero los montevideanos la rechazaron: estaban demasiado acostumbrados a escuchar la voz de sus estrellas predilectas y se negaban a digerir un castellano vagamente caribeño cada vez que Hepburn o Bergman abrían la boca. Ante esa respuesta, la MGM no insistió. Tampoco lo hizo en Buenos Aires, donde una tradición similar mantuvo al público dispuesto a escuchar las versiones originales, aunque ello exigiera —como sigue exigiendo ahora— leer los subtítulos y con ello distraerse un poco de la imagen.

En Europa la historia ha sido distinta. Un hábito generalmente tolerado inclina a los exhibidores a estrenar títulos extranjeros (cine francés en Italia, cine norteamericano en Francia, cine italiano en España) casi siempre doblado al idioma local, aunque existen circuitos pequeños para espectadores selectivos que prefieren escuchar el diálogo en su idioma original, de manera que en París, en Madrid o en Roma la gente dispone de ambas alternativas, aunque la masa de público se resigna al doblaje. En defensa de esa opción se maneja el argumento de que hay espectadores analfabetos y hay otros con problemas de visión a quienes les cuesta leer subtítulos no siempre claros, pero en contra de dicha práctica casi nunca se habla de los espectadores sordos, que no pueden escuchar la palabra hablada aunque en cambio son capaces de leer los subtítulos.

DETRACTORES. Pero el doblaje, como cualquier otro rasgo del negocio del espectáculo, tendrá siempre atacantes y defensores, manteniendo en el aire la duda de cuál es el bando más poblado o cuál es el capaz de esgrimir los mejores fundamentos para rebatir al otro. Una de las razones que cualquier espectador cultivado suele manejar, es el derecho a oir la verdadera voz de los talentos, lo cual permite reflexionar sobre la mutilación que supone quitar su propio timbre a Laurence Olivier, Marcello Mastroianni, Daniel Auteuil o Glenn Close, para sustituirlo por la anónima voz de un encargado de doblaje, por más esmero que ese trabajador vuelque en su tarea y en el esfuerzo vocal por mimetizarse con su modelo.

De hecho, en los años 60 la televisión uruguaya programó películas de Humphrey Bogart y de Bette Davis tan notablemente dobladas al español, que parecía realmente que Bogart y Davis se habían convertido en políglotas. Pero al margen de esos ajustes, que tampoco son frecuentes, no hay nada comparable al disfrute de escuchar a grandes actores comunicándose con su voz natural.

Claro que un medio como la televisión no siempre repara en tales exigencias de pureza ni consulta los gustos del público. La velocidad de asimilación, la brevedad de ciertos programas y el reducido tamaño de la pantalla (que achica igualmente el formato de los subtítulos) aconsejan a menudo el recurso del doblaje, que puede ser una comodidad y suele efectuarse sobre un abundante material de género documental, humorístico, deportivo, informativo y dramático. Como ese trabajo se hace generalmente para su distribución en el amplio terreno latinoamericano (donde las formas de hablar el español son tan variadas) se adopta para el doblaje un castellano "neutro" que no suene chileno, porteño ni mexicano sino en todo caso atenuado, con las eses debidamente pronunciadas pero sin cantitos ni modismos que pueden resultar exóticos o aún incomprensibles fuera de su área de uso.

PRONUNCIACION. En esa faena están embarcados actualmente unos cien argentinos, empleados de una industria de doblaje que comienza a tener auge en Buenos Aires gracias al abatimiento de los costos derivado de las recientes devaluaciones de la moneda. Esos especialistas se dedican mayormente a doblar programas de televisión, aunque extienden su oficio a algunas películas que —como las de dibujos animados— suelen estrenarse, tanto en la capital argentina como en Montevideo, en dos versiones simultáneas, la original y la doblada al español. Ninguno de ellos debe aspirar las eses, como lo hacemos los rioplatenses cuando decimos "mosca" o "esquina", y tampoco convertir la doble ele en "y" griega, como los criollos de este rincón meridional cuando decimos "llueve" o "calle". Por lo demás, se esmeran en mantener una entonación discreta, para no sobresaltar a los oídos colombianos, venezolanos o dominicanos.

Los "doblajistas", como son llamados en el medio porteño, pueden ser jóvenes o veteranos. Uno de ellos tiene 73 años y supo doblar durante la década del 80 al cómico inglés Benny Hill en su programa de largo éxito, sin quejas del auditorio. Una reciente nota periodística que alude a esa prosperidad del negocio oral, recuerda que ya en los años 60 se doblaba en Buenos Aires la serie humorística Yo quiero a Lucy, atreviéndose a sustituir la garganta de Lucille Ball por "una acentuación porteña que provocó tanto rechazo en el público, que (el magnate de la TV) Goar Mestre resolvió abandonar el intento de competir con México". En sentido inverso, una nueva serial argentina, Los simuladores, ha sido doblada en un episodio piloto al castellano "neutro" y logró que la comprara la red mexicana Televisa, "que seguramente la doblará al mexicano para su propio mercado".

BRASILEOS. Cuando los montevideanos vemos (y oímos) las telenovelas de televisión brasileña prolijamente dobladas al español, podemos asombrarnos del ajuste con que los encargados de ese doblaje acompañan el ritmo de un actor para hablar, sus silencios y sus cambios de tono o de volumen, precisiones que deben ser el fruto de un intenso entrenamiento en el oficio. Algo de eso podía captarse en el comienzo de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la comedia de Almodóvar donde el trabajo de Carmen Maura consistía en doblar a actrices de cine, parada con sus auriculares delante de un micrófono y de la proyección del film en cuestión, cuya imagen también le servía de guía para hablar (y callarse) a tiempo.

Los costos del doblaje

Según se indica, doblar un largometraje puede insumir entre tres y nueve días, y eso cuesta unos tres mil dólares. En programas de televisión las tarifas varían entre varias opciones: un doblaje en sincronicidad con los actores (que es el camino más costoso), un doblaje con voice over, donde el doblajista habla pero por debajo de él sigue escuchándose la voz del locutor original, o en fin otro doblaje con el método llamado "híbrido", que sólo dobla al narrador pero respetando las voces testimoniales, que reciben en cambio subtítulos en castellano. "Este oficio es un cocktail de técnica y arte" dice con razón uno de los doblajistas porteños, experto consumado luego de haber prestado su voz a la Rana René en ciento ochenta episodios de El show de los Muppets. Como estímulo para ese y otros colegas, un ejecutivo de la casa Disney declaró hace poco que el auge de las empresas argentinas de doblaje es "el comienzo de una nueva industria". La perspectiva no cae nada mal en una zona del mundo tan castigada por el desempleo.

Competencia con México

Los doblajistas argentinos se ocupan de televisión aunque también de cine, para traducir por ejemplo El viaje de Chihiro, una elogiadísima película de animación del japonés Hayao Miyazaki que se encuentra en exhibición. Algo similar ocurre con la hiperexitosa Buscando a Nemo, dibujos de origen norteamericano que se exhiben doblados al español.

Mucho mayor empero es el volumen de trabajo que los doblajistas porteños deben enfrentar para televisión, campo en el cual se encargan de prestar sus voces a programas de Discovery Channel, National Geographic, Fox Kids o el canal Disney, sin ir más lejos, aunque asoman también en la banda sonora de muchos cortos publicitarios filmados en el exterior.

Actualmente funcionan en Buenos Aires cinco empresas dedicadas al doblaje, que dan empleo a unos cien trabajadores. Eso resulta poco frente a los seiscientos encargados de doblaje que se mantienen en actividad en México y ante los mil que trabajan en España.

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CHIHIRO. El notable film del japonés Hayao Miyazaki fue doblado en Buenos Aires, al igual que "Buscando a Nemo".