Decir y actuar

Por moda o convicción el análisis crítico de la actividad política y de sus protagonistas, los políticos, está surcando el ambiente por estos días. Es un fenómeno natural en países en crisis, es además un evento que desde los últimos 15 años frecuenta a los países latinoamericanos que han visto el surgir de dirigentes que, desde la periferia unos y la ajenidad otros al sistema de partidos, han sido catapultados por los electorados a cargos de relevancia. Fujimori, Bucaram y Chávez son los ejemplos más notorios pero los elencos están llenos de quienes desde un discurso externo al sistema han ingresado a él.

Suele suceder que quienes ocupan espacios en la política y en cualquier ámbito profesional, laboral, sindical, cultural o en cualquier otra actividad humana, se nieguen a ser desplazados y más resistencia levantan cuanto más ajeno a los códigos es el visitante.

Así es y así será.

Aquí y en estos días se ha profundizado la crítica, con una variante más que interesante. No se hace ni desde la periferia ni desde la lejanía de la política, sino desde el corazón mismo de ella. Desde la cúspide misma del sistema, en el séptimo piso del edificio Libertad, el asesor presidencial Dr. Ramela hizo sentir su voz. Con respeto y con derecho ha criticado severamente a la política. Ha dicho cosas que seguramente sabe y de las que fue testigo, ya que como adelantó nadie pasó más horas con el presidente que él en estos años. Por lo cual seguramente alguna responsabilidad, aunque no se incluyó, le cabrá en esas disfunciones que denuncia.

Algunos dirigentes blancos y colorados se han agraviado de sus dichos. Sus propios compañeros de la 15 lo han señalado. De las cosas que dijo ninguna, a fuer de sinceros, como debe ser, dan para tanto. Que el sistema está trancado, que tal sector apoyó poco, que la aftosa, que somos el país del "empate", por ahí anduvo la cosa. Lo que destaco no es lo que dijo sino lo que se adelantó a negar, aunque la verdad y con respeto, no le creo. Es obvio que su sector, el quincismo, está buscando un candidato para la interna. En estos días se ha lanzado el nombre de Atchugarry, y si de esto se lee algo es que Ramela se anotó en la largada. Diciendo ‘no’ que muchas veces es la forma más elegante de decir ‘sí’.

Es necesario e imperioso que gente lúcida participe de la cosa pública. Y que lo haga, llegado el caso, desde posiciones que la ciudadanía otorga mediante su respaldo expreso, pasando por la pila bautismal de la democracia que es la urna.

Las críticas que lanza el asesor seguramente son compartidas por muchos, algunos dirían cosas más gruesas de la inoperancia política, pero esas por lo menos. La actitud que correspondería sería no la de quejarse sino la de incidir en la realidad para cambiarlas. Eso es lo que aporta y el resto sólo es testimonio infértil.

Este tipo de discursos abundará en la próxima campaña. Como decía no son novedad en sociedades heridas. Hay auditorio para ellas. Pero la realidad es terca y sabia y deposita la legitimidad democrática en la soberanía popular expresándose a través de los partidos. Cuando éstos funcionan mal, y vaya que lo hacen muchas veces, es desde su interior que se deben modificar. Hay que someterse al veredicto popular y verificar si nuestras convicciones tienen respaldo, de lo contrario podremos tener razón, que en definitiva ésta no la da la mayoría, pero no tendremos legitimidad que esta sí la confieren las mismas.

Por ello no es adecuado criticar y decir me voy. Ramela, salga a la cancha.

Es más sincero y responsable, sobre todo después que la amistad del presidente le dio la posibilidad de ocupar un cargo de gobierno tan distinguido, someter sus opiniones a la ciudadanía. Lo otro es fuego de artificio.

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