Quizá no tanto por elemental —que lo es porque es el único camino que le queda a un político con ambición de poder— como por relativamente ingeniosa podría pasar por desapercibida la estrategia de Danilo Astori en su permanente trajinar dicotómico con Tabaré Vázquez desde hace tanto tiempo, cada vez más intenso. Astori es más que Vázquez en todos los aspectos que determinan su superioridad intelectual. Fue fundador del Frente y lo siguió integrando cuando Vázquez felicitaba a Gregorio Alvarez al acceder a la Presidencia. Tiene más formación, sin ser un estadista. Es más culto, y más inteligente. Además cuando debate razona, sabe de lo que habla y lo que dice. Pero... tiene menos votos porque el electorado grueso frentista se encandila más fácil por otros factores. En un programa deportivo del pasado domingo Astori consagró al general Seregni —el "compañero" Seregni en el cuestionamiento de Vázquez, por haber dicho que el Frente no tiene capacidad de gobierno—como el gran capitán del barco que navega en aguas procelosas. Y se enfrentará inevitablemente con Vázquez en la discusión sobre la ley de Ancap. Astori ha soportado, a veces con exceso de mansedumbre, destratos por parte de Tabaré, hasta aquella explosión de ira de "o acatan o se van". Pero no se irá, porque afuera del Frente no es nada y tampoco acatará, porque adentro puede ser mucho, incluso su primera figura si le sale la estrategia. Esta consiste en conseguir que arraigue la convicción en el electorado no frentista que será inevitable el triunfo de la izquierda y a partir de allí atraer para sí el voto de blancos y colorados con el llamador de su poder de seducción —que es relativo— o presentándose por lo menos como el mal menor para ganarle a Tabaré las primarias o conseguir en las nacionales una respetable representación parlamentaria. Eso es más probable. Cuidado entonces con caer en la trampa. Para nosotros los blancos, cualquier militante frentista es un adversario político a derrotar. Recordemos la vigencia eterna de aquello de "los blancos con los blancos" que en realidad, si hacemos las cosas bien, no tendríamos ni por qué refrescar del pasado.