La sorpresa y el respeto

Victor Hugo Morales

En la ciudad en la cual las musas de las artes unieron alguna vez sus manos para generar el ámbito más representativo del genio humano, unos locos bajitos hicieron con los pies lo que manos prodigiosas lograron hace más de 400 años: cambiaron la historia. Si esto suena algo irreverente, lo es, pero, lo que aquí se quiere señalar es el valor de los que se animan, los osados, los diferentes. Los Saviolas, Aimares y D’Alessandros, fueron en todas las épocas los que, como el miércoles en Florencia, cambiaron una historia que ya parecía escrita.

La media hora final de los pibes argentinos, combinada con el vertical descenso del rendimiento físico oriental, fueron los pilares sobre los que se funda cualquier análisis del muy buen partido que ofrecieron los protagonistas del más grande clásico del fútbol mundial.

Esos toques, distinguidos y punzantes, facilitado el andar por espacios que Uruguay, agotado, fue abandonando, definieron un pleito que pudo ganar la celeste, que debía ser empate, y que terminó con una sonrisa argentina.

Los críticos y los aficionados argentinos, una vez concluidas las discusiones en torno a lo que Bielsa hizo y no hizo, a los jugadores que deben estar y a los que con gusto verían fuera del equipo, después de clavarse algunos puñales y alzar en hombros a los que ganaron el partido, manifestaron la sorpresa y el respeto que les provocó Uruguay.

Porque aunque es evidente que varios jugadores "italianos" de los albicelestes como Crespo y Samuel, sobre todo, no están en la plenitud física, y por más que se diga que los primeros minutos jugados bajo terror por los de Bielsa, y que el desparpajo oriental tuvo la ayuda de una línea de cuatro deplorable en ese lapso, lo que se recoge en las charlas porteñas es un alto reconocimiento al equipo dirigido por Juan Ramón.

Se elogia en Buenos Aires la rapidez, absolutamente inesperada de los celestes. Se hacen predicciones favorables respecto a lo que Forlán, Chevantón y Recoba pueden lograr en las Eliminatorias.

Complace ver tan lejos del estereotipo tradicional, el fútbol desplegado otra vez en Florencia.

Se admite que hasta hoy, nadie le rompió la mano en la pulseada inicial a los de Bielsa, como lo hicieron los uruguayos. De la lectura del partido se extrae con claridad que todos vieron que Uruguay pudo ponerse 3 a 1 y que eso no era una injusticia, y se dice sin eufemismos, que si no es por los cambios de Bielsa y el cansancio de los de Carrasco, el partido se encaminaba a otro destino.

Quien esto escribe, harto del fútbol europeo que consumimos habitualmente, celebra que los rioplatenses hayan sido capaces de ofrecer a los italianos un fútbol que por lo bien jugado fue una grata exhibición. Lo cual, sumado al rigor y la dureza propia de las contiendas en las que el amor propio es el motor de todas las acciones, conformaron un estupendo adelanto de las Eliminatorias. Mejor para Carrasco y los muchachos quitarse de encima la mochila de un invicto de dudosa importancia. Mejor que sepan ahora que no basta con el toque, o que los partidos de las Eliminatorias se definen en un alto porcentaje con pelotas paradas y no se pueden cometer faltas innecesarias, y que la concentración no puede declinar un sólo instante.

Bueno es también que los hombres de Carrasco sepan con absoluta claridad, que esta vez Uruguay no es, ni se siente menos que nadie cuando alcen las cintas el 6 de setiembre.

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