Más que señales

Desde hace unos años, se puso de moda un lenguaje distante, aséptico, que describe las situaciones sin comprometer al hablante. Es camino de análisis sin más impulsos que los necesarios para seguir el análisis, ruta de fragmentaciones, clave para convertirse en turista frente a la vida.

En ese lenguaje, el país —el Uruguay que nos duele, como a Unamuno le dolía España— pasa a ser sólo una "sociedad" más; la libertad y la justicia dejan de vibrar como ideales exigentes porque los sustituyen palabras descriptivas como "pluralismo" y "solidaridad"; y el pensamiento se acostumbra a acumular "datos" y "señales", en vez de cumplir su función de organizar, de comprender creando y de intuir sintetizando.

Esa moda atizó entre nosotros la mala costumbre de dar por sentado —lo mismo en programas de enseñanza que en programas de radio-televisión— que somos el fruto de "un proceso socio-económico". Y la mezcla de todo eso ha terminado reduciendo el horizonte de nuestros diálogos y nuestras ilusiones. Ha empequeñecido la capacidad de admirar el esfuerzo de grandes orientadores. Le ha quitado potencia a la identificación con las actitudes fundacionales. Ha ido disolviendo la convicción de que hay modelos dignos de revivirse.

Enfermándonos de relativismo frente a los ideales, disminuimos nuestra autoexigencia a la hora de pensar y actuar. Limitándonos a captar datos y señales sin formular síntesis que nos den argumentos de vida y nos construyan por dentro, perdemos la función orientadora del pensamiento y nos quedamos sin brújula. Amputándonos la captación global, describimos topográficamente dónde estamos —aquí falta de recursos, acá conflicto, allá carencias, acullá marginados— pero no generamos una orientación orgánica. Debilitando la voluntad por ausencia de compromiso, renunciamos a empujar valientemente el pensamiento, más allá de los horizontes que nos vienen dados en los libros de texto.

Con ese panorama, quedamos colectivamente mal preparados para rendir en el trabajo y, lo que es más grave, para orientar las relaciones humanas a partir de un amor al prójimo capaz de concretarse en obra a cada instante. Es que no sólo se nos achica la cancha: además, se nos entumecen las alas y se nos queda sin cumplir el proceso ascensional que ennoblece a la persona desde sus actitudes, incluso frente a la pobreza, incluso frente a la desgracia e incluso frente al dolor irreparable.

Si queremos salir definitivamente de la crisis de estos años y de la decadencia de estas décadas, debemos volver la mirada a la persona. Así como Reina Reyes un día se preguntó para qué sociedad educamos, debemos respondernos hoy qué clase de persona queremos ser: si deseamos un uruguayo que se constriña a ser espectador sin compromiso, centro de imputación de estadísticas, consumidor hueco y tomador de destinos o si, por el contrario, deseamos un uruguayo con cepa gestora de su propia aventura vital, capaz de reencarnar hoy las mejores virtudes que acuñó la experiencia universal y edificó la historia patria como tarea del pensamiento, la voluntad y la acción.

Plantearse la disyuntiva es contestarla.

Pero para contestarla de veras, no bastan las palabras.

Se requiere la acción de cada uno.

Y, por lo que queda dicho, esa acción debe movilizarse no sólo a partir del mundo objetivo sino —también en estos tiempos de tecnología y globalización— desde la unidad interior de cada uno, sentida como subjetividad altamente valiosa.

Tan valiosa como que es ella, más que los hechos externos, lo que nos hermana con lo que sabiamente Stefan Zweig llamó los ojos del hermano eterno.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar