Buenos Aires se vio perjudicada por un tiempo desagradable, con neblinas que envolvieron en gris la tarde y el fútbol. Tan pronto como sucumubieron los proyectos de un día a cielo abierto, y eso fue con el comienzo mismo de la jornada, se terminó el partido del Monumental.
Y esto aconteció a los seis minutos cuando todas las sospechas de un trámite sin equivalecias, quedaron confirmadas por River que, en ese lapso, ya le había anotado dos goles a Gimnasia. Las diferencias abismales fueron expresadas en el resultado con tanta rapidez, que la única pregunta era, por entonces, como podría salvarse un partido condenado de antemano, al que aún le quedaban mas de 80 minutos.
Gimnasia tiene menos equipo que River, si juegan todos los titulares del lobo y los suplentes de River. Pero los hechos acontecían al revés: a las cuatro de la tarde se habían plantado en la cancha River con lo mejor y Gimnasia plagado de suplentes. El fútbol, ese juego que a veces consigue equilibrios imposibles, no puede vivir haciendo milagros. Así que todo lo que había para hacer era cantar, saltar y esperar. Allá abajo, donde se fija el límite de las tribunas y empieza el campo de juego nada ocurría. La fiesta de banderas, la celebración anticipada del campeonato sucedio, más que por la convicción de los hinchas, por la necesidad de hacer algo divertido.
Había por suerte un par de muchachos con alma de potrero, D’Alessandro y Ludueña, que hacían lo posible por sacar al resto del equipo de la trampa del hastío. No podían, pero sus intentos servían al menos para mentener latente que la función se despachara con algo original. Los minutos pasaban con una lentitud asombrosa. Las acciones eran la repetición de un choque lastimoso entre lo que no quería River y lo que no podía Gimnasia. Hasta que el milagro sobrevino: fue cuando D’Alessandro, harto de que se la devolvieran siempre mal, intentó hacerlo todo él. Y lo consiguió. Tomó la pelota por la derecha y arrancó con una jugada "maradoniana" que significó el único homenaje posible a 17 años del gol a los ingleses. Por la derecha y limpiando rivales se fue arrimando al arco hasta que culminó la noble tarea con un tiro cruzado, alto al otro palo, que pareció como un rayo que deja una incandescencia, iluminar la tarde devaluada.
Después, River sabría que el campeonato estaba servido, más que por lo expuesto en su estadio, por lo que Boca dejó en Córdoba. Contra Talleres, los de Bianchi, le confesaron al país que en lo único que vale la pena pensar ahora es en el Santos.