¿Un milagrito uruguayo?

| Los uruguayos no hicimos olas ante el derrumbe financiero. Apretamos los dientes, sufrimos sí, pero actuamos responsablemente.

Me gustó mucho el artículo que ayer, en este mismo espacio, publicó Juan Martín Posadas. Su tesis —si es que cabe llamarla así— es que el terremoto financiero, que sobrevino en nuestro país un año atrás, ya pasó. Y se centra en destacar, sin negar tontamente el desastre ocurrido, que adviene la hora de la reconstrucción de lo que el cataclismo abatió. Lo cual, por supuesto, no será posible en su integridad. Ni mucho menos en el cortísimo plazo, como todos quisiéramos. Pero sí permitirá que dejemos de ser una nación cuasi mendicante para volver a construir una sociedad de gente que lucha y trabaja, que produce, vende y consume más o menos normalmente. Que no llora los puestos de trabajo perdidos ni la riqueza y el bienestar barridos por la borrasca.

Lo más importante de lo que sostiene Juan Martín es que si ello se está materializando, si el cauce a la esperanza se está ensanchando, es por la serena y lúcida dignidad con que los uruguayos apechugamos con todas las desgracias sobrevenidas en el año negro que fue el 2002 y con los coletazos de todos los desastres que en él sufrimos. No niega nuestro amigo, ni yo con él, que así como los vientos externos nos azotaron fieramente el rancho a partir del 99 y con impiedad desde fines del 2001, ahora esos vientos nos son propicios. Así, son de ese orden fenómenos como la buena relación cambiaria con Brasil —que tanto nos perjudicó cuando la gran devaluación del real—, la notable recuperación de los precios de la lana y el arroz, la reapertura del mercado cárnico de los EE.UU., así como una progresiva mejora de la situación argentina, a favor del auge de su potencial productivo.

Lo fundamental del cambio de signo de la situación, sin embargo, no reside en los vaivenes de las monedas vecinas ni en los "corsi e ricorsi" de nuestro comercio externo. Reside, y en ello también coincido con Juan Martín, en que la gran mayoría de los uruguayos no perdimos el seso ni la compostura en las horas de mayor desesperanza, cuando nuestra nave pareció quedar al garete.

Fue así que no nos dimos a gritar desmelenadamente cuando la compulsión legal nos impuso la reprogramación de los depósitos en los bancos estatales. Y, algo antes, cuando ante la suspensión, una y otra vez prorrogada, del funcionamiento de los cuatro bancos privados desfondados, sus ahorristas no se entregaron a una rechifla histérica. Por el contrario, muy mayoritariamente, trataron de calafatear esas situaciones penosas mediante la reprogramación voluntaria de sus depósitos, consentida y acordada por ellos mismos. Y lo propio cabe decir, con mucho mayor énfasis por la magnitud cuantitativa del renunciamiento colectivo, de la última proeza de nuestros compatriotas, compartida por los acreedores externos del país: la renegociación de la deuda externa, mediante el extenso diferimiento de sus plazos de repago.

Después de este último sacrificio multitudinario, cabe confiar en que no habrá por estas latitudes australes un "milagro alemán", pero sí, más modestamente, un buen milagrito uruguayo. Sin el rubicundo y obeso Ludwig Erhard, pero sí con nuestro pálido y esforzado flaco Atchugarry. Al cual, como dijera el inolvidable Minguito, habría que hacerle "un manolito".

Y que esta alborada precursora de horas mejores no se disipe por una desmadrada discusión sobre la viabilidad de una solución a las familias endeudadas en dólares. Cuestión sobre la que no me pronunciaré, por comprenderme las generales de la ley. Pero sí afirmo que rechina con la lógica sostener que lo que fue buena medicina para el Estado agonizante —y sus Bancos—, es inaplicable y contraproducente en el caso de los particulares. Espero que no me malinterpreten.

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