Es como el valle perdido donde van a morir los elefantes, con sus arrugas, su sabiduría y el polvo de todos los caminos. Porque La Librería El Galeón que tiene Roberto Cataldo en la calle Juan Carlos Gómez es la morada transicional de unos 60.000 libros que durante décadas y hasta siglos han pasado de mano en mano y de emoción en emoción. Ahora están juntos bajo un mismo techo, compartiendo el silencio de las noches sin fin de la Ciudad Vieja, los crujidos ahogados de la madera del piso y las miradas y las manos curiosos de los potenciales compradores. Comparten los suspiros de los coleccionistas de rarezas y se tragan en silencio la decepción de ser devueltos a los anaqueles o las mesas de venta.
Como las 60.000 personas que pueden llenar un estadio, desde lejos, todos esos libros son parecidos. Al acercarse y conocerlos o en cuanto ellos se presentan con su tapa o su primera página, constatamos lo diferentes que son, los diversos y antagónicos destinos que tenían el día que nacieron y los variados objetivos vitales que tenían quienes los crearon.
Estos libros saben que no está todo perdido. No son tan útiles a la sociedad como en una biblioteca. Eso los inquieta. Pero tampoco están en un depósito rumbo a una demenuzadora de papel. Eso tranquiliza. Todavía hay chance de volver a circular, de volver a sorprender e impactar. Aunque tengan varias décadas encima, o quizás por eso mismo. Es como si a un anciano le dijeran que todavía puede volver a ser exitoso en una fiesta de quince o capitanear el equipo de atletismo en la próxima olimpíada juvenil.
Cosa de libros. Pero mientras tanto están en la dulce espera, arrugándose milimétricamente en su intimidad de papel y tinta, mientras se aleja día a día el cohete sin rumbo de la actualidad.
Los rodea el silencio. Y como saben que los visitantes a lo sumo elegirán uno o dos libros entre 60.000 opciones, tratan de comunicarse a su manera. En definitiva: tratan de venderse o de vender lo que todavía les queda, que suele ser —como en las personas— mucho más de lo que ellos piensan.
Por todo eso cuando el visitante abre un libro y lo hojea, la página en la que ese libro queda abierto no es una casualidad. Aunque lo parezca. Hay una fuerza interior que viene de donde las páginas se unen con el lomo del tomo que dejan al libro abierto —abierto en dos, como los brazos de un abrazo que busca atrapar al visitante— en determinado lugar del texto y no en otro. Ese mensaje desesperado —en algunos casos la única oportunidad en años que tiene ese libro de gritar sus verdades— solo llega al visitante que lo hojea. Si lo convence, se va con él.
Por Juan Miguel Petit
jpetit@elpais.com.uy