Quizás la "última ratio" de la Paz de Abril —episodio fundante de nuestra cultura política— sea el reconocimiento formal de que el otro, el adversario, tenía un lugar por derecho propio en la realidad política nacional. Desde esa apreciación (y de su diferencia con la historia política argentina) partía mi análisis de la semana pasada. El Uruguay, a partir de 1872 —que esa es la fecha de la Paz de Abril— funcionó políticamente sobre un presupuesto que le permitía a ambas divisas no sólo la tranquilidad de sus respectivas sobrevivencias sino la estimulante convicción de que el futuro de la nación oriental, no obstante todas las controversias, reposaba sobre la acumulación de aportes de ambos partidos. Y así fue hasta que allá por los años sesenta esa cultura/tradición civilizadora se nos descalabró. Aparecieron dos proyectos políticos que los académicos han llamado proyectos antisistema: el de los tupas y el militar. Esos dos proyectos fueron excluyentes y, por eso, antinacionales, es decir, ajenos a nuestras tradiciones. No sólo fueron excluyentes el uno del otro (por supuesto) sino excluyentes de blancos, colorados, cívicos y todo lo demás. (El proyecto militar fue un poco menos excluyente en la medida en que no disolvió del todo a los partidos y terminó negociando su retorno).
Pero la cultura política nacional —que se comienza a recomponer con la reinstitucionalización democrática y el gesto magnánimo de Wilson en la explanada— ha quedado herida. Quien no lo crea que se haga el tipo de pregunta señalado arriba: ¿qué lugar hay previsto para la izquierda en los proyectos de futuro político de los partidos tradicionales? Y viceversa: ¿qué lugar se puede inferir, a partir del discurso de la izquierda, como previsto para los partidos históricos en un proyecto de gobierno del Frente?
El Frente no tiene la Paz de Abril en el registro de su memoria institucional, y no es ningún misterio (ni agravio) decir que en esa memoria institucional figuran vestigios de la ideología marxista, la cual ha sido una ideología excluyente. Digo vestigios porque esa ideología no conserva la fuerza inspiradora de antes; pero aún marchita, en algunos espacios del Frente subsisten hábitos que corresponden a ella. ¿Qué lugar para el otro hay en la conducción del PIT-CNT? ¿En la dirigencia gremial que fusiló sumariamente a Vilaró? ¿Qué revela el destino que tuvo aquel proyecto de actualización del Frente que preveía conferencias de Gros y Zerbino y que levantó tanta resistencia que debieron ser canceladas; les fue intolerable escucharlos? ¿Qué refleja Sendic cuando dice que está bien lo que hizo Castro y que esa es la forma en que hay que tratar a los disidentes?
Tampoco el Partido Nacional o el Partido Colorado tienen muy elaborado el asunto de sus relaciones con la izquierda (es decir, con medio país); basta ver la actual integración de la Corte Electoral. El Uruguay es un país dividido en su entraña política más que en lo social. Cuando se salió de la dictadura se recompusieron las instituciones (era lo más que se podía pedir de un pacto como el del Club Naval) pero no se prestó atención a la cultura política devastada por un abandono más prolongado que la dictadura misma. Ningún dirigente político con tamaño de estadista proyecta el futuro sobre la hipótesis de ignorar o excluir a las otras fuerzas políticas. La Paz de Abril fue elaborada y suscrita por dirigentes sin preparación académica (Timoteo Aparicio era analfabeto crudo) y sin embargo ¡cuánta sabiduría política!
En las próximas elecciones no tomaré en serio ninguna propuesta en la que el candidato no diga claramente qué lugar imagina para la mitad del país que no lo va a votar.