En la actual coyuntura, el Día de los Trabajadores merece mucho más que ser solemnizado con feriado rotundo y proclamas militantes.
El feriado nació para rendir justiciero homenaje a los mártires de Chicago, pero —igual que está pasando con las fechas patrias— llega con mensaje desvaído a las nuevas generaciones y se inscribe más en la dulce pereza nacional que en el estremecimiento por las luchas de la historia.
Las proclamas militantes formulan planteamientos signados por un originario sentimiento de lucha de clases que les aísla el mensaje, confinándolo a sectores "ideologizados".
También nos plantea el trabajo otras cuestiones que no ocupan las primeras planas pero vaya si son vitales: formación básica incompleta, caída de la tensión creadora, imprecisión y pobreza en el discurrir, debilidad de la motivación, carencia de inspiración. De todo esto se habla poco, en voz baja, como quien susurra la confesión de una enfermedad menoscabante. En general, este cortejo de debilidades se atribuye a causas económicas, con lo cual se posterga sin plazo su tratamiento frontal hasta el bendito día en que venzamos el desempleo, la pobreza y el subdesarrollo.
Esa actitud nos parece un error, por múltiples razones entre las cuales elegimos una que es de a puño: esas carencias para el trabajo no se manifiestan en los marginados; al revés: se evidencian en gentes con buen empleo, sueldo suficiente y hasta grado universitario. Ello demuestra que para el trabajo exhibimos un fuerte déficit de formación cultural que no es el resultado mecánico de las siempre manidas condiciones socioeconómicas; e indica que no es esperando sentados la trasmutación de esas "condiciones" que hemos de recibir la formación que nos falta, como un maná celestial que nos haya de venir por añadidura.
Acantonado cada uno en su rincón, con técnica para analizar lo específico pero sin vuelo para otear horizontes, nuestro trabajo de vivir nos queda a medio hacer, perdiendo relación con el contexto, capacidad innovadora, sentido del humor y amor a lo que hacemos. Es decir, quedando debajo de nosotros mismos como personas.
En la medida en que —en vez de atrincherarse para una teorizada guerra de clases— son cada vez más quienes quieren encarar el destino público profundizando en sentimientos e ideas comunes a todos los hombres, podemos y debemos enfrentar estos problemas que tienen que ver con nuestro modo de ser.
Sin duda: donde faltan los mínimos, la sociedad debe acudir solidariamente a sostener, apoyar e impulsar. Quien no tiene ni trabajo ni formación ni oportunidad necesita que se ocupen de él como prójimo. Y a eso apuntan los programas de lucha contra la pobreza extrema, que son muchos y están más coordinados que lo que algunos interesados vociferan.
Pero en la gran mayoría nacional donde, aun modestamente, hay con qué y hay desde qué, es cosa de obedecer la eterna convocatoria de la libertad creadora venciendo las ostensibles limitaciones que surgen del aislacionismo moral y conceptual en que hemos vivido. Si se nos han colado exageraciones atomistas de la sociedad y deterministas del individuo, sepamos reconocer a qué nos llevan esas concepciones.
Y sepamos edificar nítidamente el concepto de persona, para enfrentar todos los temas —y en primer lugar, las exigencias del trabajo— de manera de convertir las angustias de la hora que compartimos... en la esperanza que debemos obstinarnos en impartir.