Argentina

Las elecciones en Argentina pasaron y muchas fueron las enseñanzas que dejaron. Después de un desfile multicolor que solo nuestros queridos vecinos pueden ofrecer —en donde argumentan desde un boxeador hasta un irreverente rockero, pasando por apariciones tragicómicas como las de alguna vedette o desprestigiadas figuras de anteriores administraciones—, otra vez el aparato peronista surge como el nuevo triunfador, rezagando al electorado independiente y poco estructurado a una segunda aunque esperanzadora posición que alcanza cerca del 40% de los sufragios.

Si tenemos que marcar dos hechos determinantes en la elección, no dudamos en resaltar la increíble ayuda que la Dra. Servini de Cubría proporcionó al Partido Justicialista, permitiendo que compareciera con una sui generis ley de lemas en un solo Partido y, en el otro espacio, la incapacidad de ponderar en sus justos términos los valores éticos identificados tanto por Carrió o López Murphy que posibilitara un consenso mínimo para comparecer juntos.

Como para bien o para mal, las más de las veces creo que para mal, algunos sectores de nuestra sociedad son influidos por los acontecimientos producidos en la vecina orilla —recordemos la patética aparición del frenteamplista Maestro Paradoja en las anteriores elecciones cuando pretendía igualar a la Alianza con el Frente Amplio—, es que nos vemos en la obligación de realizar algunos paralelismos con nuestra situación política que surgen después del domingo pasado.

En primer lugar, la añoranza de la mayoría de los nacionalistas por la pluralidad de candidaturas, coartada de raíz por la reforma constitucional que, en lo que refiere a las candidaturas únicas, sólo favorece a los partidos verticalistas. En el caso de esta primera vuelta de las elecciones presidenciales argentinas observamos cómo posiciones encontradas, pero con un tronco político común, pueden en la sumatoria favorecer electoralmente a un partido, sin perjudicar a los demás.

El segundo aspecto a destacar es el valioso instrumento que significa el balotaje que premia a los candidatos menos resistidos por el conjunto de la ciudadanía. El balotaje es el Talón de Aquiles de todos aquellos que por conductas, procedimientos, dichos y falta de oportunidad privilegian el electoralismo en perjuicio de los intereses del conjunto de la sociedad. No tenemos dudas que el próximo 18 de mayo, Menem reeditará "La Gran Tabaré" de las elecciones de 1999, beneficiando al otro contendor que por el sólo hecho de tener menos resistencias ciudadanas, inclina la balanza a su favor.

El tercer aspecto tiene referencia al peso de los aparatos partidarios: tanto Menem como Kirchner y la estructura duhaldista fueron determinantes en la apertura de las urnas, algo que por ahora es similar a lo que nos acontece en nuestros partidos, en donde todavía el voto de opinión a conciencia es inferior al de las estructuras partidarias.

En cuarto lugar y sin contradecirnos con el numeral anterior, esta primera vuelta demuestra que decir la verdad suma. Constatamos que felizmente no es necesaria la demagogia y la promesa fácil para poder llevar adelante un emprendimiento electoral: López Murphy representó, dignamente, la valorización del ser sincero y objetivo, inclusive en un panorama económicamente aterrador como el de Argentina. Ser el segundo partido político es la prueba de ello, premiando una manera responsable y ecuánime de hacer política.

Por último, las elecciones presidenciales argentinas confirman la fortaleza del sistema democrático. Frente a momentos históricamente críticos y con antecedentes inmediatos de repudio a todo el sistema representativo, el pueblo argentino con su altísima participación, vuelve a demostrarle al mundo entero el valor del voto para la elección de su destino como Nación.

Que esto último se desarrolle y consolide en las costumbres argentinas.

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