Historia de pocillo

Son a la vez faros, refugios, guías para la navegación: los bares le aportan a los navegantes urbanos una referencia de donde están y un espacio para guarecerse. Por eso cuando se apagan o cierran sus puertas el mapa se hace más difícil de andar. Es lo que va a pasar cuando el 30 de abril cierre sus puertas el Bar Anglo, de San José y Barrios Amorín (o Médanos), abierto a principios de siglo como almacén y convertido en bar-almacén en 1940 y en café-bar a principio de los 60. Detrás del mostrador que usan como barricada Antonio Monforte de Lemos —el dueño, de 63 años y nacido en un caserío de Lugo, España— y Antonio Gorosso —el mozo, de 53 años, descendiente de un soldado de Garibaldi que se juntó para siempre con una india— disparan los últimos cafés y hacen memoria mientras los sioux terminan de rodearlos.

Desde los años 60 el café está igual. Las mismas 16 mesas, el mismo mostrador, la vitrina, la heladera, los tres relojes. Y ellos, desde su puesto de vigías con túnica, vieron a través de las cuatro ventanas y las tres puertas del local cómo afuera pasaba volando el tiempo.

Vieron pasar el furgón de cola del Uruguay campeón del mundo. Sintieron cuando el aire empezaba a enrarecerse: Angel recuerda que escuchó que una chica se excusaba ante la invitación de un muchacho diciéndole que tenía que irse a una movilización. "¿Qué es una movilización?" le preguntó él sin sospechar lo se venía.

Vieron cómo empezaban los estudiantes a llegar a las corridas, como entraba un coracero a caballo en el bar y no a pedir una medialuna. Desde el bar se escucharon los tiros cuando en la vereda de enfrente mataron a Acosta y Lara. Vieron como empezaba la dictadura y como algunos clientes habituales dejaban de ir a sus mesas: preguntaban por ellos y se enteraban que estaban presos o emigrados de apuro. Pasaron el invierno más largo de la historia y de a poco vieron como entraba la primavera del destape por esas ventanas. La libertad volvía con toda su plenitud y contradicciones. En estas décadas vieron desde su atalaya cómo cambiaban las costumbres, las ropas, las relaciones amorosas, el nerviosismo de los que piden el teléfono, los cuchicheos de las mesas, el léxico de los jóvenes, las relaciones entre la gente... Y ellos en silencio, sin entrometerse, sin romper la paz del que iba allí a pasar la tarde leyendo, ni la creatividad del grupo de teatro que preparaba su ensayo, ni la zozobra de los estudiantes antes del examen, ni la burbuja en que disfrutaban los enamorados... Había que cuidarlos a todos: eran todos pasajeros de un mismo tren en cuyo vagón con forma de bar siempre se podía, por unos minutos, escaparse de la historia.

e – mail: jpetit@elpais.com.uy

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