Mañana 26 de abril se completarán 47 años de la muerte de Eduardo J. Couture. Fundó y lideró una escuela de Derecho Procesal. En toda Hispanoamérica, sus trabajos jurídicos se reeditan e invocan. Y en el Uruguay se le extraña, pero no como parte de doctrinas y libros —que en foro y aulas siguen citándose— sino como parte de un estilo nacional.
Cultivó una especialidad árida: a su lado, los también catedráticos Moretti y Zeballos; siguiéndole, los entonces profesores agregados Gelsi Bidart y Barrios de Angelis. Cada uno con luz propia y doctrina independiente, tuvieron en común que, en vez de aislarse tras las fronteras intelectuales de la especialidad, la conectaron con los principios generales de Derecho, colocando el procedimiento al servicio del Derecho sustancial en vez de enseñorear su ritual para terminar olvidando los derechos concretos de los angustiados que claman por lo que es suyo o se les debe.
En aula y libros de Couture resonaba la Facultad entera, con Justino Jiménez de Aréchaga impartiendo desde el primer día las bases de nuestro Derecho Constitucional y con Antonio M. Grompone despidiendo en clases de Filosofía del Derecho —abiertas y socráticas hasta el límite de lo imprevisible—, que enseñaban a encarnar los principios para iluminar cada problema.
Hay más: Couture, entroncó al Derecho entero con la vida. Hizo exactamente lo contrario de la reducción al tecnicismo, esa que hoy, entreverando jerga difícil con vulgarismos de entrecasa, le opone las proclamadas particularidades de cada especialidad a los reclamos del sentido común; esa, por la cual el economista quiere ser sólo economista, el gastroenterólogo sólo habla de estómagos y diastasas, el burócrata se alza de hombros contento porque "eso no es asunto mío"... y así sucesivamente hasta llegar al aplicador de la ley que se desentiende de las consecuencias de lo que dice y escribe, achicando su conciencia con las anteojeras del oficio en vez de ampliarla echando miradas unificantes a lo que tiene enfrente.
Previniéndonos contra esos peligros, con su nitidez convertida en concisión, desde el Decálogo, Couture preceptuó: "No quieras ser sólo abogado porque entonces no serás ni siquiera abogado".
El adagio fue acuñado para los letrados; pero a la vista de la rebaja cultural que —en "la comarca y el mundo"— han provocado los particularismos, debe proyectárselo hoy, con urgencia, a todos los oficios, necesitados como están de vivificarse con el ascenso de cada uno al ejercicio efectivo de la profesión universal de persona, es decir, individualidad fuerte, comprometida fuertemente con el prójimo y fuertemente con la sociedad entera. Hombre capaz de Universo.
Y a la vista de todo lo que el Uruguay pierde en fondos públicos y calidad de vida por haberle quitado alma al Derecho y entusiasmo a las controversias cívicas, nublando su reflexión normativa —y sustituyéndola por queja inconducente, grita desorientada o deserción lisa y llana— nos llega a la conciencia la certeza de que, cuarenta y siete años después de su muerte, extrañamos a Couture como pérdida. Pérdida de Couture como símbolo del entroncamiento filosófico y literario en que, con los grandes de su tiempo, articuló el Derecho como expresión superior de la cultura de un pueblo al que visitaban Goldschmidt, Carnelutti y Kelsen, pero además hacía tutearse a Juana de Ibarbourou y Sara de Ibáñez con Pablo Neruda y Georges Duhamel.
Los años duros en que incurrimos en el extravío de esperarlo todo de la economía y nada de nosotros mismos van quedando atrás. El espíritu vuelve por sus fueros.
De las quiebras, aprendimos que las pérdidas pueden convertirse en capital.
Y bien: capitalicemos ya a nuestro Couture.