"El brote de aftosa vino de un sabotaje"

| El jefe comunal dice que la peor crisis por la que pasó su departamento paralizó la economía local, pero que lentamente y a pesar de que el 80% de los productores rurales están endeudados, la carne vuelve a abrir nuevas perspectivas.

Alvaro J. Amoretti

A dos años y medio de la aparición en su departamento del primer foco de aftosa, el intendente de Artigas, Carlos Signorelli, sigue pensando que el virus ingresó al país producto de "un sabotaje" pergeñado por "alguien a quien no le convenía que tanto Uruguay como Río Grande do Sul se mantuvieran libres del mal", pero admite que los uruguayos vivían desde hace años "confiados" en que "no existía" el riesgo de que la enfermedad volviera a cruzar la frontera y que "fue un milagro" que lo que ocurrió a finales de octubre de 2000 no pasara antes.

En una entrevista concedida a El País durante una fugaz visita a Montevideo, Signorelli (49 años) dijo que Artigas "se sintió discriminado" por la actitud de quienes, tras la aparición del foco de Colonia Rivera, señalaron al departamento con el dedo, y dijo que la aftosa desencadenó una situación "espantosa", porque "la cadena de pagos se quebró totalmente" y la gente se vino abajo.

El jefe comunal indicó que "de a poco" el departamento se está levantando y la gente "está volviendo a pagar", pero reconoció que "falta mucho" y que más de ocho de cada diez productores de Artigas se encuentran "muy fuertemente endeudados y gravemente comprometidos".

El que sigue es un resumen de la entrevista que Signorelli concedió a El País.

—Hace dos años y medio, todo el Uruguay miró hacia Artigas cuando la aparición del primer foco de aftosa en un establecimiento de Colonia Rivera marcó el comienzo de una etapa negra para la economía nacional en general y para la agropecuaria y el campo en particular. En aquel entonces muchos dijeron que el problema se veía venir, y llamaron la atención acerca de la falta de controles adecuados de frontera en los departamentos limítrofes con Argentina y Brasil. Usted, ¿se lo veía venir?

—Y... nosotros estábamos en una zona de riesgo, porque con Brasil nos divide un río poco caudaloso que buena parte del año se puede cruzar a pie y que por momentos se convierte en una frontera seca.

—¿Y eran conscientes de que esa frontera casi seca ambientaba un trasiego permanente de mercadería y de animales hacia un lado y hacia otro?

—Sí. Eramos totalmente conscientes de eso. Sabíamos, y sabemos, porque sigue pasando, que había gente que cruzaba con animales de un lado a otro. Y es lógico, si se quiere, porque los animales cruzan para un campo vecino, que debería estar separado por un río que, de repente, da paso. Si uno lo piensa, capaz que fue un milagro que lo que pasó tardara tanto en pasar.

—Y con ese panorama, ¿ustedes, en Artigas, no preveían las consecuencias que eso podía tener?

—Lo que pasa es que mientras se vacunaba contra el virus de la aftosa ese riesgo no existía. Pero cuando se dejó de vacunar, todos los uruguayos nos confiamos en que el problema había desaparecido. Y bajamos la guardia. Creo que la lección fue dura, pero espero que la hayamos aprendido.

—¿Qué sintió cuando lo llamaron para decirle que se había detectado un foco de aftosa en Artigas?

—(baja la mirada) Fue terrible. Terrible porque en ese mismo momento el presidente (Jorge) Batlle estaba en Estados Unidos a punto de entrar a una reunión clave con el presidente de ese país, y esa noticia tiraba por tierra con todo lo planificado por el gobierno. Y fue terrible porque uno, que conoce el departamento, ya sabía lo que se venía. Y lo que se venía era espantoso.

—Y lo que se vino, ¿fue tan malo como usted preveía?

—Quizá fue peor. La gente la pasó muy mal. Ese diciembre, fue impresionante la cantidad de productores que no pagaron su cuota de la Contribución Inmobiliaria Rural. Y a uno, como intendente, lo afectaba, pero los entendía porque sabía que esa gente no tenía cómo pagar. Pero después dejaron de pagar la Contribución Inmobiliaria Urbana y la Patente de Rodados de sus vehículos, y finalmente todos dejaron de pagarle a todos. La cadena de pagos se quebró absolutamente, y el departamento dejó de funcionar. Se paralizó.

—¿Y el ánimo de la gente?

—La gente se vino abajo. Unos meses antes Artigas había sufrido sequías importantes e inundaciones tremendas. La aftosa fue un golpe tremendo, porque hubo que matar a 20 mil animales. Y había que verle la cara al productor cuando uno le explicaba que tenía que matar animales con los que se había encariñado. Se cayó todo, y la gente también se cayó. Para colmo, poco tiempo después sufrimos un derrame de combustible en el río Cuareim. El artiguense sentía que la mala suerte se había ensañado con él.

EL SABOTAJE. —En un primer momento, mucha gente señaló a Artigas y a su gente con el dedo acusador y se dijo que por haber hecho ellos mal las cosas el país tendría que pagar un costo muy alto. Incluso se llegó a hablar de la posibilidad de que el Estado le iniciara juicio al productor que había denunciado el primer foco de aftosa. ¿Se sintieron perseguidos?

—Y... sí. Y uno entiende, porque el presidente Batlle estaba en Estados Unidos para vender la carne uruguaya, y lo que pasó derrumbó una ilusión que era la de todos. Pero lógicamente que Artigas se sintió discriminado.

—¿Sí?

—Sí. Lo sintió el artiguense y, en especial, lo sintió mucho la gente de la zona donde apareció el primer foco de aftosa. Porque mire que hay que vivir sabiendo que hay barreras que a los niños les impiden ir a la escuela, y que a uno no le permiten ir a ver a un familiar. Uno termina sintiéndose culpable.

—¿Y usted no siente que, por acción o por omisión, hubo responsabilidad de la gente del departamento?

—¿Sabe una cosa? Una autoridad de Rio Grande do Sul me dijo que todo esto había sido un sabotaje.

—¿Para usted esa posibilidad existe?

—Existe.

—En su momento el gobierno uruguayo y hasta un ex presidente manejaron, en voz baja, la hipótesis de "la mano negra". ¿Usted se apoya en algo para sostenerla?

—Sí.

—¿En qué?

—En que, como antes pasó en Rio Grande, acá apareció un primer foco aislado, en un lugar en el que uno no debía esperar que apareciera. Por eso ese político me decía que era un sabotaje, que buscaba perjudicarnos, a nosotros como a ellos, porque nuestra carne se estaba vendiendo bien y se iba a vender mejor.

—¿Un sabotaje de quién?

—De alguien a quien no le convenía que tanto Uruguay como Rio Grande do Sul se mantuvieran libres del mal. Y la verdad es que es una posibilidad que me ha rondado desde entonces la cabeza. Y que, aunque no he comentado nunca con nadie, siempre me ha dejado preocupado.

LA CRISIS. —¿Y qué pasó desde entonces? ¿Cómo vivió el departamento el golpe que representó la aftosa?

—El gobierno nacional ayudó mucho y los uruguayos todos se arrimaron para ayudarnos con todo lo que pudieron. Pero yo les dije en ese momento a los artiguenses que teníamos que saber que aquel problema de la aftosa traería otros males al país. Y que con esos males, y nuevos problemas, la gente se iría olvidando de Artigas y de Colonia Rivera. Y lamentablemente pasó. Y también les dije que cuando pasara, teníamos que asegurarnos de que la gente de Colonia Rivera no pensara que nos habíamos olvidado de ellos. Por eso estamos trabajando con Mevir, para levantarle casas a esa gente. Y por eso estamos viendo con el Instituto de Colonización la posibilidad de ayudar a esas personas con tierras, para que tengan un campo de recría y para que vuelvan a producir. Porque quedaron muy mal y con mucho miedo a que todo vuelva a suceder.

—¿Y qué pasó con la economía departamental en estos dos años y medio?

—La aftosa desencadenó un proceso de caída libre, en picada, de todo. Pero después vino la devaluación, que terminó de matar a muchos productores que estaban fuertemente endeudados, y atrás el derrumbe de algunos bancos que operaban fuertemente en el Interior, lo que paró todo. Y bueno, hoy tenemos a más del 80% de los productores del departamento muy fuertemente endeudados y gravemente comprometidos. Pero aun así no perdemos las esperanzas.

—¿Y en qué se basan para tener esperanzas?

—En que nuestros productores están colocando de nuevo carne y en que los precios mejoran. Además, están vendiendo en dólares y muchas de las deudas las tienen en pesos, lo que les permite ir asomando de a poco la cabeza.

—¿Se ha reflejado eso en la morosidad de los tributos municipales?

—Sí. Hay gente que no estaba pagando y que, de a poco, está volviendo a pagar. Pero falta mucho. Fíjese que uno de cada cuatro o cinco adultos del departamento busca empleo y no lo consigue.

—Y la Intendencia y el Estado ya no tienen dinero para emplear a nadie.

—Es verdad. Y para la gente eso fue un shock. Pero tienen que entender que aquel Uruguay no existe más. Hay que hacer otro, productivo, que va a llevar mucho tiempo. Diez o quince años, no menos.

—¿Y no le siguen pidiendo empleo en la Intendencia?

—Sí, todo el tiempo. Me esperan en la puerta de mi casa, en la puerta de la Intendencia, en cualquier lado. Cada uno con su problema. Y hay gente que viene a uno llorando. Pero uno no tiene recursos para hacer nada. Antes les hacíamos una casita. Ahora les damos los materiales para que se hagan un ranchito, cuando podemos. Pero no somos ciegos, y vemos que el Centro de la ciudad se está despoblando, porque la gente se va a la periferia y prefiere vivir en un rancho a pagar un alquiler, porque no tiene con qué pagarlo.

—¿Y cómo se sale de esa crisis? ¿Qué le dice usted, como intendente, al ciudadano que le pregunta qué puede esperar del futuro?

—Les digo que todavía quedan tiempos muy difíciles, pero que ya empezamos a salir. La carne está saliendo y los mercados se están recuperando. Además, el Poder Ejecutivo ha aprobado la instalación de un free-shop en Artigas, lo que no sólo generará en algunos meses 60 o 70 puestos de trabajo directos, sino que ya ha llevado a que algunas empresas estén averiguando las condiciones para instalarse en Artigas a partir de la existencia de ese free-shop. Y estas cosas, más la instalación de una gran tienda de Montevideo en Artigas, han comenzado a devolverle el optimismo a la gente. Hay una pobreza enorme, pero hay ganas de salir adelante.

Reelección ya está en la agenda del intendente

—¿Va a ir por la reelección?

—Con todo lo que nos ha pasado, yo diría que estoy tratando de terminar esta gestión de gobierno (se ríe). Porque si podemos llegar al final ya va a ser un verdadero éxito.

—¿Pero se va a postular nuevamente?

—Ojalá pueda alcanzar una reelección que me permita concretar todo lo que en este gobierno estoy proyectando. Pero si la alcanzo no va a ser a costa de mentirle a la gente. Si hay dificultades, se lo voy a decir. No les voy a pintar un mundo perfecto que después no va a venir.

—¿Y cree que la gente de Artigas, después de todo lo que pasó, le va a volver a dar su voto?

—No lo sé. Lo que tengo claro es que la gente va a votar al hombre y que hoy, en Artigas, nadie puede decir si va a ganar fulano o va a ganar mengano, porque nadie sabe si tiene tantos o cuántos votos. Y el que diga que lo sabe no entiende todo lo que han cambiado los uruguayos.

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