No resulta tarea fácil motivar al público a interesarse por los temas científicos. Quizás porque la alta tecnología que hoy nos rodea en nuestros hogares, en el trabajo o en el esparcimiento, podemos disfrutarla plenamente, sin necesidad de comprender más allá de lo mínimo para hacerla operativa. Pero, eso debe cambiar. La importancia del conocimiento científico aplicado ha alcanzado tal dimensión, que hace imprescindible un involucramiento mayor de las personas en su devenir. Realizar correctamente el trabajo de divulgador no es tarea fácil por las múltiples dificultades que hay que superar. Queremos detenernos en lo que Marin Bonfil Olivera enumera como los derechos del divulgador ("Periodismo Científico", Nº 46 de la Asociación Española de Periodismo Científico). El primero es el derecho a no hablar de temas que no le interesen. La libertad de elección no puede cuestionarse. El criterio utilizado por el divulgador en su selección temática promueve la creatividad y el entusiasmo en él, al tiempo de neutralizar la tendencia de los especialistas de digitar los temas y los enfoques a difundir.
El segundo es el derecho a hablar de temas que no sean noticia. Es un punto importante, pues en la práctica se constata un bloqueo sistemático a la posibilidad de abordaje de muchos temas relevantes, porque el secretario de redacción, el gerente de programación o, incluso hasta los avisadores, entienden que "no vende". Como vemos está muy vinculado al derecho anterior. En tercer lugar está el derecho a explicar las cosas de la forma que le parezca más atractiva. Defiende el espacio de movimiento que debe tener un comunicador para hacer bien su labor.
El hecho de trabajar con material científico de ninguna manera significa que debe utilizarse su vocabulario o su rigidez estructural, algo que hasta ahora ha asegurado su confinamiento al ámbito académico. Este punto suele molestarle sobremanera a muchos especialistas hasta extremos de negarse a colaborar con el periodismo. La efectividad de la divulgación científica depende en buena manera de lo atractiva y comprensible que resulte. El cuarto derecho es a no mencionar todos los detalles sobre un tema dado. Una de las claves para hacer interesante un artículo es centrar su importancia en uno o dos puntos. Para lograrlo disponemos de varias técnicas. Pero todas ellas excluyen la inclusión de una densa trama de información. Nadie debe pretender que el tema tratado se agote en un artículo periodístico. De hecho una de sus intencionalidades es abrir el apetito del lector. Tener su propia opinión es el quinto derecho de esta nómina. Está muy vinculado a los anteriores, al igual que el sexto: derecho a cultivar la variedad de divulgación de la ciencia que prefiera. El séptimo establece el derecho a equivocarse. Hasta ahora, cuando el periodista se equivoca suele ser descalificado por el científico, demostrando éste una intolerancia que no aplica a sus colegas ni a sí mismo. Ello ocurre porque aún no ha comprendido el papel fundamental que desempeña el divulgador en su campo de acción. Está muy ligado al octavo derecho: a ser reconocido como parte de la comunidad científica. Si bien existen excelentes divulgadores, muy respetados en el mundo científico, también es cierto que el hermetismo académico sigue siendo un gran obstáculo para la apertura cognitiva de lo científico hacia la sociedad. El periodista, el comunicador cumple un papel único e insustituible de nexo, de aproximación entre la generación del conocimiento y el bienestar de la gente. Es un aliado, y como tal forma parte del equipo. Sin él resultará muy difícil construir una sociedad participativa y equilibrada. No merece comentario el último derecho del divulgador: a cobrar por su trabajo.