El sábado pasado, el Dr. Julio María Sanguinetti conmemoró los 100 años del primer gobierno de don José Batlle y Ordóñez, convocando a un gran diálogo nacional sobre las cuestiones que hoy nos acucian. Respuesta al desánimo: ante el descreimiento, actitud afirmativa.
Su planteamiento trascendió lo electoral y aun lo partidario. No fue un mirar hacia atrás ni un "aggiornamento". Fue una mirada en torno y al frente: intento de síntesis con destino, género imprescindible tras años de sentir que el Uruguay vive su libertad —que recuperó no hace tanto— sintiéndose entre fragmentado y perplejo.
En la columna vertebral del enfoque, estuvo, como instrumento de construcción colectiva, la razón. ¡Vaya si eso vale, como afirmación nacional frente a tanto irracionalismo que selló al siglo XX! Por cierto, la razón que manejamos hoy no es la Razón que recibió don José Batlle y Ordóñez de sus evidentes raíces en la Ilustración y la Enciclopedia. El siglo y medio vivido desde que él se formó —Littré, Ahrens— como un epígono espiritualista desgajado de la moda positivista, le ha enseñado mucho a la humanidad. Esas enseñanzas han modificado radicalmente la teoría del conocimiento, la percepción del mundo y hasta el modo de ver el proyecto existencial. Imposible inventariar esos cambios en una nota. Innecesario repasar sus detalles para generar una médula política desde la cual coexistir.
Y, sin embargo, algunos aprendizajes no deben pasarnos inadvertidos, en esta hora hambreada de esperanzas y necesitada de herramientas. Como estos:
—no hay una Razón escrita de antemano, de una vez y para siempre, que se reparta a granel para que personas y generaciones la obedezcan a ciegas;
—más que un ejercicio de abstracciones algebraicas sobre axiomas compulsivos, la razonabilidad es una actividad a ejercer desde el yo completo de la persona, sentimientos incluidos;
—todo análisis de la realidad debe ser seguido por síntesis autocontroladas, que desarrollen la intuición del instante en vez de embotarla o disolverla;
—la persona se integra no sólo con sus derechos sino con las responsabilidades que le impone su circunstancia concreta: no discutimos reglas abstractas sino actitudes y estilos; lo cual constituye una victoria generalizada de pensamientos que, en esta comarca, sembró Vaz Ferreira.
En ese contexto, sólo a veces esgrimimos la razón como un arma y generalmente la empleamos como vehículo para la construcción en común.
En definitiva, es bueno que la historia no se nos pueble de unilateralidad. Por eso, resultó estremecedor encontrar al Presidente de la Cámara de Representantes Dr. Jorge Chapper, blanco, dirigiendo, con concurrencia de todos los sectores, el homenaje que a Paulina Luisi se le tributó por primera médica y por ciudadana militante a favor del feminismo de la primera hora.
Entre las murgas siempre mordaces del Carnaval y el preparar guardapolvos para volver a clase, este género de evocaciones nos unifican los tejidos íntimos con que edificamos la osamenta de nuestras convicciones básicas.
¿O acaso en nuestra lejana época de estudiantes no dialogábamos con la silueta ideológica de los Batlle, las Luisi, los Herrera, los Ramírez y tantos otros? ¿O acaso la filosofía política de este país no fue naciendo desde esos diálogos, íntimos, casi instrospectivos, pero no por eso menos fértiles? ¿O no resuenan en nosotros, sueños como igualar las oportunidades o abolir el meretricio o combatir las implicancias, por los cuales, aun sin lograrlos, lucharon los sembradores —algunos con bronce, otros no—que nos hicieron país orgulloso, capaz de erguirse contra los fatalismos y construir su destino como una opción racional?