CARACAS | Reuters
Parece ser una persona diferente a la que era hace menos de un año, pero es el mismo presidente Hugo Chávez.
Es difícil recordar el discurso utilizado por Chávez el pasado abril, cuando humildemente hablaba de Dios, de paz y de reconciliación con sus adversarios luego de sobrevivir a su derrocamiento por 48 horas.
En los últimos días, las palabras que más salen de la boca del militar retirado son "ataque" y "batalla", mientras afirma que el 2003 será el año de la ofensiva contra los "terroristas" que lo han desafiado.
"Yo envainé mi espada (antes del golpe) y me equivoqué", dijo esta semana. "¡Estoy obligado a desenvainarla de nuevo y más nunca la voy a envainar!", añadió.
De hecho, su ofensiva ha comenzado con gran fuerza: ha despedido cerca de 13.000 empleados petroleros que lo adversan para aplastar una huelga petrolera, mientras sobrevivió a un "paro cívico nacional" de dos meses abandonado sin penas ni gloria a principios de febrero.
En lo que ha sido uno de sus mayores éxitos hasta la fecha, esta semana fue arrestado un líder empresarial opositor —uno de los convocantes al paro— bajo cargos que incluyen "traición a la patria" y ha amenazado con hacer lo mismo a los dueños de los principales medios privados de comunicación.
Para mayor preocupación de sus oponentes —y hay millones de ellos— la ofensiva presidencial se ha apoyado en el impreciso marco legal de Venezuela, según observadores.
Ese marco legal deja poco lugar a la protesta por parte de precavidos representantes diplomáticos, específicamente por parte de Estados Unidos, cuyo gobierno ha sido criticado por su poca convincente condena inicial del golpe del pasado abril.
JUEGO. "Su mejor juego es interpretar el papel del presidente constitucional. Juega ese juego hasta el borde, pero todas las medidas que toma siempre tienen algún tipo de base legal", dijo la analista política Janet Kelly.
El combativo presidente, aclamado por sus partidarios como un campeón de los pobres y descalificado como un dictador ignorante por sus enemigos, se ha vuelto tan famoso como los otros dos productos venezolanos conocidos mundialmente: el petróleo y las reinas de belleza.
Pero su luna de miel con el poder acabó hace mucho tiempo, al igual que los niveles de popularidad de más de 80 por ciento de los que disfrutó a principios de su mandato. La economía venezolana se contrajo casi 9,0 por ciento el año pasado y el desempleo y la criminalidad están el alza.
Para quien dice que pretende unificar a Sudamérica, como lo intentó Simón Bolívar, el panorama de su propio país luce muy dividido.
Su nueva ofensiva parece destinada a incrementar la brecha entre sus aliados y los enemigos de su gobierno, ignorando un proceso de negociación para anticipar las elecciones e incrementando el temor de que el tenso clima del país explote finalmente en una guerra de clases.
"Ya lo intentamos con las banderas, y con los silbatos. El mundo sabe nuestra frustración y no cambió nada" dijo Luis Alberto, un opositor de clase media. "El paso que nos queda es tomar las armas".