Entre los múltiples beneficios aportados por la
revolución de las comunicaciones a la sociedad,
señalamos su contribución a la toma de conciencia de
algunos aspectos de la realidad que están
condicionando la calidad de vida de la gente. Es el
caso de temas como el ambiental o el económico.
Cada vez más personas están enteradas de las
decisiones que se toman en los selectos centros de
poder internacional. Pero lo más importante no es el
flujo neto de información sino de variedad de la
misma. Entonces, mientras "globalización" para unos
significa oportunidad, para otros implica calamidad.
Van y vienen infinidad de datos, de cifras y estadísticas.
Pero al mismo tiempo accedemos a opiniones y
sesudos análisis de personas muy preparadas que
confrontan pronósticos y conclusiones tan optimistas
como preocupantes.
De esas pulseadas deberían emerger las mejores
decisiones. Es este un camino nuevo que
comenzamos a recorrer con esperanza y convicción.
Por esa razón vemos como muy positivo que se
realicen simultáneamente los foros de Davos y de
Porto Alegre. A pesar de los 32 años de existencia que
tiene la realización del Foro Económico Mundial en la
ciudad suiza, y aunque se diga lo contrario, es evidente
que ha faltado la incorporación de la dimensión
humana a los procesos económicos que allí se
discuten y acuerdan. Si bien reúne a los políticos,
hombres de negocios y académicos más poderosos
del planeta, ello no ha significado la solución a
problemas tan esenciales para la humanidad como la
necesidad de: crear las condiciones para lograr un
crecimiento global más acelerado; eliminar los
subsidios agrícolas que operan en los países con
mayor poder adquisitivo; conseguir que el desarrollo
resulte sostenible en términos sociales y ambientales;
achicar la brecha tecnológica y social entre los países
ricos y pobres; mejorar los niveles de salud y nutrición;
y proteger la identidad cultural de los pueblos contra la
avasallante homogeneización que impone el proceso
globalizador imperante. Las mayorías no pueden
esperar cruzados de brazos como sus futuros se
desmoronan.
El Foro Social Mundial de Porto Alegre fue creado hace
dos años como una protesta internacional,
reclamando modelos alternativos al estilo imperante
de desarrollo. Su valor está justamente en la
naturaleza de su nacimiento y evolución; en la
materialización de un reclamo creciente de millones de
personas que no disponen de un ámbito válido para
hacer escuchar sus voces. Las reglas comerciales y
económicas a regir en todo el planeta, que se deciden
entre las minorías carecen de equidad y, por lo tanto,
deben reverse. No puede ser que los países ricos
gasten mil millones de dólares por día en
subvenciones agrícolas, con lo cual condenan al resto
a la pobreza. Por algo en los últimos cincuenta años el
comercio mundial se incrementó 17 veces, mientras
que la participación de nuestra América Latina en
dicho comercio cayó del 11% al 5% en igual período.
Necesitamos un nuevo diálogo sin exclusiones a la
hora de discutir las estrategias que se aplicarán en un
mercado cada vez más globalizado. Los resultados
negativos cosechados en las últimas décadas para la
mayoría de las naciones son razones más que
suficientes para asegurar que los destinos de la
humanidad no pueden estar en manos de la elite
financiera internacional como hasta ahora.
El flujo de la información está posibilitando el ejercicio
de controles y vigilancias de parte de otras
organizaciones civiles y sociales, con impacto en los
sectores políticos. Este nuevo tiempo no debe verse
como preocupación, sino como una esperanza. Se
trata de una etapa fermental que promete generar los
ámbitos adecuados para promover cambios que
materialicen ideas tan compartibles como las que
proponen el desarrollo humano sostenible, o sea
desarrollo con equidad, respeto, paz, democracia y
equilibrio.