Explicándolo en palabras simples, la adicción es el punto de inflexión en el que la compulsión se convierte en dependencia, o cuando el comportamiento de una persona o el uso de sustancias se descontrola a pesar de las consecuencias. Ese salto entre tomar cada tanto una copa de vino frente a ir todos los días a trabajar con resaca.
Cuando de teléfonos se trata, la línea entre el uso excesivo y la adicción es difusa. Tanto que ha sido uno de los temas de tecnología más estudiados por los investigadores en las últimas dos décadas.
Un resumen reciente de todas las mejores evidencias científicas, con 82 estudios y 150.000 participantes, estimó que más del 25% de las personas en todo el mundo tenían “adicción al teléfono inteligente”. Los autores de esta revisión, citada en el periódico inglés The Guardian, prefirieron no proporcionar una definición específica, aunque mostraron que el problema del uso excesivo del teléfono ha empeorado con el tiempo, con estudios en 2020 y 2021 informando tasas mucho más altas de adicción al smartphone, alrededor del 35%.
Una encuesta reciente del Pew Research Center encontró de manera similar que el 95% de los adolescentes tenían un smartphone, y casi la mitad informó que estaban en línea “casi constantemente”, en comparación con el 24% hace casi una década.
Pero, ¿cuánto de esta dialéctica está empapada de pánico moral, ese concepto creado por la sociología que nos habla del miedo a lo nuevo?
Técnicamente hablando, la “adicción al teléfono” no es una condición médica real, al menos según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés). Esto se debe en gran parte a que los científicos no están seguros de si el uso del teléfono ha cruzado ese punto crítico hacia el daño social o en realidad no. “Para ser un trastorno adictivo, se necesitan alteraciones en el funcionamiento diario y angustia psicológica”, dice Dar Meshi, un neurocientífico cognitivo de la Universidad Estatal de Michigan citado en The Guardian.
Parte del problema para determinar si somos o no adictos, tiene que ver además con la cantidad de cosas diferentes que hacemos cuando usamos el teléfono. ¿Es lo mismo alguien que está miles de horas scroleando en una red social contenido sin sentido que otra que utiliza el teléfono para leer libros digitales o artículos periodísticos? ¿Es distinto si mira películas o chatea con amigos que viven en lugares distantes y lejanos?
Si el uso excesivo del teléfono debe ser llamado “adicción” es más que una simple cuestión semántica o un debate entre académicos.
Al crear un nuevo diagnóstico de salud mental, corremos el riesgo de patologizar un aspecto desafortunado pero normal de la experiencia humana. Por un lado, un diagnóstico podría legitimar el sufrimiento que enfrentan algunas personas y permitir el tratamiento. Pero, por otro, con todas las connotaciones que rodean a la palabra “adicción”, la etiqueta podría convertir el uso excesivo del teléfono en algo más grave de lo que es y causar más daño que bien.
Tal vez entonces, en lugar de delegar el problema al sistema de salud deberíamos regular cómo se desarrolla el software y qué se permite lanzar al mercado. Qué características tienen las plataformas que usamos, que usan nuestros hijos, que aceptamos descargar en nuestros dispositivos. En otras palabras, apuntar a qué hacemos cuando usamos el teléfono, qué cosas consumimos o decidimos utilizar y no al teléfono en sí mismo.