Por Ana Laura Pérez
Ser adolescente hoy es vivir gran parte de las relaciones y los vínculos en las redes sociales.
Para bien o para mal (esta autora está lejos de tener claro si se gana o se pierde entre lo bueno y lo malo de sus aportes y muchos autores sugieren que para saber eso hay que esperar) las relaciones con amigos, los consumos culturales, la búsqueda de información de los y las adolescentes ocurre dentro de sus teléfonos.
Pero todas las redes sociales no son iguales.
Cada una de ellas tiene usos, lenguajes y ventajas (y desventajas) diferentes. Impactos, focos y ventanas diferentes que cada una de ellas se abren.
Lo que sí es importante, y en lo que coinciden muchos de los expertos, es en la importancia de que sus padres y referentes sepan lo que allí ocurre, lo que eso les genera y los acompañemos en el proceso de utilizarlas con pensamiento crítico.
Y para eso necesitamos información.
Y si bien mucha de la información aparece fragmentada y hay que tomarla como un granito de arena en un mar de diferentes insumos con distintos pesos, es interesante utilizarlos para reflexionar.
En ese sentido, en los últimos días la consultora ID Retail presentó un estudio cuantitativo realizado para Dove, parte de su Proyecto para la Autoestima, en el que se analiza el comportamiento e impacto del uso que hacen las adolescentes uruguayas de las redes sociales.
Para ello se consultaron a 400 niñas de entre 10 y 13 años, adolescentes entre 14 y 17 años y 400 padres de niñas y adolescentes de Montevideo.
La primera conclusión a la que llega el estudio es la importancia que las adolescentes le dan a estas redes en sus vidas: 31% de las adolescentes está conectada a redes sociales un mínimo de 3 horas por día, tanto los fines de semana como los días de semana.
De ellas, 77% sigue a influencers, a quienes definen en su mayoría como “personas famosas y que además crean contenido”, “contenido que puede ser para influenciar a seguidores, para exponer aspectos de la vida personal (en algunos casos “vida perfecta”) y también para publicitar marcas y estilos”.
De las consultadas surge que casi 8 de cada 10 adolescentes reaccionan frente a lo que definen como “consejos de belleza tóxicos” y dicen que los influencers “no deberían sugerir procedimientos estéticos” (49%).
A pesar de esto, entre las adolescentes consultadas 24% normaliza ver contenido que sugiere cambiar partes del cuerpo y hacerse cirugías.
Las reacciones frente a esos consejos de belleza tóxicos van desde estar dispuesta a hacer más ejercicios (49%), estar dispuesta a comer menos (34%) hasta hacerse una cirugía (17%).
De hecho, el estudio asegura que, de las consultadas de 10 años, 60% está dispuesta a cambiar alguna parte de su aspecto físico si pudiera, y que entre las adolescentes 7 de cada 10 ya han tomado alguna clase de acción sobre el tema (“hago rutinas de piel”, “dejé de comer, solo ceno”, “como 200 calorías al día”).
Un dato que resulta particularmente interesante es que solo 1 de cada 5 adolescentes consultadas dicen haber dejado de seguir a influencers que las hacen sentir mal sobre su aspecto.
Tal vez allí, en ese 20%, en cómo esa adolescente encontró el camino para dejar de consumir lo que la daña esté el camino para reducir algo de lo tóxico de las redes.
Tal vez en ese 20% esté la respuesta a que esos influencers tóxicos, que reproducen modelos, consejos y prácticas que ponen el foco en un tipo de cuerpo, en una forma de estar en el mundo, dejen de ser parte del ecosistema.