VERANO 2020

Festival Internacional de cine de José Ignacio: una semana de películas en el paraíso

Terminó la décima edición de la muestraen el balneario esteño; la surcoreana Parasite fue el mejor largometraje internacional y Yi (El río que no se corta) y Kini fueron los mejores cortos uruguayos

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El José Ignacio International Film Festival cumplió su décima edición. Foto: JIIFF

Cuatro estadounidenses aplaudían la puesta de sol acomodados en reposeras y tomando un vino tinto uruguayo. Más allá, un grupo de amigos se sacaban selfies y en plan familiar, cerca, varias generaciones compartían una mesita plegable con tapers y refrescos. En las primeras filas, unas cómodas reposeras de madera y lona con mantas, atrás unas filas de sillas de madera. Ese es el panorama de cada momento, en la Bajada de los Pescadores, del José Ignacio International Film Festival, un evento que acaba de cerrar su décima edición y que explica, por sí mismo, eso de la magia del cine reuniendo a un público bien variado de turistas, locatarios, jóvenes, veteranos y algunos niños para el viejo ritual de ver una película. La entrada, como siempre, eragratuita.

El domingo a la noche, en la misma Bajada de los pescadores se anunciaron los ganadores por votación popular de la competencia de largometraje (fue Parasite, la película de Bong Joon Ho que inauguró la muestra). Y en la sección de cortometrajes uruguayos, el público eligió Kini de Hernán Olivera y el jurado eligió como mejor película a Yi (El río que no se corta) de Karin Porley Von Bergen y le dio una mención a Blanes esquina Muller de Nicolás Botana.

“Este año ha sido el de mayor convocatoria”, dijo a El País, Fiona Pittaluga, la directora del festival. “Y hasta el clima estuvo bárbaro”. Con todas las exhibiciones al aire libre y el paisaje como parte integral de la experiencia, la meteorología es un factor relevante: el año pasado fue un enero muy lluvioso y algunas funciones debieron suspenderse o hacerse en lugares cerrados que, inevitablemente, dejaron un montón de gente afuera. Esta vez hizo un tiempo precioso.

Este año las exhibiciones, que siempre incluyen una selección importante de películas aún no estrenadas en el Río de la Plata se repartieron entre la clásica bajada de los Pescadores, Pueblo Garzón y la Chacra La Mallorquina sobre ruta 8; siempre empieza a la nochecita. Frente a la enorme pantalla de Efecto Cine, el público se acomoda entre las reposeras y las frazadas que brinda el festival para los invitados y los miembros que apoyan económicamente la propuesta y las sillas que se trae el público. Conviene ir abrigado porque siempre, siempre, refresca.

Cada exhibición estuvo precedida, además, por un cortometraje uruguayo. Este año se presentaron seis cortos en calidad de estreno mundial que disputaron por el premio mayor: un viaje al Festival de Cannes. Todos los que participaron serán parte del catálogo del Short Film Corner de Cannes y estarán acreditados para participar de las actividades del encuentro internacional.

Este año, la competencia de largos incluyó algunos de los títulos más importantes de la temporada: Parasite, por supuesto, que es la coreana que ganó la Palma de Oro en Cannes y fue saludada por una ovación; Retrato de una mujer en llamas, una de las películas francesas más elogiadas del último año; Fire Will Come de Olivier Laxe y la última del brasileño, Kleber Mendonça Filho, Bacurau. Estas dos últimas se exhibieron en la Granja La Mallorquina y en la vieja estación de Garzón, respectivamente.

Fuera de competencia se exhibió Jojo Rabbit de Taiki Waititi como parte de un acuerdo del festival con Disney que también permitió en años anteriores estrenar Coco y El regreso de Mary Poppins.

La película que clausuró el festival, el sábado a la noche, fue The Young Ahmed, otra reflexión sobre la Europa de hoy de los belgas hermanos Dardenne. 

Este año, además, se organizaron una serie de debates al otro día de las exhibiciones. Para Pittaluga, uno de los grandes momentos de esta edición fue la charla que se generó para debatir sobre Retrato de una mujer en llamas (que es una obra maestra) y en el que participaron espontáneamente, entre otras, la reconocida feminista uruguaya, Elena Fonseca y la actriz argentina Calu Rivero. Esa mañana, en La Huella, se habló de cine, de feminismo, de creación artística en un ambiente enriquecedor que contradice cualquier idea de frivolidad asociada a los balnearios.

“Ese tipo de actividades son la razón por la que hacemos el festival: mostrar esas películas, debatirlas y analizarlas”, señaló Pittaluga.

El festival, tan consolidado como parece, ha ido cambiando en estos 10 años. “Arrancamos haciendo algo raro, diferente, sin copiar nada, y han sido años de ideas, pruebas, errores”, comentó Pittaluga quien organiza el festival junto a Pablo Mazzola, Valentina Prego, Martín Cuinat y Mariana Rubio Pittaluga. Todos demuestran un entusiasmo, un cariño y una dedicación que es parte del encanto del encuentro.

Las tareas alrededor del festival no se concentra solo en una semana en enero. Además de viajar a festivales internacionales y participar en talleres, buscando afinar la organización, el proyecto en sí mismo fue expandiéndose.

“El festival ya es mucho más que exhibir películas”, dijo Pittaluga. En mayo del año pasado, por ejemplo, se instauró Campo Air, una serie de residencias anuales para que cineastas desarrollen sus proyectos audiovisuales en Pueblo Garzón. En diciembre se realizó Working Jiiff, un encuentro de producción entre Uruguay y Francia. Además, Pittaluga, sueña con tener un cine en donde se muestre esta clase de películas a niños y jóvenes como parte de su formación y su sensibilización.

Pero para esos turistas estadounidenses, los amigos franceses que charlaban por allá, los dos locales de José Ignacio que comentaban Parasite, el festival también es una forma de recuperar aquella vieja costumbre de ver cine todos juntos y, además de pensar el cine como arte y como elemento de cambio.

La exhibición de Bacurau, por ejemplo, en Pueblo Garzón el viernes a la noche fue una inédita combinación de paisaje, buen cine y debate concentrado a la luz de unos troncos encendidos. Suena al paraíso. Y seguro que lo es.

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