ENTREVISTA

Fabián Von Quintiero: “La mejor música es la que suena adentro y patea el alma”

El músico y cocinero Fabián “Zorrito” Von Quintiero compartió escenario con Gustavo Cerati y Charly García. Este verano regresa por cuarta vez consecutiva a Medio y Medio para tocar música.

Fabián "Zorrito" Von Quintiero
Fabián "Zorrito" Von Quintiero

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Un día en la escuela preguntaron quién sabía tocar la guitarra. Fabián, de 8 años, levantó la mano. Dos años antes le habían regalado ese instrumento y había tomado clases con una profesora del barrio. Pasó a formar parte de la banda del colegio. “Cuando la maestra se iba, la travesura de los pibes grandes era tocar temas del rock nacional; sobre todo, de Sui Generis. Ahí conocí el rock argentino”, dijo a El País. Así empezó la historia de Fabián “Zorrito” Von Quintiero, un músico y cocinero que compartió escenario con Gustavo Cerati y Charly García y este verano regresa por cuarta vez consecutiva a Medio y Medio para tocar música (y comer brótola fresca en Punta del Este).

—¿A qué edad tuviste tu primer contacto con la música?
—A los 6 años me regalaron una guitarra criolla e inicié estudios con una profesora del barrio. Después papá compró un órgano. Con 10 años ya jugaba. Podías tocar con una mano la melodía y con la otra el acompañamiento. Mucha gente tenía uno porque quedaban bien en el living, pero había que saber tocarlo porque tiene su técnica. Jugaba un poco y me introduje a lo que era la progresión de acordes. Tenía un manual y tocaba algunas canciones de ahí.

—¿Y tu primera experiencia en una banda?
—En la primaria. Yo levanté la mano cuando buscaban chicos que tocaran la guitarra para armar el conjunto del colegio. Tocábamos para los actos. Tocábamos folklore y tango. Más que el himno, canciones especiales como Zamba para olvidar o el tango Sur. Cuando la maestra se iba, la travesura de los pibes grandes era tocar temas del rock nacional; sobre todo, de Sui Generis. Ahí conocí el rock argentino. Tenía 8 años.

—En una entrevista en Clarín hace unos años dijiste que habías estudiado “muy poco”. ¿Cómo se dio tu ingreso formal, entonces, a la industria de la música?
—Yo también me lo pregunto. Me refería a que no tengo una formación larga en cuanto a profesores. Entré a tocar piano a los 16 años con un profesor que tocaba en Spinetta Jade. Diego Rapoport me introdujo rápidamente al mundo de los acordes, de la improvisación. Quizás yo lo agarré muy rápido. Creo que es mi ventaja: el lenguaje musical siempre lo entendí. Para mí es natural. Cuando digo que estudié poco es que me falta técnica o años de entrenamiento. Pero con lo que Rapoport me enseñó, me sirvió para tocar en una banda como Suéter y después tuve la suerte de entrar en Soda Stéreo. Era muy chiquito. Pero pude componer arreglos para canciones como Cuando pase el temblor o Signos. Y con Charly aprendí lo que me faltaba. Con él fue como hacer un posgrado en música, en armonía, en orquestación. Lo que me faltaba aprender me lo enseñó.

—¿Cómo fue tu primer encuentro?
—La primera vez que lo vi físicamente fue cuando yo era audiencia de Seru Girán y lo fui a buscar a un hotel que estaba en la costa. Fui a esperarlo y lo vi entrar. Apareció el flaco García, alto, impresionante. Fue una cosa muy fuerte verlo por primera vez. En el contexto de la música fue cuando yo tocaba en Suéter y él fue el productor del disco 20 caras bonitas. Ahí lo vi en el estudio, pero conmigo mucho no hablaba. Cuando subió con Soda Stéreo en un festival en La Falda a tocar un par de temas, yo era el tecladista y se puso al lado mío. Más adelante, cuando armábamos la banda para presentar Parte de la religión, yo era uno de los candidatos. Yo era amigo de Fernando Samalea y le sugirió mi nombre. En una fiesta en Buenos Aires, me lo encontré una noche y, con mucho miedo, mucha vergüenza, mucho nervio, le dije: “Yo quiero tocar con vos”; y me dijo: “Yo te aviso”. No sé si eso sirvió o no. Me costó mucho pero quise tener la valentía de expresarle mi sueño de tocar con él. Después hubo un episodio de levantamiento militar en la Pascua del 87 que provocó una serie de apoyos de la cultura a la democracia. En una plaza se sumó Charly para tocar en apoyo al gobierno de (Raúl) Alfonsín. Era domingo y había que formar una banda de urgencia; me llamó Fernando para decirme que a las 5 tenía que estar en la casa de Charly. Así, sin anestesia. Llegué, toqué el timbre muy nervioso, pero muy ilusionado; abrió la puerta y me dijo: “¿Qué hacés?, ¿cómo andás?” Había un teclado en el piso y me enseñó el primer tema: Demoliendo hoteles.

—Charly te definió como “testigo mudo e invisible”. ¿Te identificás con ese concepto?
—Pienso que “mudo” lo dice porque sabe que soy una persona en la que se puede confiar. E “invisible” porque, de alguna manera, lo invisible siempre está; quizás no se puede detectar pero siempre está. Es un halago muy grande. No sé cómo se dio, pero me ha tocado compartir con semejante artista, personaje, semejante historia de la música. Además de todo lo que aprendí: ser mejor músico, entender mejor la música, tocarla mejor. Para mí es un halago que García tenga confianza en mí para salir a tocar en un show y seguir siendo elegido. No se me gastó la sensación de honor. Me dio un lugar en la música que no me lo dio nadie. Es una de las figuras más altas de la cultura argentina. No pienso en términos comerciales ni de rankings. El rock argentino es parte de la formación cultural de muchas personas; de quienes nos criamos con Spinetta, con Charly, con Papo, con Lito Nebia, tipos que escribieron en castellano cosas que sentíamos y que queríamos decir, que nos permitieron ser más libres y vivir en un mundo menos prejuicioso.

—¿Y ese espíritu lo ves en la música que se compone y se escucha hoy?
—Para mí no hay comparación posible. Existe lo que se llama signo de los tiempos. Cada tiempo tiene su música y su manera de entretener. Estas letras (las de hoy) no dicen nada, son rellenos estéticos para cantar algo y bailar y entretener. Algunos ritmos surgieron como forma de entretenimiento, no tienen intención cultural; son más efímeros, más espontáneos. No puedo comparar ni tampoco quiero juzgar. ¿Cuál es la mejor música? Es la que a uno le suena bien adentro; la que le patea el alma. Pero también existe la calidad en la propuesta musical y las intenciones. Yo tuve la suerte de educarme con el rock argentino y con Led Zepellin, Sex Pistols, Rolling Stone, Genesis… cada uno está hecho de los ladrillos que supo conseguir, por cómo te fue pegando la música. La playlist es de cada uno.

—Tu familia no tenía antecedentes musicales; ¿cómo se adaptaron a ese nuevo mundo?
—Si bien no era gente ni del palo ni de la intelectualidad ni de la psicología ni esa gente de avanzada en cuanto al pensamiento, siempre me apoyaron. Mi papá estuvo en mi primer show. Pensaba que yo iba a seguir con su empresa de construcción. Yo también lo pensaba; soy maestro mayor de obras. Pero él estuvo ahí, sin entender mucho. Mis padres me dieron apoyo, creyeron en mi mambo, en mi sueño y me apoyaron. Eso es la fuerza de la bondad. Cuando hay bondad, va por encima de todas las formas de cultura. La bondad va por encima de todo. Eso sentí de mis padres hacia mí. Sintieron satisfacción y orgullo de lo que yo estaba viviendo y se integraron y disfrutaron. Mi padre charlaba con Charly; una cosa que no me lo hubiese imaginado. Charly lo respetaba; Charly fue mi padre musical. Entonces era muy fuerte ese encuentro.

—¿Y de dónde viene tu pasión por la cocina?
—Por mi papá. Cocinaba como hobby, cocinaba intuitivamente, no por formación. Sabía improvisar. Entendí que en la cocina hay una magia, es dar afecto y recibirlo y recibir aceptación. Es un calmante natural. Mucha gente medita, hace yoga, respiración, hace terapia para bajar cambios; yo cocino. A mí me baja la ansiedad y me da mucho placer. La cocina es como la música: se puede abrir la cabeza. Abrí restaurantes, pero me gusta más cocinar.

—¿Cuál tu fue tu mayor gloria gastronómica?
—La mayor gloria gastronómica fue abrir Soul Café. Mi papá era uno de mis socios; lo abrí con Maradona en la inauguración y con Charly. Estuvo en la historia de Buenos Aires por muchos años. Eso fue la gloria. Ahí hicimos Gustock. Fue una idea que yo le llevé a MTV y me la compró; era una idea osada para la época: un programa de cocina en MTV. Hice 50 capítulos. Fue histórico. Fue como haber grabado un disco o varios. Cociné con Papo, Ricardo Mollo, Calamaro, Aterciopelados, Molotv, CaféTacuba, León Gieco, Fito Páez. Fue una locura hermosa. Y marcó tendencia porque hoy la música y la cocina están en sintonía.

—¿Cuáles son tus ingredientes favoritos?
—Mi matriz es mediterránea. Aceite de oliva, sal marina, pimienta, ajo y limón como materia fundamental. Después viene la albahaca, el orégano fresco, alguna especia como el curry. Arranco así. Después me pego un viaje hacia oriente. Es como tener pedales de efectos. Tengo muchos pedales de cocina. El lemon grass y la leche de coco. Es como componer. Si bien sabés que el do mayor es do mayor, el mi menor es el mi menor y la menor es la menor, sabés que el aceite de oliva es el do mayor, la sal es el mi menor y la pimienta es la menor y uno va componiendo y va abriendo la cabeza. Hoy estaba haciendo una carne rellena al horno. Se me fue abriendo la cabeza para muchos lados y fue como haber compuesto.

—¿Qué te gusta comer en Uruguay?
—Desde que llego al puerto de Montevideo hasta La Paloma tengo mis paradas. Hace 35 años que vengo a Uruguay y tengo mi foodlist. Sé mucho sobre chivito. Siempre digo en chiste que debo ser el argentino que más sabe de chivito uruguayo; es un chiste de fanfarrón, pero sé mucho, aprendí mucho comiendo; sé hacerlo. Vengo a comer mucho pescado. Soy fanático de la brótola. Me gusta ese plan de ir con los puesteros y comprarles brótola fresca. En Uruguay como muy buena verdura también. El aceite de oliva es muy bueno. Y como muy buen fainá de orillo, mejor que en Argentina. Eso y varios lisos. ¿Y dulce? Los duraznos. El durazno uruguayo es buenísimo. Siempre lo compro. Me gusta firme, a punto.

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