EXPERTO APOYA PROGRAMA EDUCATIVO EN URUGUAY

Estanislao Bachrach: “Ser maestro es la profesión más difícil del mundo”

Se doctoró en biología molecular y fue profesor en Harvard. A los 33 años atravesó una crisis y decidió dejar la investigación con ratones en laboratorios para trabajar con personas. 

Estanislao Bachrach. Foto: Ariel Colmegna
Estanislao Bachrach. Foto: Ariel Colmegna

Hace diez años que empresas, organizaciones y deportistas contratan al argentino Estanislao Bachrach para que los ayude en el manejo de emociones, adaptación al cambio y mejoras en el área creativa. Su libro Ágilmente vendió medio millón de copias y se usa como material bibliográfico para el programa Educación Responsable cuyo fin es contribuir al bienestar socio emocional de niños y adolescentes. Bachrach, que rechazó trabajar con la Selección argentina previo al Mundial, será voluntario del proyecto.

─Descubrió que no quería ser científico después de pasar la mitad de su vida estudiando biología molecular, ¿cómo fue?

 ─Empecé a darme cuenta de hechos de corrupción adentro del laboratorio donde trabajaba en Estados Unidos que teñían mi credibilidad. Eso disparó mucha incomodidad, malestar físico, emocional, y me empujó a arrancar terapia. Cuando me calmé un poco descubrí que no quería estar en ese mundo, no por culpa de ese hecho, pero me ayudó a verlo.

─Se definió como un traductor del lenguaje científico a las organizaciones, ¿el punto de partida fue usted mismo?

─El conejillo de indias fui yo. Empecé a aplicar en mi vida lo que enseñaba en los talleres sobre la creatividad, el cambio y las emociones. Intento mostrar cómo el conocimiento que se crea en los laboratorios puede llegar de la manera más sencilla y rápida posible para mejorar la calidad de vida de las personas.

─¿Es fácil bajar esos conceptos que parecen abstractos a tierra?

─Es a lo que me dedico. Si no logro encontrar el puente para contárselo a un tenista, una maestra o un empresario lo descarto y sigo buscando.


─El punto de partida para cualquier cambio es el autoconocimiento, ¿por dónde se arranca?

─El déficit en América Latina es que el colegio está empecinado en la lengua y las matemáticas, y no en que conozcamos nuestro cuerpo, nuestra mente, quiénes somos, qué queremos. Después aparecen otras herramientas que uno descubre: terapia, coaching, religión, meditación, viajes. Conocerse no es algo cool que está de moda, sino que te permite mejorar tu calidad de vida.

─¿Desde dónde parte con los empresarios y deportistas?

─Se parte de un diagnóstico y una vez detectado el problema (por ejemplo, nos desconcentramos a los diez minutos del partido o cuando nos hacen un gol), nuestro equipo de cinco profesionales les provee herramientas. Hay que probarlas, usarlas, practicarlas y confiar en que ayudarán. Somos más proveedores de herramientas que de soluciones.

─¿Es posible lograr un gran cambio si se empieza a trabajar con la inteligencia emocional desde la infancia?

─Empezar desde la escuela es lo mejor. Hay mucha evidencia científica que muestra cómo conocer tus emociones y manejarlas de manera adaptativa mejora la calidad de vida, las notas en el colegio, tus elecciones, tu bienestar. A qué edad empezar, cómo implementarlo y sostenerlo es el gran desafío porque implica romper con muchos paradigmas y cuestiones culturales.

Estanislao Bachrach. Foto: Ariel Colmegna
Estanislao Bachrach. Foto: Ariel Colmegna

─¿Cuál será su función como directivo del programa Educación Responsable?

─La idea es agregar valor al programa desde mi mirada y conocimiento sobre el mundo de las emociones y la educación. A veces los padres que son los que más complican a la hora de implementarlo en las escuelas: necesitan entender desde lo racional por qué mejorará la vida de su hijo. No es intuitivo, ni espiritual, son años de experimentos que respaldan los resultados de la educación emocional. Hay quienes necesitan esa explicación para animarse y considero que ahí también puedo aportar.

─¿Las aulas son enemigas del cerebro?

─Estar sentado 40 minutos en una silla genera frialdad al cerebro y poca conexión. Hay chicos que aprenden mejor parados, en movimiento, masticando chicle o mordiendo un bolígrafo. Pero, ¿cómo hago si estoy molestando al de al lado? Por eso ser maestro es la profesión más difícil del mundo y en Latinoamérica no es muy valorada.

─¿Es más importante aprender a manejar la ansiedad, el estrés y mejorar la autoestima que saber matemáticas o lenguaje?

─Es 50 y 50. Si pateo una pelota y el arquero tiene que tirarse a atajarla es un ejercicio matemático que hace el cerebro. La matemática es clave y ocurre todo el tiempo en las decisiones diarias. Pero si solo le prestamos atención a eso, y no a manejar la ansiedad y el estrés dejamos al niño carente de otras herramientas que por muchos años no se tomaron en cuenta en la educación formal.


─¿Se puede combatir el acoso escolar mediante la aplicación de educación emocional?

─Se puede mejorar y disminuir a partir del conocimiento y manejo de las emociones. La baja autoestima genera que los chicos sean más propensos a ser acosados. Hay cientos de estudios que demuestran que hablar 20 minutos por semana sobre cómo uno se siente baja la violencia dentro de las aulas.

─¿La inteligencia emocional puede salvar a un niño que vive en contexto crítico?

─Salvarlo no pero le das herramientas internas que lo van a ayudar un montón y son claves para chicos que viven momentos de tensión y preocupación permanente en la familia y el barrio. También hay niños de clase alta y media alta que pueden tener problemas muy duros con padres ausentes o muy estrictos.


─Dijo que el estrés crónico es un asesino de las neuronas pero hay herramientas para revertirlo y sentirse mejor. Por ejemplo, aprender a respirar.

─Respirar es una forma de volver al eje y de activar el sistema parasimpático, de relajación. Se ha puesto muy de moda, pero es una mínima herramienta de fácil acceso y aprendizaje. Hay que tener cuidado porque es un arma de doble filo. A veces los mandamos a respirar y no les permitimos expresar sus emociones, y eso también es malo porque cuando uno se calma sin manifestar lo que siente, eso queda en el cuerpo.

─Matías Almeyda te llamó en 2012 para pedirte ayuda con River. Llegó con algunos prejuicios sobre los futbolistas que se derrumbaron, ¿no?

─Fui con los prejuicios del hincha que se enoja en la tribuna, y otros por el hecho de que son futbolistas. Y me encontré con un grupo de niños: chicos de 18, 19, 20 años con muy poca educación formal. Además son personas que tienen familia e hijos. Almeyda me dio seis días para trabajar con el equipo y ayudarlos antes del último partido del torneo. Era muy importante porque si ganaban podrían volver a Primera División. Hubo que prepararlos en el mundo de las emociones: cómo hacer para que no estuvieran tan estresados, ni nerviosos, bajar el miedo, que lo vieran como una oportunidad y no como ‘qué malos que somos’. Fue una semana muy especial, aprendí muchísimo, me encariñé un montón con las personas, y después trabajé tres meses más con el plantel.


─River ganó y volvió a la A, ¿fue gracias a su técnica?

─Para serte muy sincero, era una semana de mucha tensión y si iba un biólogo molecular, un pastor, o un gurú chamán quizá era lo mismo. Necesitaban el apoyo de alguien de afuera que pudiera descomprimir. Yo confío en que fueron mis herramientas pero cualquier ayuda externa les hubiera venido bien.

─¿Qué pensó al ver los resultados de la Selección argentina en el Mundial de Rusia?

─No me gusta opinar de lo que no sé. Los conozco solo por televisión, pero no tengo dudas de que un entrenamiento mental- psicológico de un deportista es productivo para su desempeño y su vida, salvo que el profesional sea malo y empeore la situación. Muchos coachs me han dicho, “le tengo miedo a lo que hacés porque ha venido gente que destruyó planteles”. Hay que generar conexión y empatía con el jugador, y también dar tiempo a que las herramientas empiecen a funcionar porque en dos días no se cambia un cerebro.

─¿Lo llamaron para trabajar con la Selección?

─Tuve una entrevista con el cuerpo técnico antes del Mundial pero no prosperó. Ellos no parecían interesados en trabajar conmigo y yo no me fui con ganas de hacer algo con ellos. No me parecía que pudiera aportar algo porque uno tiene que generar una conexión.

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