HENRY SEGURA
Ha sido la pareja más desquiciada del año. Título que al común de los mortales podría caer muy mal, pero a ellas no. Todo lo contrario: Paris Hilton y Britney Spears encontraron en la transgresión casi adolescente un resorte para estar en la primera plana de los medios, sobre todo después que la cantante dio su grito de independencia y dejó plantado a su ex marido Kevin Federline.
La noticia que faltaba finalmente llegó para cerrar semejante historia. La heredera multimillonaria del imperio Hilton está pensando (todavía no pudo tomar la resolución) en casarse antes de fin de año, o sea, en alguno de los diez días que quedan del mismo.
Alguien puede pensar que ese gesto significa la búsqueda de cierta estabilidad, a la usanza de quienes habitualmente toman el acto como expresión de querer estar en pareja. Permítanse dudarlo. En determinadas circunstancias, el matrimonio también es una herramienta promocional que suelen emplear las estrellas. Por ejemplo, Paris dice "quiero una boda de cuento de hadas". Esa parte hay que creérselo porque además la puede instrumentar muy rápidamente.
"Britney será mi dama de honor. Ella puede darme algunos consejos", agrega. ¿Sobre y para qué? Britney tiene experiencia al respecto porque casi ha entrado en el Guinness de los récords con el fulminante casamiento con el amiguito de colegio, que duró unas horas.
A esta altura el novio de Hilton, Stavros Niarchos, también debería tener en cuenta los consejos de Kevin Federline. El cantante acaba de pedir que su ex esposa se someta a un examen de ADN, porque quiere saber si su hija Jayden James es efectivamente su hija. El hombre aprendió a desconfiar después de todos los desplantes sufridos tras la solicitud de divorcio, aunque con ello manosee la inocencia de su hija.